Lluvia mata galán
Sábado 22 de agosto de 2015, por Alfredo Grande *
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En la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata dicto un curso cuatrimestral curricular optativo sobre “Psicoanálisis Implicado: la marca social en la clínica actual”. Hace dos años en una clase un alumno me dijo: “me quedo hasta que empiece a llover”. Comentario que dentro del contexto que se vivía era una mezcla de prevención y terror.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

La facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Plata dio a conocer un informe sobre las causas y consecuencias de la catástrofe ocurrida en La Plata el 2 de abril de 2013:

La inundación propiamente dicha, entendiéndose como tal la elevación de niveles líquidos y la generación de escurrimientos de alta velocidad, que tuvo su origen principal en la magnitud de la tormenta que fue de carácter extraordinario.

La existencia de zonas altamente urbanizadas emplazadas sobre los propios cauces y zonas aledañas. En esta ocupación de los valles de inundación debe centrarse el origen de los mayores daños registrados durante el evento.

La inexistencia de una gestión integral del riesgo de inundaciones debe señalarse como una causa trascendente al momento de analizar las consecuencias del evento, principalmente en lo referente a la pérdida de vidas humanas. La falta de gestión del riesgo de inundaciones fue determinante en la falta de implementación de acciones preventivas, correctivas y de acción durante la emergencia.

La respuesta tardía y desorganizada del Estado y el déficit en la acción institucional de los funcionarios responsables.

La inexistencia de un sistema de alerta que funcionara correctamente.

Las acciones de evacuación se desarrollaron caóticamente y no con ayuda institucional sino con la colaboración de los mismos damnificados.

A mal entendedor, muchas palabras. La autogestión, el hecho maldito del país burgués, es siempre el único salvavidas que no está pinchado. El Estado Omnipotente que a todos vigila pero que a muchos no controla y menos sanciona, llora con lágrimas de dinosaurio. Cuando se caen las millonarias pautas oficiales destinadas a publicidad, cuando el maquillaje de privilegios, prebendas y fueros se licuan en el desborde de ríos y laguna, la triste verdad de la estafa democrática se hace visible, y parece no tener remedio. Cuando la víctima sigue enamorada de su victimario, lo que a escala individual se llama Síndrome de Estocolmo, siempre habrá más penas y siempre habrá más olvidos.

Las penas son de nosotros, los olvidos son ajenos. Y ese enamoramiento a escala social donde los que van a morir saludan, abrazan, aplauden a sus verdugos, termina en las muertes siempre anunciadas en una escala brutal que podemos denominar “pueblocidio”. Desde ya, la cultura represora contabiliza como “muerte” la muerte real, biológica, definitiva. Pero hay muchas formas de morir que la cultura represora no entiende. La muerte de los recuerdos, la de los afectos más entrañables, la muerte de nuestras alegrías, la muerte de nuestras esperanzas. La muerte de nuestros deseos y de nuestros anhelos. Incluso la muerte de nuestros muebles, de nuestros cuadros, de nuestras fotos, de nuestra ropa. Porque el agua ahoga todo eso y podemos seguir viviendo, podemos secarnos por fuera, pero también estamos secos por dentro.

Y entonces el cinismo atroz de la canalla gobernante hablará de las inclemencias de la naturaleza, mientras disfrutan del confort despiadado de sus residencias palaciegas. Nos explicarán el cambio climático. Saben y disimulan porque son portadores enfermos de la triple C: cobardes, cínicos, crueles.

Disimulan que ya hemos aprendido que no es necesario que se hunda un Titanic para pensar que existen los icebergs. Son los grandes oradores chirolitas del día después, la semana después, la inundación después. Son los galanes posmodernos de las democracias de las falsedades. Divino tesoro de la manipulación. Padecen el “mal de Neustadt” que alucinaba con un rubio alto y de ojos celestes cuando lo miraba a Menem. A esto le he llamado el “alucinatorio social”. Puede haber variaciones: ver a un trabajador nacional y popular cuando miramos a un burócrata oportunista. Incluso una alucinación negativa: no ver a los ’90 cuando miramos la economía de la década ganada. O no ver la devastación sanitaria y educativa de la ciudad de los malos desaires, cuando miramos las mil caras del metrobús.

Los galanes de hoy son tres crueles tigres. Los papables de la democracia tienen más prontuario que antecedentes. Me refiero a prontuarios políticos, ya que lo jurídico me es ajeno en mi identidad asumida de anarcopsicoanalista. Ninguno votable, todos vomitables. Una mesa de los galanes que todo lo saben, que todo lo explican, que todo lo solucionan, que todo lo arreglan. Mezcla nada ingenua de tara-service e Isidoro Cañones. Cualquiera de ellos, y ni que hablar de los tres juntos, superan ampliamente, desmesuradamente, obscenamente, cualquier tropelía del gigoló Bazterrica.

De la mesa de los galanes del querido Fontanarrosa a la mesa de los candidatos patrocinada por Durán Barba, Telerman y Spolsky, me quedo sin duda razonable leyendo al “negro” los próximos 4 años. No sé si estamos bien… pero estoy seguro que así vamos mal. Demasiada sangre derramada no podrá ser licuada por el agua de todas las inundaciones. Esa sangre clama justicia, y clama verdad, y clama venganza. Convoca una y otra vez a recordar los versos de José Martí, el héroe y poeta cubano muerto en combate:

“El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca”

Mi deseo más profundo: que la lluvia mate galán.

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