La cumbre de Hamburgo y el tablero internacional
Viernes 14 de julio de 2017, por Gonzalo Manzullo *

Una nueva cumbre del G20 pasó y con ella se evidenciaron tensiones e intenciones entre los jugadores más importantes del tablero global.

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* Asesor de la Secretaría de Relaciones Internacionales de la CTA Autónoma

En primer lugar, debemos entender qué rol cumple la Cumbre del G20 en el esquema de relaciones de poder global: con un eje fundamentalmente económico-comercial alimentado por la banca transnacional, el G20 nace por iniciativa de George Bush, ampliando el G7 a países emergentes como China y Rusia, en busca de alimentar un mayor consenso para la política global. Así, con Argentina como socio fundador, nació una mesa situada por encima de la ONU y adquirió protagonismo al calor sulfurante de la crisis financiera de 2008.

No obstante, más allá de esa carta de presentación formal, aparecen dos formas esquemáticas de interpretar al G20: como una pantomima de diálogo consensual que plantea objetivos bellos pero inalcanzables, donde lo que merma es la voluntad política para cambiar el estado real de cosas alrededor del globo, o bien puede ser considerado como la cuna de la gobernanza global y un trampolín para la cooperación económica.

La diferencia radica en cuáles sean nuestras expectativas y dónde pongamos el foco de análisis. Bien podemos decir que el G20 es ambas cosas a la vez: se trata de un ejercicio de gesticulación y de apariencia de cada uno de sus miembros frente a los otros, pero no un ejercicio solo trivial, sino con resultados concretos y que se vuelve complementario de las decisiones y políticas que cada miembro adopta al interior de su territorio. El ser impacta en el parecer y viceversa. No es menor concretar encuentros con figuras recién surgidas como Macron, así como aquellas que están en vías de reelección como Merkel. Al mismo tiempo, en tanto que lugar de encuentro, el G20 implica la posibilidad de lograr acuerdos concretos y desacuerdos evidentes: ejemplo de ello son las conversaciones entre Trump y Putin respecto de Siria y las tensas negociaciones por los párrafos referidos al Acuerdo de Paris entre Trump y todos los demás mandatarios, respectivamente.

La cumbre de Hamburgo mostró ciertos episodios que vale la pena analizar. Si bien la agenda formal de esta cumbre consistía en los problemas de elusión y evasión fiscal, la cuestión de los migrantes y la lucha contra el terrorismo y su financiamiento, surgieron algunos ejes adicionales que cautivaron la atención de todos: la dicotomía proteccionismo/liberalización y la convalidación del Acuerdo de París. De esta manera, pudimos ver el distanciamiento de Trump respecto de los demás mandatarios en lo que hace a los compromisos alrededor de la lucha contra el cambio climático y el afán de liberalización. Podríamos decir que los unió el espanto contra Trump. A su vez, el dato político de que Estados Unidos no lleve las riendas de la posición hegemónica es fundamental. En cierto sentido abandona su papel dominante, aunque ello no significa obviar su fuerte rol económico que le permite actuar con una autonomía relativa respecto del sistema mundial, rompiendo incluso consensos que se consideraban intocables gracias a su soberanía monetaria. La pregunta es en cierta medida hasta cuando gozará de rienda suelta el modus operandi de Trump. Como contraofensiva hacia la Unión Europea, Trump anunció su intención de firmar un acuerdo comercial con Gran Bretaña, dando por sentada la materialización del Brexit. Sin duda se tratará de una etapa de guerras digitales y comerciales, especialmente con la tendencia creciente hacia el e-commerce.

A pesar de las opiniones que hablan de la poca capacidad de los miembros de tomar decisiones por sus problemas internos, la cumbre del G20 es uno de los escenarios donde se reactualiza y se mide la relación de fuerzas a nivel global.

Un párrafo aparte merece la cumbre del año próximo que será presidida por Argentina. Guiándonos por los dichos de Macri, Argentina se prepara para mantener el status quo y las corrientes comerciales dominantes que apuntan hacia la liberalización y el libre tránsito de bienes físicos y digitales, capitales y ganancias. Sobre todo teniendo en cuenta la avidez por atraer nuevas inversiones hasta ahora débiles. Los dichos de Macri durante y después de la cumbre de Hamburgo muestran la voluntad de subordinar sin críticas nuestra política económica a aquellos imperativos. Así, Argentina se comprometió al rol de buscar el equilibrio, función que cobra particular importancia luego de las divergencias a la hora de concertar la declaración final de Hamburgo.

Pero la divergencia no sólo estuvo puertas adentro. La extrema violencia de las protestas desatadas en Hamburgo no debe ser menospreciada como la acción desmedida de unos cuantos anarquistas. El espectacular despliegue de las fuerzas de seguridad para contener las protestas es el termómetro que evidencia la disconformidad de los ciudadanos de a pie con el esquema global de desigualdad y explotación voraz propio del capital.

De cara a la Cumbre en 2018, los trabajadores y las trabajadoras tenemos el desafío de construir una ofensiva para salir a las calles con una respuesta clara ante la profundización de la liberalización atada al recorte de derechos y contenido vía represión que pretende ser avalado esta vez en nuestro país y bajo la voz de Macri.

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