El último orejón del tarro
Viernes 16 de mayo de 2014, por Alfredo Grande *
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En los malditos ’90 (aunque para muchos fueron 90-60-90) se acuñó la teoría del derrame. Uno de los delirios a los que la cultura represora nos convoca desde todos los Aparatos Publicitarios del Estado.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

Suponía que el crecimiento y la productividad generarían tanto champán y tanta pizza que derramaría hacia los sedientos y hambrientos. En una terminología menos grata pero un poco menos encubridora: las sobras del banquete.

Obviamente, para que haya sobras tiene que haber banquete. Y vaya que lo hubo en esa década para los faranduleros que el mago de Oz vernáculo clonó en una nueva casta política. Trasvasamiento generacional que vino como parto de nalgas. Sin embargo, a la teoría perversa del derrame aplicada en lo económico, le he encontrado fecundidad al usarla como herramienta en otros campos de lo social. Algo así como la relación entre veneno y antídoto, entre virus y vacuna. Del absoluto mal podemos sacar la esencia del relativo bien.

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La cultura represora ha derramado variadas formas de la crueldad y todas las formas de la violentación. Solamente en estos 30 años, hemos constatado setenta veces siete y más también, que con la democracia no se cura, no se educa, no se…caramba…me olvidé que cosa más. No importa. El Estado Terrorista en democracia ha dejado de multiplicar los panes y los peces y ha potenciado los cultivos sojeros en detrimento de los granos y los buques factorías que depredan nuestros mares.

La relativa disminución de los indicadores de indigencia y de pobreza, más allá y más acá de esa mentira eterna que es el Indec, oculta con cinismo los indicadores del aumento exponencial de las riquezas y de la grotesca acumulación de ganancias. Se la llevan con pala, dijo alguien que sabe de estas cuestiones, mientras otros se la llevan con cucharitas de café. La inequidad es crueldad. Es violentación. Es sostener la frustración cotidiana como el jarabe de ricino de trabajadores y familias. Toda frustración engendra hostilidad. La cultura represora logra que gran parte de esa hostilidad vuelva, cual boomerang, hacia la propia persona. Algunos llaman a esto enfermedades psicosomáticas, adicciones, muerte súbita, suicidios. El remanente de hostilidad se distribuye hacia los pares e impares que comparten la misma (mala) suerte.

Violencia cotidiana en el tránsito, en calles y veredas, en el transporte público, en los espacios deportivos, en los salones de baile, en las escuelas. La cultura represora es buena para bautizar y pésima para curar. Curar es cuidar y la cultura represora descuida. Permanente descuido y una permanente ofrenda a todos los peligros, incluso los más letales. Algunos llaman a esto (en uso y abuso de un cinismo atroz) “sensación de inseguridad”.

La copa de la cultura represora se llena de todas las muertes todas. Los vacunados de la historia, que no son otra cosa que los dueños y las dueñas de todas las tierras, también sufren las consecuencias de tanta muerte acumulada. Pero tienen la capacidad de exportar muerte, derramándola hacia abajo.

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Los sótanos y los subsuelos de los pobres de la tierra, con los cuales muy pocos quieren hoy su suerte echar, para eterna desilusión del poeta cubano. A ese derrame de muertes anunciadas los expertos de la cultura represora lo han bautizado como “bulling”, “mobbing” , “grooming”. Y nos explican el porqué sucede desde las características de cada situación en particular. O sea: ¿qué habrán hecho esos orejones para merecer esto? Cada orejón agresor, cada orejón agredido, cada orejón asesino, cada orejón asesinado son los últimos de los tarros que la cultura represora viene llenando con muertes sucias o con muertes limpias. Pero siempre con muerte. Por eso escribí hace años que “el escándalo es la cara visible de la hipocresía”.

Ante cada asesinato en ocasión de robo o en ocasión de hambre, linchamiento, femicidio, mujer secuestrada, niños maltratados, pedofilia, stress laboral, accidentes-masacres en el transporte, nos abalanzamos hacia los últimos orejones. ¿Dónde está el maquinista? ¿Dónde está el chofer del camión? ¿Dónde está la madre desalmada que abandona a su niño para atender a los otros 12? La inequidad social es penalizada para condenar a las víctimas y decretar la impunidad de los victimarios. Las aguas siguen bajando turbias y los tarros se siguen llenando de muerte. Inmolando al último orejón del último tarro, la cultura represora duerme y descansa porque su casa siempre estará en orden.

Mi casa, que a lo mejor no es nacional y popular pero que tampoco es reaccionaria y mucho menos se disfraza, no está en orden. Y espero, con impaciencia espero, que al menos nos sigamos acercando los que aún sabemos diferenciar la violentación y la crueldad de toda cultura represora. Para no mezclarla con la violencia, la única parte de la historia. De otra historia que merezca no sólo ser contada, sino también ser vivida.

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