Hasta el último round
Jueves 24 de marzo de 2016, por Juan Carlos Giuliani *
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Fue hoguera y llanto, aluvión y escarnio: Un grito esperanzado y multitudinario que expiró ahogado en sangre. La generación del ’70 traspasó, en menos de lo que canta un gallo, la delgada línea que separa el cielo del infierno. En un irrepetible “fondo blanco”, bebió de un solo trago la copa de la vida.

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* Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA

Desafió el statu quo social e impuso sus tiempos a la historia. Hasta convertirse en el fenómeno masivo más importante que parió la Argentina en los últimos 40 años.

Esa juventud militante y comprometida se aproximó a la realidad de los de abajo eludiendo libros y abstracciones.

Organizó los barrios, se codeó con el oprobio cotidiano de las villas miseria, levantó barricadas en las calles, se proletarizó en las fábricas y se “coló” en la universidad con la idea de hacerle asomar sus narices por sobre los muros elitistas.

En el camino cometió más de un error. Más aún, fue creciendo sobre pilas de equivocaciones. A eso no lo niega nadie. Tampoco su incapacidad para evitar el aislamiento y la soledad en el momento crucial de su enfrentamiento con “los dueños de la manija”.

Pero –y esto también es innegable- sostuvo sin claudicaciones las banderas que vienen del fondo de la historia y que expresan un proyecto de sociedad mejor: Más libre, justa y solidaria. Además, y por sobre todo, fue auténtica. A la hora de jugarse supo poner los de Pascua sobre la mesa.

Hasta sus más encarnizados detractores no podrán afirmar que esta generación masacrada, vapuleada, virtualmente extinguida, se limitó a formular sus teorías en la mesa de un café.

Por el contrario, tuvo el atrevimiento de cometer el más original de los pecados: Cuestionó –como muy pocas veces antes- las bases políticas, ideológicas, culturales y económicas de los grupos de poder dominantes.

Esa audacia no se la perdonaron nunca. Y cuando llegó el turno de la revancha oligárquica, los señores de la muerte fueron implacables, sanguinarios, impiadosos.

Los tiempos han cambiado. Hemos transitado ya más de tres décadas en democracia, todo un récord de estabilidad institucional en un país golpeado cíclicamente por los ventarrones de la intolerancia oligárquica.

Sin embargo, aquello por lo que vivieron y murieron los jóvenes del ’70 aún tiene plena vigencia. Seguimos viviendo en un mundo esencialmente violento e injusto.

Entre los sobrevivientes de esa generación perdida, una buena porción se ha rendido y decidió “tirar la toalla”. Algunos, incluso, hoy pontifican sobre las secuelas del fracaso y las bondades que acarrean la modernización y la ley del mercado. Aunque disfracen ese discurso con un barniz "progresista".

El posibilismo explica mejor que ninguna otra razón el fracaso de las experiencias de "centroizquierda" en nuestro país y Latinoamérica. En nombre de la gobernabilidad del sistema reniegan de la participación y movilización popular y mantienen intacta la injusta matriz productiva y de distribución de la riqueza. Descreen del poder popular y, con sus claudicaciones a cuestas, terminan abriéndole la puerta a la restauración oligárquica.

Otros, en cambio, pese a las heridas y frustraciones, siguen apostando a la construcción colectiva, a la reorganización del Movimiento Obrero y Popular, a construir una alternativa de poder emancipatoria para que el pueblo sea gobierno, peleando hasta el último aliento.

Hasta el último round.

Hasta poder meterle el “cross” en la mandíbula que tire a la lona por toda la cuenta a la soberbia, la explotación, la desigualdad, la corrupción y la indiferencia.

Con la gente en el ring.

Abrigando en los corazones sesentones y cansados las ilusiones intactas de hace cuarenta años.

Por ellos, por nosotros, por los que vendrán: Qué bueno es seguir adelante.

Hasta que algún día, la vida nos bese en la boca.

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