Una rebelión popular
Lunes 29 de mayo de 2017, por Juan Carlos Giuliani *
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El "Cordobazo" fue una rebelión popular. Como el 17 de octubre de 1945. Como el 19 y 20 de diciembre de 2001. Un acto de legítima defensa ante los atropellos del poder, el retiro del sábado inglés, la represión generalizada. Una acción de masas que, de espontánea no tuvo nada. Agustín Tosco, Atilio López, Elpidio Torres y otros dirigentes sindicales -algunos conocidos y muchos anónimos- lideran una gesta histórica que terminaría por eyectar del poder al dictador Onganía. Tiempo después, otras puebladas incendian la Patria.

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* Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA

El 29 de mayo de 1969 -el día que el pueblo reventó de bronca- se selló la unidad obrero-estudiantil, que volvería a ganar las calles para ensanchar la cancha donde se jugaba la resistencia al régimen dos años después -el 15 de marzo de 1971- con el "Viborazo".

El "Cordobazo" fue una insurrección popular, un hecho revolucionario que marcaría a fuego a la clase trabajadora argentina. Un fenómeno de rebeldía colectiva que se inscribe en el proceso de lucha popular iniciado en 1955, cuando la "Revolución Fusiladora" derroca al gobierno de Perón y la clase obrera es proscripta social y políticamente. Esta proscripción fue respondida por los trabajadores a través de múltiples instrumentos de lucha: Desde las huelgas, el trabajo a desgano y las tomas de fábricas, hasta los sabotajes con los "caños" heroicos de la resistencia.

El "Cordobazo" no es un hecho aislado. Se corresponde con un momento histórico de ascenso de los niveles de conciencia y organización del pueblo. La protesta callejera en Córdoba se produce luego de otras rebeliones que van jaqueando al gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía, como lo fueron el "Correntinazo" y el primer "Rosariazo".

En ese tiempo convulsionado el pueblo soporta la dictadura de las botas y los monopolios. La nueva interrupción del orden institucional clausura los canales de participación a los trabajadores y a una juventud hambrienta por expresarse políticamente.

El gobierno se asienta en las ballonetas. Es tiempo de piedra y barricada, de caño y fusil. Explota la furia que viene de la larga Resistencia Peronista. La Revolución Cubana es la luz que persiste. Camilo Torres en Colombia y la heroica muerte del Che en Bolivia dejan una estela de compromiso en el firmamento de Latinoamérica.

En ese entonces a los que no militaban se los miraba como sapo de otro pozo. Obturados los caminos institucionales por el accionar de la oligarquía a través de las Fuerzas Armadas que una y otra vez usurparían la soberanía popular, buena parte de la juventud optará por la militancia resistente y el camino de la lucha armada. En ese contexto, no es casual que exactamente un año después del "Cordobazo", el 29 de mayo de 1970, irrumpa públicamente Montoneros con el "Aramburazo".

En los ’60 y los ’70 se naturalizó la violencia como una metología apropiada para restituir la soberanía en manos del pueblo. El encuadramiento en la militancia revolucionaria fue un fenómeno masivo. Se compartía un proyecto colectivo de Nación que terminó ahogado en sangre y fuego por el terrorismo de Estado.

Los genocidas borraron cualquier perspectiva de redención social. Hubo que masacrar a 30 mil militantes para aniquilar el Estado de bienestar e implantar el modelo neoliberal.

El terror se metió en lo más profundo de la sociedad. Se abandonaron los proyectos comunes. Se sobrevivió en el individualismo del sálvese quien pueda.

El nuevo rostro del capitalismo provocó una hemorragia de desplazados del sistema de producción y consumo. Masas de desheredados que perdieron el trabajo, la educación, la salud, la familia, la esperanza.

A la violencia libertaria, sofocada por la tiranía oligárquico-militar, le sucedió la violencia de la sobrevivencia.

El desprecio por la vida del otro se generalizó en el desmadre. La degradación provocada por la brutal desigualdad social es el caldo de cultivo de la violencia urbana, amplificada hasta el infinito por los medios de comunicación del régimen que se regodean exhibiendo la fragmentación, la insolidaridad, el naufragio colectivo.

El crimen organizado es posible gracias al maridaje de las mafias con la corrupción política y policial. La plata sucia envenenó la superestructura de una democracia tutelada por el Imperio.

La violencia doméstica anida en una sociedad enferma, infectada por la ideología dominante. La desaparición de Jorge Julio López y los asesinatos de Carlos Fuentealba, Mariano Ferreyra y tantos otros militantes populares confirma, por si hacía falta, la existencia de nichos intocables de la estructura represiva de la dictadura en las fuerzas de seguridad y la cloaca de los servicios, grupos envalentonados por la cobertura institucional que le prestan la ideología del Macrismo e instrumentos tales como la Ley Antiterrorista, el Proyecto X y el Protocolo Antipiquetes.

La justicia social es el único camino para que no haya más pibes chorros ni ladrones de guantes blancos. Para que deje de haber una justicia para ricos y otra para pobres. Para que se construyan más viviendas, escuelas y hospitales y menos cárceles. Para desterrar la impunidad y el desamparo.

A 48 años del "Cordobazo", a casi 34 años de la recuperación de esta democracia colonial, que mantiene -como en tiempos de la dictadura- un 30 por ciento de pobres, los pibes perseguidos y con hambre, y una deuda pública sideral; que aquí y ahora enarbola desde la cima del Gobierno sus banderas neoliberales, anti-populares y anti-obreras, es estratégico construir una nueva mayoría que encarne un Proyecto de Emancipación, haga caso omiso de los discursos posibilistas, ignore los atajos dictados por el oportunismo político, y se vuelva a plantear como norte el Bien Común: La felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación.

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