El pañal de la locura
Miércoles 10 de septiembre de 2014, por Alfredo Grande *
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En el año 1958, Carlos Gorostiza, dramaturgo argentino, estrena “El pan de la locura”. “El patrón de una panadería, que bien podría ser la nuestra, sigue cocinando pan con harina de centeno contaminada a pesar de haber sido alertado por sus empleados.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

"La gente del barrio lo consume y les provoca un extraño estado de locura. En medio de esta trama, cada personaje se pregunta de qué es responsable y hasta dónde, aportando su visión y actuando en consecuencia. De esta manera, se entretejen cuestiones que son una pequeña muestra de los comportamientos sociales de hoy en día. Y es ahí donde se pueden ver las conductas estereotípicas de nuestro ser argentino”.

La contaminación es con un alcaloide, el ergot o cornezuelo de centeno. La sustancia tóxica, la ergotamina, de la cual deriva el ácido lisérgico, es producida por un hongo parásito. El pan contaminado causa estados de alteración mental conocidos como “la fiebre de san Antonio”. Y eventualmente la muerte y lesiones gravísimas. Pero el panadero seguía vendiendo el pan de la locura desde la cordura letal de una cultura del lucro.

Del pan al pañal de la locura han pasado más de 50 años. Hoy la locura no es producida por un hongo parásito. Los parásitos han crecido en forma exponencial y los responsables no son solamente los hongos. El efecto del ácido lisérgico no es solamente de ciertas sustancias, sino fundamentalmente de ciertos relatos y ciertas actitudes. Las alucinaciones ocupan el lugar de la percepción. Los delirios ocupan el lugar del pensamiento crítico. La palabra “sensación” ocupa el centro de todos los comentarios de tal modo que el logo cartesiano actualizado es: “Siento, luego existo”. Un funcionario, de esos especialmente afectados por los panes de todas las locuras, sentenció: “no hay inflación, hay reacomodamiento de precios”. Nadie normal se quedó más tranquilo.

La cultura represora sepultó la belleza de la locura y no quedan locos lindos. Los que quedaban fueron manicomializados y transformados en psicóticos crónicos. Deteriorados, envilecidos, degradados. León Rozitchner sentenció: “el normal es una persona enferma de realidad”. La realidad, como el pan, también está infectada por tóxicos que enloquecen. La “locura democrática” impone la certeza de que todo lo que en democracia sucede, democrático será. Lo arbitrario, lo injusto, la crueldad, el privilegio, los fueros especiales, las prebendas más obscenas, todo queda legitimado por la miga y la corteza de ese pan construido en los hornos del voto obligatorio, secreto, universal.

La publicidad, mucho peor que toneladas de cornezuelo de centeno, otorga carta de ciudadanía plena a la confusión entre lo legal y lo legítimo. El mantra de la derecha impone: si es legal, es legítimo. Y a confesión de parte, ratifica el “imperio de la ley”. No hagamos relevo de prueba. La Ley somete desde la absoluta potestad de los imperios. Y la “noble igualdad” se sienta en un “trono”. Y el violador quedó libre y Romina Tejerina cumplió todo el tiempo de su legal e ilegítima condena. La democracia de la locura impone que Argentina nos incluye mientras arrasa con los pueblos originarios, las tierras originarias, las aguas originarias y el clima originario. Se impone la inteligencia artificial mientras crece la oligofrenia natural. Tan natural como los duraznos al natural que venían en lata, seguidos de la loca afirmación “de la naturaleza a su mesa”. Nada más artificial que aquello que nos ofrecen como natural.

El auge absurdo de todas las formas del azar, incluso las legales, institucionalizada una de las formas más injustas de ganar dinero. Pocos, incluso uno solo se lleva todo el pozo acumulado y cientos de miles tendrán que seguir apostando. Los Estados hacen publicidad para que la ciudadanía ludopatizada opte por loterías, bingos, casinos, máquinas tragamonedas, etc., “oficiales”.

Se denomina inseguridad a la forma en que se organiza el delito, que nada tiene de espontáneo u ocasional. Antes la ocasión hacía al ladrón. En la actualidad, los ladrones de guante blanco, entre otros colores, hacen la ocasión. Algunos llaman a esto políticas públicas. Los impuestos al consumo se pagan porque son invisibles, por eso el IVA es el mejor camuflaje del despojo. Un impuesto al valor agregado potenciado por la locura consumista logra un efecto superior al del ácido lisérgico. El endeudamiento tiene el aura de la productividad. El ángel de la guarda no protege contra la adicción a las tarjetas de suicidio, que algunos llaman de crédito. El ciudadano enfermo de realidad lleva muchas cargas, a ninguna la siente, hasta el momento del colapso final.

La derecha ha cultivado panes de la locura por siglos. Es el master chef. Los mejores sabores, las más exquisitas presentaciones, para los venenos más letales. No siempre la izquierda consigue los mejores antídotos. Panes y facturas de la locura han sido consumidos en diferentes momentos por colectivos libertarios. Responsables de muchos fracasos, aunque ya aprendimos que fracaso no es derrota. De la derrota se vuelve, del fracaso no. El pensamiento crítico sobre la propia locura no sólo es posible, sino que es absolutamente necesario. No pocas veces una hermosa locura revolucionaria se contamina con los panes de una tétrica locura reaccionaria. Pero hay que hablar de la soga en la casa del ahorcado. O sea: de mi propia locura.

En un super chino, mientras busco con afán algún precio cuidado, o al menos no demasiado descuidado, entra un hombre desaliñado, sucio, con una mirada extraviada y llorosa. De una mano le cuelga una nena de no más de 3 años. Pide a los gritos “un pañal para la criatura”. Repite su pedido con un tono donde la desesperación le gana la pulseada a la tristeza. “Un pañal para la criatura”. La nena me mira. Apenas sostengo esa mirada. No puedo mirar al que imagino su padre. La nena le sigue colgando de la mano porque el hombre, aunque intuyo que poco queda ya de su hombría, y mucho menos de una virilidad perdida en los laberintos de la cultura patriarcal perforada, comienza a arrastrar sus pies y también a la nena por las diferentes góndolas del super chino. No sé los precios, pero esa nena de cuidada nada tenía. Martilla con “un pañal para la criatura”. Mientras manoteo con pasmosa y lamentable lentitud mi billetera, observo que el chino del super deja un paquete de pañales al lado de la cajera. Desde la góndola más lejana, se arrastra ese padre que supo ser hombre, mientras la nena le sigue colgando. Toma el paquete, lo abre, y saca un pañal para la criatura. Se aleja con la nena que cruza conmigo la última mirada, que ni siquiera es de despedida porque nunca le dije un hola de bienvenida. Ese pañal que falta del paquete es la marca de una locura que no cesa. No hay subsidios, ni convenios internacionales, ni declaraciones de funcionarios, ni decretos de urgencia que sirvan para las elementales necesidades, que puedan servir de antídoto a tanto cornezuelo de centeno incrustado en nuestros cerebros.

A esa nena le pondrán el pañal de la locura que durará lo que dura la caca endurecida entre las piernas. Esa nena nunca escuchará que “con ternura venceremos” porque nunca conocerá a los militantes de Pelota de Trapo. La ternura no logrará ser el antídoto de tanta locura criminal. Y mi propia locura que se obstina en creer que escribir es uno de los verbos más bellos. Y en la tristeza y la desesperación de recordar a la criatura que necesitaba un pañal, yo que alguna vez también fui hombre, tengo que refugiarme en los versos de Silvio, para intentar que mi propia ternura no sea arrasada por los panes y pañales de la locura.

“Pero, quiero que me digas amor que no todo fue naufragar por haber creído que amar era el verbo más bello dímelo, me va la vida en ello…”

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