Hasta que los votos nos separen
Martes 7 de marzo de 2017, por Alfredo Grande *
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Se inauguró el período legislativo. O sea: empezó la denominada contienda electoral. El ritual de las democracias de cuello blanco y patas sucias. Me votan, luego existo. Y las encuestas se convierten en las profecías que darán cuenta de ganadores, perdedores, empatadores, ascensos y descensos.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Escritor. Director y actor teatral. Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

Hay una gran conmoción sobre si comienza o no el fútbol. En realidad, si comienza o no la mega industria transnacional que empieza con una pelota, que alguna vez fuera de trapo, y termina en China o Dubai.

La denominada política, o sea, la actividad de los gestores del gran capital para lograr que las pérdidas sean ajenas y las ganancias propias. Una pelota de trapo, un voto de trapo. Así comienza la historia que termina con un Messi y con un Trump.

La estafa y el saqueo permanente que implican las administraciones de lo público, para que pasen a ser del Estado y terminen siendo privadas, necesita una cobertura que sostenga el alucinatorio social de un gobernante no por derecho divino, sino por derecho popular. Y como lo popular es divino, el macabro pacto está consumado. “Tu haces como que me votas, yo hago como que gobierno”.

Lo que se registra como voto es el tiro del final, o sea, colocar el sobre en la urna (en la versión analógica) o apretar algún botón (en la versión electrónica). Pero hay un ensuciado de cerebro permanente que construye el mito urbano de que hay candidatos y yo elijo. Y que si elijo mal seré castigado y que si elijo bien seré castigado, pero menos.

Parte de ese ensuciado de cerebro ha permitido mantener el denominado impuesto a las ganancias para los sueldos y para las jubilaciones. Un animal monstruoso que fue parido contra natura para consolidar un sistema tributario donde los pobres tienen tarjeta de débito y los ricos tienen off shore.

Pues bien: mi amigo y compañero Eduardo “el Negro” Soares me manda una info de la que resalto sólo este párrafo contundente: “Así que, compañeros y compañeras de la Gremial, nuestro compañero Luis Virgilio, de Neuquén interpuso una presentación de inconstitucionalidad del Impuesto a las Ganancias respecto de los jubilados de Río Negro.- Y andó.”

Lo que nos enseña que ni los votos aseguran la constitucionalidad de los actos de gobierno. Que los gobiernos no son democráticos por su origen sino por sus actos de gobierno. Que no solamente no es lo mismo, sino que es lo opuesto. Por eso Illia fue elegido con el peronismo proscripto, pero ejerció actos de gobierno democráticos. Incluso enfrentando a la banca Rockefeller. Luego muchos sectores políticos, incluso proscriptos, apoyaron y organizaron el golpe de Onganía que proscribió a todos los partidos políticos y ejerció una dictadura. De Onganía a Videla fue un suspiro. Por eso insistir en campañas anti Macri, en campañas para cambiar el gobierno, en campañas donde los males empiezan a contarse desde fechas cercanas, ignorando décadas infames pasadas, es sostener el negocio de la cultura represora y el gran lobby de la democracia burguesa.

Cuando dicen que volvimos a los ’90, se oculta, dolosamente, que “Menem fue el hecho maldito del país peronista”. Desde el pacto con Bunge y Born, la entrega del peronismo a la familia Alsogaray, la voladura de una ciudad para ocultar el contrabando de armas, el silencio cobarde ante el asesinato de su hijo, el menemismo es la marca registrada de una de las traiciones más atroces. Sólo superada por la de Perón a Cámpora, o sea, a la juventud maravillosa, masacre de Ezeiza mediante.

La batalla no es electoral. Es cultural y política. La expresión electoral de partidos de izquierda debe ser alentada. Sin duda. Pero hay que sostener el riesgo de formar parte de aquello que se quiere destruir. No sea, válgame Freud, un ritornelo del entrismo de los ’70, donde había que “desde adentro cambiar sindicatos, partidos políticos, la misma iglesia”. Podemos mirar la boca del lobo, pero no habitar sus entrañas. José Martí pudo hacerlo, pero es la excepción del genio.

La coartada democrática, la coartada de votar, la coartada de participaciones rigurosamente vigiladas, todas las coartadas de la cultura represora, deben ser denunciadas y arrasadas. Los detractores de los ’90, gozaron de los ’90. Fueron sus cómplices durante 10 años. Ahora nos explican que la actual gestión es volver a los ’90. No nos explican por qué también ellos estuvieron allí, chapoteando en gobernaciones, intendencias, cargos diplomáticos, remate de empresas nacionales, cierre de ramales ferroviarios y otras aberraciones.

Los objetores de conciencia no responden a los llamados para incorporarse a ejércitos. ¿Podrá alguna vez haber objetores de conciencia de la democracia?

Primero habrá que darse cuenta que la obligatoriedad del voto es una trampa. Sólo sirve para crear falsas mayorías. Que luego legalizan lo ilegítimo. Batalla que permitirá cambiar, como propuse varias veces, nuestro preámbulo constitucional. Y reemplazarlo por: “el pueblo delibera y gobierna, a pesar de sus representantes.” De lo contrario, seguiremos con falsos enfrentamientos entre compañeros y falsos acuerdos con enemigos.

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