Resistencia obrera y terrorismo de Estado
Lunes 23 de marzo de 2015, por Luis "Vitín" Baronetto *
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Según declaraciones de los principales jefes del terrorismo de Estado a fines de 1976 la “subversión armada” había sido derrotada. Sin embargo en los juicios por delitos de lesa humanidad se ha venido revelando que hasta 1979, se registraron innumerables operativos militares de secuestros y desapariciones.

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* Ex detenido político. Director de Tiempo Latinoamericano. Biógrafo del Obispo Enrique Angelelli. Ex secretario de Derechos Humanos de la Municipalidad de Córdoba

La mayoría corresponde a trabajadores, miembros de comisiones gremiales internas, delegados y militantes, que asumieron los reclamos de los trabajadores, ya sea por el abandono y traición de las burocracias sindicales, o por el encarcelamiento y/o secuestro de sus principales dirigentes, como el caso de Oscar Smith, de Luz y Fuerza de Buenos Aires después del conflicto de fines de 1976 que se prolongó en los primeros meses de 1977.

Los trabajadores representan más del 60% de los desaparecidos. Por los testimonios en los juicios también ha podido verificarse la activa participación de las patronales empresarias, en algunos casos con la complicidad de burócratas sindicales, no sólo en la confección de listas negras, sino facilitando medios, como ya se conoce en los casos de la Ford Motor, Mercedes Benz, Acindar, Techint, Ingenio Ledesma y otros.

En Córdoba, fueron mencionadas las fábricas Ika-Renault, Perkins, Fiat y establecimientos sanitarios, en este caso con testimonios que mencionan incluso la concurrencia de dirigentes sindicales del sector al campo de concentración La Perla. En sindicatos donde, desde antes del 24 de marzo de 1976 se manifestaban fuertes confrontaciones por concepciones diferentes del rol gremial, las cúpulas sindicales “ortodoxas” aprovecharon el brazo militar para deshacerse de la oposición.

Esto confluyó en la necesidad del poder económico concentrado de desarticular y eliminar a los sectores populares organizados, especialmente del movimiento obrero, que representaban el principal obstáculo a sus pretensiones hegemónicas.

Aún así existió una importante resistencia provocada por la realidad del despojo, que en buena medida encarnó la militancia y el activismo sindical, en la mayoría de los casos vinculada a expresiones políticas revolucionarias, del peronismo y de izquierdas, también de las no armadas. No fueron acciones producto del espontaneísmo, sino de un proceso “subterráneo” de resistencia, que aun en contextos de represión y fragmentación, pudo expresarse hasta avanzar en articulación después del pico más alto de resistencia con el primer paro nacional de 1979.

La historia de la resistencia obrera a la dictadura militar-empresaria fue acallada desde sus inicios. Los medios de prensa no reflejaron la conflictividad de los trabajadores en los años del terrorismo de Estado. Algunas investigaciones académicas han rescatado del silencio parte de esa historia.

Antes, la CTA la puso en el tapete con la denuncia de marzo de 1998 ante el Juez Baltasar Garzón en España. También, las causas de lesa humanidad iniciadas a partir de las denuncias de trabajadores que fueron secuestrados y luego liberados, han permitido conocer no sólo el hecho represivo, sino la actividad y militancia sindical y política de los trabajadores víctimas del terrorismo de Estado.

El nivel de conflictos obreros alcanzó su máxima expresión en 1979. Fueron 1.800.000 trabajadores los que ese año llevaron adelante distintas medidas de fuerza por reivindicaciones laborales. El 27 de abril se realizó la primera huelga nacional, convocada por la “Comisión de los 25”, nucleamiento de dirigentes sindicales peronistas, que se diferenciaban de los participacionistas” agrupados en la CNT (Comisión Nacional del Trabajo).

Después de esa fecha la actividad sindical tuvo nuevas expresiones. El 22 de julio de 1981 fue la segunda huelga nacional. Se había constituido la CUTA (Conducción Unificada de los Trabajadores Argentinos), que dio nacimiento a la CGT-Brasil, con Saúl Ubaldini a la cabeza. Se formaron agrupaciones político-sindicales, a nivel local o nacional, y se constituyeron intersindicales zonales, con alguna repercusión en los medios de prensa. Pero su incidencia numérica fue menor, porque las medidas económicas recesivas condujeron al cierre de fuentes laborales con la consecuente desocupación, que en octubre de 1980 afectó a 1.000.000 de trabajadores, según un informe de la CTA.

Aún así, las movilizaciones por las reivindicaciones laborales desgastaron el proceso dictatorial, revelando su carácter político. Cuando los trabajadores de Deutz en una concentración quemaron el muñeco que representaba al Ministro de Economía Martínez de Hoz estaban denunciando el contenido político excluyente del modelo neoliberal de la dictadura. Los trabajadores no luchaban sólo por su puesto laboral o su salario. Resistían la política económica que sólo podía imponerse con el terrorismo de Estado. Y esta “subversión” debía ser eliminada.

Los que aún negándolo, admiten la existencia de demonios señalando diferenciaciones que eluden la comprensión en su integralidad del proceso popular de la resistencia a la dictadura, con sus diversos modos de expresión, aún con debilidades, errores y aciertos, niegan en definitiva la capacidad humana –y obrera en este caso- de reconstruir su condición de sujeto histórico. De modo similar debe comprenderse el carácter integral de la implementación del terrorismo de Estado, necesitando la participación activa de los distintos sectores beneficiarios.

La resistencia obrera a la dictadura tuvo un elevado costo. Además de la mayoritaria cantidad de desaparecidos, los trabajadores redujeron del 43% al 22 % su participación en el ingreso nacional. Y al cierre de sus fuentes laborales, se le sumó el quite de derechos sociales con la implementación de una nueva legislación que pretendió su domesticación. Pero, desde esa profunda e imperceptible conciencia de dignidad y justicia que ha motivado históricamente sus conquistas sociales, nuevas camadas de trabajadores, ocuparon el escenario del conflicto social con embriones de organización política y sindical.

La continuidad del neoliberalismo en democracia avanzó, especialmente durante el menemismo, en la cooptación de dirigentes con aparatos sindicales que se transformaron en empresas. Pero hoy como ayer, existen conducciones sindicales y dirigentes de nivel intermedio que siguen asumiendo el reclamo y la lucha de los trabajadores, sin duda en condiciones diferentes, soportando otra vez la connivencia de burocracias y patronales. Pero también demostrando que es posible avanzar.

La reinstalación en su puesto laboral del delegado Walter Silva el pasado 9 de marzo en Córdoba, después de dos años de duros forcejeos por la negativa de la automotriz Volkswagen a acatar el fallo de la justicia laboral, es un hito a destacar; aunque parezca pequeño ante poderosas estructuras sindicales necesitadas de volver a la memoria de tantos/as dirigentes gremiales que se mantuvieron fieles a los intereses de los trabajadores.

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