Derecho al deseo
Sábado 12 de octubre de 2013, por Alfredo Grande *
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El 4 de octubre se presentó en la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires mi nuevo libro El Crimen de la Paz. Convocó la diputada Laura García Tuñón y participaron Laura Taffetani, Graciela Zaldúa y Fabio Basteiro. Fue Fabio quien se empeñó en comparar algunos textos de mi libro con escritos de Brecht.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

Desde ya, fue muy halagador pero lo atribuyo más a su generosidad que a compartir méritos con un dramaturgo y poeta de notable talento. Pero me trajo a la memoria un texto de una de sus obras de teatro.

La tierra necesita héroes y heroínas. Sólo así es posible enfrentar los mandatos destructivos de la cultura represora. Pero ese héroe no es individual. Tampoco, al menos a mi criterio, un héroe colectivo al decir de Oesterheld. Pienso en lo que denomino un colectivo de héroes. Que no es un agrupamiento, que no es un grupo. Que no se queja, ni tampoco protesta.

Un colectivo es un grupo con una estrategia de poder. Y está dispuesto al combate. A la batalla cultural contra todas y cada una de las formas de la cultura represora. Pero el colectivo no se auto engendra. Todo colectivo tiene una génesis social, política y deseante. Y en esa génesis podremos encontrar decisiones, voluntades, exigencias, aspiraciones. En esa génesis, en ese origen, podremos rastrear al fundante que permitió el despliegue instituyente.

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Lo instituyente: lo nuevo, la novedad, lo que nunca había pasado y pasa, ese pedir lo imposible como la única forma de entender la realidad. Ya he escrito sobre “nuestra pequeña Lulú”. La nena trans que desde los 2 años intentó decir cómo sentía su propia identidad. Enfrentó desde su identidad de deseo el mandato biológico y el mandato cultural. El primero que iguala genitales con identidad. El segundo, que formatea las únicas formas de lo femenino y lo masculino que la cultura represora tolera.

Esta identidad por deseo no cayó en saco roto. La madre supo, pudo, porque quiso, escuchar. Y esa escucha se unió a la mirada y permitió la ternura que comprende, que acepta, que acompaña. Lulú tiene un hermano mellizo que fue el primero que dio la bienvenida a su hermanita. Porque el verdadero amor sabe entender con pocas o ninguna palabra. Los ojos ven y el corazón siente. Y ese primer vínculo amoroso de una madre con una nena y un nene, se fue completando con la guía de la Comunidad Homosexual Argentina y posteriormente de la Cooperativa Atico. Así surge el colectivo que logra que un nuevo documento nacional de identidad refleje, como un espejo benévolo y sincero, la identidad del deseo.

Finalmente la coincidencia entre nombre, imagen e identidad se ha logrado. La alegría, la felicidad, la plenitud es posible en este mundo. Esta cultura represora propone la manía, que es el mandato de la alegría, el conformismo y la resignación que es el mandato de la felicidad, y la completud, que es el mandato de una falsa plenitud en el egoísmo de una escala individual. En vez de fiesta, carnaval. No hay sonrisas pero sí carcajadas en metralla.

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“-Pobre de la tierra que no tiene héroes.

– No, pobre de la tierra que necesita héroes”

(Bertold Brecht)

No es cierto que todo pasa y también es cierto que mucho queda. La batalla cultural sostenida por Lulú y el colectivo que supo construir aún sin saberlo será una de las referencias ineludibles para los todos y las todas que sigan pensando y sigan sintiendo que otros mundos son posibles.

Pero una de las marcas de la cultura represora es que habitualmente están juntos, demasiado juntos, lo maravilloso y lo siniestro. Hay nenas y nenes a los cuales la identidad que los define no es femenina ni masculina. Es la identidad de ser pobre. La pobreza no es una cuestión de nivel de ingresos. No se es pobre porque se gane poco. Desde ya, el pobre gana poco. Pero la pobreza es también porque se pierde mucho. Se pierden ilusiones, esperanzas, motivaciones, alegrías, sonrisas, caricias, abrazos… Se pierden los días, los meses, los años… Se pierde la vida tratando de conservarla.

No hay nada parecido al trabajo como realización de la vocación. No hay nada parecido a pensar que el trabajo es salud. En realidad, el trabajo es siempre trabajo forzado, es siempre trabajo esclavo. No hay dignidad en estas formas del trabajo que son apenas estrategias de supervivencia. Desde los cartoneros hasta las mujeres en situación de prostitución.

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La cultura represora organiza formas del trabajo que minuto a minuto, año por año, pulverizan todos los deseos. Esta forma de organizar el trabajo en realidad es una forma de desorganizar otras estrategias para enfrentar los planes de exterminio, que algunos llaman capitalismo tardío.

“Como la fe es otro de los nombres del deseo,

es el deseo el que mueve las montañas”

(aforismo implicado)

La necesidad bruta en su brutal insatisfacción (la perversa NBI) no deja tiempo ni espacio para sostener agrupamientos, grupos y por lo tanto, no se sostienen los colectivos. Las golpeadas fábricas recuperadas, las cooperativas de trabajo que autogestionan dignidad, salud y trabajo, no tienen todavía leyes marco que las protejan de la barbarie del mercado.

Cuando se banaliza la cultura del trabajo, se omite decir que en realidad la forma de organizar el trabajo es uno de los pilares en que hoy se sostiene la cultura represora. Alguna vez se habló de flexibilización laboral, una de las formas de descuartizar las organizaciones obreras, muy especialmente de fundamento clasista. Lo maravilloso y lo siniestro son simultáneos en toda cultura represora, y la película La vida es Bella es un testimonio de esto. Desde ya, lo siniestro es mucho más pregnante que lo maravilloso. Todos los horrores son convocados en la realidad cotidiana y un sencillo viaje en un tren es definido como “de terror”.

El horror/terror llegó para quedarse, y aún los que se definen como “maravillosos” amenazan con el regreso del horror si osamos dejar de seguirlos. Y votarlos. Es importante desear el derecho, incluso el estado de derecho. Pero lo fundante es el derecho al deseo. Porque es la única forma que los proletarios del mundo puedan unirse en forma colectiva, es la única forma que sostengamos nuestra identidad de género contra cuerpo y marea.

En lo que yo denomino la “travesía institucional”, una nena trans que sostiene el derecho a desear su identidad, y una fábrica recuperada con trabajadores que sostienen el deseo de autogestionarla, tienen un poderoso lazo fundante: no han sucumbido al deseo del mandato, no se han entregado al mandato del deseo y sostienen el deseo de tener cada vez mas derechos porque han entendido que el derecho originario es el derecho a desear.

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