Jesús María, Córdoba
Club Che Guevara: Revolución sin cuartel
Viernes 12 de febrero de 2016, por Corresponsalía Córdoba *
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El Che Guevara de Jesús María, con siete años de vida y 130 jugadores de sectores marginales, sobrevive sin estadio propio. No cobran cuota, no tienen sponsors ni venden jugadores. La historia de un club que no transa con el sistema. Y que sueña con tener su propio lugar.

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"En la tierra hacen faltan personas que trabajen más y que critiquen menos, que construyan más y destruyan menos, que prometan menos y resuelvan más. Que esperen recibir menos y dar más, que digan mejor ahora que mañana". Ernesto Guevara, el Che.

En la tierra hacen falta personas como Mónica Nielsen. Gente así, que trabaje más para los pibes marginales de la sociedad y critique menos. Que construya más, con chicos que son albañiles y quieren tener su propia cancha de fútbol, y destruyan menos. Que esperen recibir menos y dar más, como un abrazo, contención, educación. Personas que digan mejor ahora, acá en Jesús María, Córdoba, Argentina; que mañana.

Mónica Nielsen es "la Señora del Che" para todos en Jesús María. Una cincuentona de lentes que aún dibuja dos ojos únicos. Celestes. Profundos. Tristes, también. Una piba que leía los tomos de la historia del revolucionario argentino-cubano Che Guevara a escondidas de sus padres. Que se hizo socialista y militó en el partido. Que también se desencantó de la política que no hace política. Y que un día decidió que el mejor partido era el suyo. Quiso crear un club. "Vos tirás una pelota de fútbol y aparece la gente, aparece el pueblo", pensaba.

La camiseta más "Mona"

El Instituto del Chulo Rivoira hace su estreno ante su gente Y acá está. Esa gente se llama Club Social y Deportivo Che Guevara y cumplió siete años de existencia el pasado 14 de diciembre.

El Che, como todos lo conocen en la Liga Regional Colón, aún persiste en una lucha acuciante. Una revolución sin cuartel: no tiene estadio propio. Tampoco sede, pero para eso está la casa de Mónica.

Un estadio para el club Che Guevara. Ese es el gran sueño. El gran anhelo. En el que trabajan Mónica y tantos padres más, en un club emotivo y nostálgico. Donde todo es lucha. Con la pasión como única arma.

¿Y los jueces?

Los árbitros debían llegar a las nueve, pero son las diez y no pasa nada. Es un domingo de diciembre donde ya el sol liquida la nuca de cualquiera a las 11 de la mañana en Colonia Caroya, ciudad ubicada 50 kilómetros al norte de la capital. Las madres de Sportivo Tirolesa, el rival de la jornada, matean y se quejan. "Hace de las ocho que estamos acá".

En el vestuario local, los pibes con la remera azul que lleva la imagen del Che Guevara pelotean de lo lindo. Y un gordito petiso empina un vaso plástico lleno de Suitty cola, que le burbujea en la comisura de los labios.

En el alambrado cuelgan tres banderas con leyendas como "Club Che Guevara, abajo y a la izquierda", o "Hasta la Victoria siempre".

De repente, de un baldío aparece un pelado con un bolsito al hombro. Hay árbitro y se juega nomás. Serán siete categorías incluida la Primera, que terminará cerca de las siete de la tarde. 130 chicos, adolescentes y hombres que llevan en el pecho el escudo Guevarista.

Justamente, la venta de esa camiseta es el principal sostén del club. Cada una cuesta 180 pesos. Y son muy pedidas en Internet. "Deberíamos vender unas tres mil para poder aspirar a estar mejor. Si vamos a soñar hay que soñar en grande, ¿no?", anhela Mónica. Pero, mientras siguen soñando, continúan "de prestado". Ahora el Deportivo Colón, de Colonia Caroya, es el club que les ha cedido sus instalaciones. ¿A cambio de qué? De trabajo. Porque dinero no hay.

El club Che Guevara no cobra cuota social a ninguno de sus chicos. Ni tiene sponsors. Porque no transa. Menos va a vender algún jugador juvenil, algo en lo que ya tuvo ofrecimientos.

Entonces, "pagan" el alquiler haciendo trabajos de albañilería. Se mudan de Jesús María a Colonia Caroya para poder tener un espacio. Al Deportivo Colón le cercaron toda la cancha principal con alambrado perimetral y le levantaron un vestuario para los visitantes. También un baño. Todo con sus propias manos y la de sus jugadores, muchos de ellos albañiles de profesión.

Pero todo tiene un límite. Ellos necesitan tener su lugar. Su cancha.

"Se acercaron muchos partidos políticos o empresas que te ofrecen un lugar pero quieren usarte", afirma Mónica, que acaba de ser reelegida en el cargo de presidenta por tres años más.

Ella, durante la mañana, trabaja como archivista en la Municipalidad de Jesus Maria. La tarde (y la vida) se la dedica al club. Ella es el corazón del Che. "Hemos logrado mucho socialmente tal vez sin ser conscientes de lo que estábamos haciendo. Hemos ayudado a muchos chicos en estos siete años", dice, detrás de sus lentes oscuros, la camiseta roja de su club y una boina verde. El año próximo pretende hacer un curso sobre adicciones. Quiere salvar a estos chicos. A su lado está Diego Rovira, otro de los directivos. El canoso que fuma y da indicaciones en el banco es otro padre comprometido con esta institución. Es técnico de los más chicos. Cada domingo va y busca a los pibes casa por casa. "Soy el delivery, je. Acá es todo a pulmón. Uno por suerte tiene la posibilidad de hacerlo. Es puro corazón y se disfruta poder ayudar a estos pibes, que son de clase marginal y aquí tienen un lugar". Muchos de los padres jamás participaron en una institución y en el Che han encontrado esa posibilidad de ser directivos.

Che, no va tan mal

Año a año, los resultados deportivos empiezan a mejorar para el Che. En los inicios, era costumbre encontrarlo en los últimos puestos de todas las tablas de la Liga Colón. Hoy, con el trabajo realizado en las formativas, lentamente esto va cambiando. Aunque no hay profesores rentados ni entrenadores con largos curriculums. Los propios padres y ex jugadores dirigen cada una de las siete divisiones.

Todos entrenan dos veces a la semana, martes y jueves de 18 a 22. Eso sí, la Primera sigue estando de mitad de tabla para abajo. Pero mucho no importa. Cada pequeño triunfo o algún empate rasguñado de visitante es celebrado como un título. Porque, además, ellos son "los marginales" de la Liga Colón. "Los negritos del Che". Contra ese maldito pre concepto también pelean.

Nicolás Maldonado es el DT de la Sub 10. Alguna vez soñó con ser jugador profesional y hasta llegó a entrenar en Belgrano. Pero tuvo que abandonar porque su novia quedó embarazada y hubo que salir a laburar. Hoy tiene 28 años y hace sus primeros pasos como entrenador en el Che.

"Acá es todo puro corazón. En mi categoría salimos terceros y, para lo que es este club, es demasiado. Competimos contra clubes que lo tienen todo. Pero nosotros tenemos otra cosa: ganas", cuenta Nico, que labura en un depósito: "No hay manera que no te encariñes con este club. Es como una gran familia. Es un club chico, pero a la vez es grande. Es difícil irse de acá".

El mismo sentimiento de pertenencia se genera en los jugadores, que llegan al club con curiosidad y sin tener idea del Che Guevara, pero lentamente van tomando el mensaje del líder político que cambió la historia de Cuba.

Como le pasó a Gustavo Espinoza, jugador de la reserva y también ayudante de campo de los pibes. En su brazo izquierdo el tatuaje del Che lo sella todo. "Yo vine desde el comienzo. Moni nos ha dado muchas cosas y estaremos siempre agradecidos a ella. Me acuerdo que nos mostraba películas del Che y nos daba charlas contándonos su historia. Uno viene acá como una forma de agradecer y ayudar", dice Gustavo, de larga cubana y pelo rapado a los lados.

"El club me cambió la vida, me ordenó. Acá somos todos unidos. Encontré un lugar para estar. El Che es todo para mí. Estamos acá para ponerle el hombro y ayudar", agregará más tarde Cristian, de 24 años. El Pepe, como lo conocen todos, juega en la Primera o en la reserva, según se necesite. Y es albañil: "Si trabajamos así acá, que no es nuestro, ¿te imaginás en nuestro propio lugar?".

Cristian la abraza a Mónica y juntos caminan hasta el buffet. Allí está Ramona, la señora que está a cargo. Sus manos, dicen, hacen los mejores choripanes de la liga Colón. Tempranito prende el fuego mientras todos van llegando. Y, a razón de 15 pesos, entrega en una servilleta blanca el manjar.

"Tengo mi nieto jugando en el club, pero un poco todos son mis hijos", dice detrás del mostrador y con una caja registradora oxidada a su lado. El Che es eso: una gran familia.

Sobrevivir

Para abrir cada domingo la cancha el club necesita reunir 3 mil pesos entre policía, ambulancia y árbitros. "Se junta entre el buffet y la entrada, de 20 pesos, gran parte. Tirolesa trae mucha gente porque están peleando arriba. ¿Tiene cambio, señor?", pregunta Mónica mientras cobra las entradas de los visitantes que van llegando. A su lado está Martita, otra madre que tiene cinco chicos en el club y lleva todo el día sentada en una silla plástica cobrando el ingreso a los visitantes.

Llegar a esos tres mil pesos será el fin del día. Sino, de algún lado saldrán los billetes que falten. Y casi siempre salen de Mónica. Pero aquí en el Che la historia es así: no van a transar con el modelo capitalista del fútbol moderno.

"La idea de fundar un Club con el nombre del Che fue una manera de encontrarnos con los chicos dentro de su lenguaje. Nos animamos a intentar sostener esta institución sin nada... pero nada, sólo el esfuerzo de todos. Y aunque no tenemos infraestructura y hacemos como podemos para entrenar y jugar, ellos están con el Che a muerte ", dice Moni.

"Criticamos a la prostitución y el futbol está prostituido. Acá nunca se va a vender a un jugador. Se venden chicos por diez o veinte pelotas. Esa idea mercantilista de usar sponsors, de vender jugadores. Acá nunca va a pasar", reafirma la presidenta del club, cuyo teléfono no para de sonar. Eso también sucede a la madrugada, cuando detienen a alguno de sus chicos "por portación de rostro". "En la comisaría ya me conocen bien. Voy y hago lío para que los saquen".

Así han sido estos siete años para Mónica y esta gente. Una revolución sin cuartel. "Las puertas de nuestro club siempre están abiertas para todos, para el que quiera. Trabajar por el Che es entregarse", reflexiona la señora que jamás se detiene.

El día que tengan su propio predio, el anhelo será también levantar un espacio para que los chicos puedan tener computadoras con Internet, cine, biblioteca y más. Para informarse y alfabetizar a sus padres. Y claro, continuar difundiendo el mensaje del Che internacionalmente. En la tierra hacen falta personas como Mónica Nielsen. Gente así.

Contacto. La venta de camisetas es el principal ingreso del club. Cuesta 180 pesos y el envío dentro de Argentina por Correo Argentino (hasta 1 Kg.) cuesta 90 pesos y se deposita a la cuenta que poseen en el Banco Nación sucursal 2070 ciudad de Jesus Maria. El número de cuenta es Nº 3031055351/ CBU 01103036 / 40030310553512.

Fuente: www.diaadia.com.ar

* Equipo de Comunicación de la CTA Córdoba

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