Padre mío: El analizador Fangio y el orden burgués
Sábado 13 de febrero de 2016, por Alfredo Grande *
Enviar la referencia de este documento por email Versión para imprimir de este documento

Escuché a Rubén Vázquez decir que era hijo de Fangio. Fue en el marco de una entrevista. El ADN, algo así como un decreto de necesidad y urgencia biológico, determinó que el quíntuple campeón era “padre” del mencionado Rubén. Es simple, es claro.

Compartir este articulo:

* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

Sólo el alucinatorio social que la cultura represora construye y reproduce puede darle el nombre del padre a un espermatozoide que ganó el quini y fecundó un óvulo.

Ese momento es para decirlo de alguna manera, pre subjetivo. O sea: en la fecundación biológica no hay subjetividad. Lo materno y lo paterno se construye en una dimensión vincular y deseante. En la cultura, nada, pero nada de nada, es del orden biológico. La reproducción de la especie que la madre Naturaleza garantiza, nada sabe de deseos, de anhelos, de proyectos, de esperanzas. Ser “hijo de” supone que hay un “padre de”. En el relato de Rubén, nada de eso pasó. Incluso pasó lo contrario. Fangio que sabía hizo que no sabía, y el pequeño Rubén que no sabía, tuvo que esperar hasta sus 72 años para decir, como si fuera cierto, que es el hijo de Fangio.

Si tomamos a Fangio como un analizador, sirve para ir de lo convencional de los relatos, de todos los relatos, hasta lo fundante donde hay lógicas que informan de los modos de producción política, social y cultural. Que “Padre” sea sinónimo de espermatozoide fecundante o “Madre” de óvulo fecundado es evidencia de que para la cultura represora el Orden Natural es el absoluto bien. Siempre habrá pobres entre ustedes. Y menciona con cinismo “la pobreza estructural”. Otra trampa. La estructura aparece como algo cerrado, no modificable, o sea, natural.

El derecho natural es una afirmación delirante, pero como todo delirio tiene su núcleo de verdad. Y ese núcleo de verdad es que la naturaleza sólo se modifica en millones de años. Por lo tanto dura cientos de generaciones. La cultura represora intenta lo mismo. Quizá lo logre. El mito del eterno retorno, versión reaccionaria, permite racionalizar con que todo el tiempo pasado fue mejor. O sea: el tiempo futuro será peor a menos que el futuro y el pasado coincidan.

La gobernadora de la provincia de Buenos Aires tuvo ese fallido, como bien señala el periodista Hugo Presman. “Cambiamos futuro por pasado” dijo la inesperada ganadora. Obviamente, nadie es perfecto y algunos cambios pueden mantenerse. A esto algunos lo llaman packaging. Por ejemplo: la división en tres Poderes, de los cuales hay uno que no es electivo, y dos que sí. Pero eso a la hora de ejercer poder real no importa. Los votos pueden traicionarse todos los días. La escencia de la democracia burguesa es la traición.

Los representantes no representan a sus representados. Son fieles a nuestro preámbulo constitucional. “El pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes”. Es simple, es claro. No delibera. Ni gobierna. Sólo vota. Y no siempre. Pero lo natural es que haya quienes gobiernan y haya quienes son gobernados. Que haya ricos y que haya pobres. Que haya hijos y haya entenados. Que haya ganadores y haya perdedores. Asesinos y asesinados por naturaleza. Algunos nacen con estrella y otros nacen estrellados, reza el catecismo imbécil del sentido común.

Un patrullero en contramano, sin sirena, a una alta velocidad, mata a una ciudadana y hieren a una nena pequeña. ¿A que respondían? A una alarma de un Banco. Entre la bolsa y la vida, eligieron la bolsa. Impunidad bancaria gracias a la no derogada ley de entidades financieras. Las policías son el brazo ejecutor de la cultura represora, eso que algunos llaman políticas de seguridad. Después dicen que en la Argentina no hay pena de muerte. ¿Qué otra cosa es el gatillo fácil?

El sábado estuve en una actividad organizada por el Frente Darío Santillán Corriente Nacional en la ciudad de Necochea. Compartí la mesa con la madre de Luciano Arruga, otra madre coraje. Mónica Alegre. La presentadora de la mesa mencionó que el 24 de Marzo recordaremos para repudiar el último golpe de estado. Como el psicoanalista sabe más por viejo que por psicoanalista, hice una observación. El 24 de marzo de 1976 no fue el último golpe de estado. Ese patrullero asesino es también un golpe de estado. No acotemos la idea de “golpe de estado” a la toma del gobierno y del poder por una asociación ilícita de militares, infames traidores a la Patria. Financiados por la cohorte empresaria.

Los golpes de Estado son todas y cada una de las ocasiones en que algún poder del estado golpea, siempre con total impunidad, a ciudadanos indefensos. Balear a una murga, sin ir más cerca. El estado benefactor tiene su doble siniestro: el estado terrorista. Y ambos dos se despliegan en las democracias del orden burgués. Porque son esos golpes los que van acorralando, debilitando, aterrorizando, diezmando, enloqueciendo.

Las cárceles son inmensos cultivos de golpes de estado. Y todo esto está vivido, sentido, pensado como “natural”. La naturalización de la cultura es la burocratización de la vida. La repetición, el más de lo mismo, el menos de lo diferente, la hegemonía, el reemplazo de las clases por las castas, de los deseos por los mandatos, de los desafíos por las rutinas, de la vida por la muerte. Como el durazno “al natural” que viene en lata. Los enlatados de la cultura que permiten repetir sin que nadie saque los pies del plato letal donde te cortan los dedos.

La veneración por las palabras, vacías de sentido, es otra marca de la cultura natural y represora. Se habla de “familia” aunque no haya familiaridad. De “amor” aunque haya maltrato y crueldad. Y de Padre aunque no haya vínculo amoroso. La biología es el origen, pero en modo alguno es el destino. Y en el origen puede haber ADN, células, átomos, pero no hay vínculos. Y lo humano verdaderamente humano es la dimensión vincular. Por eso, aunque lo lamento, Rubén no encontró a su padre. Apenas imaginar al eslabón perdido del espermatozoide prófugo.

El Orden Burgués tiene razones que el corazón no entiende. Pero que siente. Y el combate será contra todas las formas de enlatar, naturalizar, burocratizar a la plenitud de la vida. Plenitud que no es completud. Incluso es lo contrario. Y en esa plenitud habrá hijos e hijas que tengan tantas madres y padres como se animen a contar. La familia será comunitaria o no será. Don Rubén tiene un padre que se llama Vazquez. Fangio no es un padre. Es un patrimonio. Espero que este hijo sepa que la biología no es vínculo. Y el orden natural burgués será conmovido cuando podamos reformar la constitución para que “el pueblo gobierna y delibera a pesar de sus representantes”.

Lima 609 - Ciudad de Buenos Aires - República Argentina

(5411) 4383-3349 / 3305 / 3426 (int. 150 / 154) - prensa@ctanacional.org


sitio desarrollado en SPIP