Messi y la gambeta que no sale
Martes 4 de julio de 2017, por Carlos del Frade *
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El pueblo rosarino recibió como un buen gesto de Lionel Messi que se casara en un punto de la geografía de la cuna de la bandera. Por muchas razones, la fiesta de multimillonarios en el casino más grande de América del Sur, fue una caricia para las mayorías que pelean el día a día en la ex ciudad obrera.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Durante muchas horas, en los bares de la terminal de colectivos o del centro y los barrios, la pregunta recurrente era si la persona saludada estaba invitada a la fiesta. Los grandes medios del país unitario y del exterior hicieron lo suyo. El muchacho de 30 años que nunca pisó una cancha vistiendo los colores de su querido Ñuls jugando en la primera, fue celebrado como una tardía postal de la curiosa y multiforme identidad rosarina.

Pero cuando julio asomó en estos atribulados arrabales del universo, las entrañas de la ciudad volvieron a mostrar las consecuencias de los que no pueden gambetear los mandatos de un sistema que concentra y extranjeriza riquezas y crea islas de fantasías en medio de otros barrios que parecen ser territorios brumosos y hostiles, incluso y, por sobre todo, para sus propios habitantes. El archipiélago rosarino que no puede zanjarse ni con el glamour del casamiento de la Pulga ni tampoco con las mejores sonrisas de sus gobernantes.

La mayoría de las pibas y los pibes –seis de cada diez- que tiene la edad de Lionel, treinta años, está desocupada y son las chicas las que más padecen esta ausencia de trabajo estable, en blanco y que permite soñar con una vivienda digna, como sucedía en Rosario cuando todavía era obrera, industrial, ferroviaria y portuaria.

Desde los años noventa hasta el presente, la muchachada intenta la gambeta pero no hay caso, el sistema generó el desarrollo inmobiliario a partir del boom sojero y perpetuó la precarización laboral para chicas y chicos menores de treinta años.

Muy cerquita de donde fue celebrado el casamiento del siglo, como lo llamaron muchos medios de comunicación, el hermano de un compañero de Messi, Martín Correa, hermano de Angel Correa, rosarino e integrante de la selección Argentina de fútbol, días antes de la fiesta, se quitó la vida, con solamente 25 años, abrumado por problemas personales y sociales.

En esa misma comarca donde se yergue el City Center, propiedad del empresario kirchnerista Cristóbal López, dominada por la banda de Los Monos, está la canchita que tiene el mural dedicado al mítico líder de la organización, Claudio “el Pájaro” Cantero, asesinado el 26 de mayo de 2013. En esa canchita jugaba Ever Banega y es utilizada por los otros pibes descubiertos por Francisco Lapiana, buscador de talentos, procesado por formar parte de la pandilla justamente por lavar dinero a través del fútbol. Uno de esos talentos descubiertos es Angel Correa.

Sueñan las pibas y los pibes del barrio donde se casó Messi con gambetear los límites impuestos. Sueñan con sus propias fiestas, donde puedan bailar hasta que salga el sol, sentir que eso llamado felicidad también les corresponde simplelumente por el hecho de ser, nada menos y nada más, que seres humanos.

Para ellas, para ellos, sin embargo, no hay certezas, sino angustias planificadas desde el centro de la ciudad o más allá de las fronteras de la propia provincia de Santa Fe.

La fiesta del casamiento de Lionel Messi es la confirmación de la celebración del capitalismo.

Es la expresión de la felicidad de los muy poquitos a quienes el sistema les permite alcanzar sus sueños.

Mientras tanto, del otro lado de la fosa de la cancha grande de la realidad, miles y miles de pibas y pibes de treinta años, rosarinos como Lionel, siguen intentando la gambeta a los violentos guadañazos de la exclusión cotidiana.

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