Compañero del alma
Lunes 21 de agosto de 2017, por Daniel Escotorin *
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Nació un 14 de julio, fecha que además de recordar el aniversario de la Revolución Francesa, como él siempre evocaba, en el onomástico católico es San Buenaventura. Una tradición de aquellos años y sobre todo en el interior del pueblo creyente era poner el nombre a sus hijos según el santo del día de nacimiento. Bueno, ese le tocó, el resto lo hizo el escribiente del Registro Civil que cambió la B por V.

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* Historiador. Autor del libro “Salta montonera –La actuación de los sectores populares en Salta (1972 -1976)” (Ed. CTA - 2007). Dirigente de la CTA Autónoma y de Unidad Popular (UP) de Salta

Desde su Anta profundo llegó con toda su carga de identidad: campechano, simple, transparente y con ese saber popular que da la vida en esos pagos; amaba su tierra, la recordaba y la tenía presente en cada momento. Recuerdo esas reuniones en la CTA donde tomaba la palabra y recurrentemente volvía a sus anécdotas de su terruño (para cierto fastidio mío a veces)

Entró a la administración pública a principios de los setenta, hizo carrera y tomó contacto con toda una camada de dirigentes sindicales de aquellos años duros, pesados. Se fue fogueando y forjando una identidad política que la mantendría por siempre: peronista, de izquierda, popular; de aquellos que entienden la realidad porque la viven, vivenciaba las necesidades de los otros, de sus compañeros, del pueblo.

Para principios de la democracia se suma a ATE, ese gremio que años atrás era más conocido por sus bailes de carnaval que por sus luchas: El principal gremio estatal provincial había sido el CEOAPS (Centro de Empleados y Obreros de la Administración Pública de Salta) muy combativo, pero sería absorbido por UPCN.

Formó parte de la Comisión Directiva de ATE cuando la conducía Carlos Allende y él lo sucedería a principios de los noventa. Allí lo conocí. Primero en un asado de fin de año en ATE, luego vendría un encuentro que nos juntaría hasta el final: El Encuentro de Rosario a principios de 1992 cuando despuntaba ese germen de organización popular que era el Congreso de Trabajadores de los Argentinos (el CTA) y que en 1996 se convertiría en la Central de Trabajadores de Argentina (entonces sí la CTA).

Nos conocimos allí, yo vivía en Buenos Aires y lo busqué para una entrevista para un programa de radio que conducíamos con otros compañeros. Un año después ya de regreso en Salta comenzamos a caminar juntos tras ese proyecto.

No obstante haber mantenido diferencias, siempre nos unió la honestidad intelectual y política para entendernos y saber complementarnos en ciertas ocasiones. Era un hacedor neto, práctico y ejecutivo, lo que dio motivos a anécdotas ciertamente graciosas entre ambos. Pero coincidíamos en cosas de fondo: un proyecto político propio y una fuerza política propia, la necesidad de formar cuadros, los sueños de pensarnos como parte de un movimiento político que cambiaría Salta.

A esta altura de la nota -sepa disculpar el lector- me encargaron una crónica pero difícil hacer una nota aséptica sobre alguien con quien compartí muchos años, días y horas de andares, discusiones y sueños. No puedo. Íbamos ambos con nuestras historias a cuestas: El simple, llano; yo, formal, más esquemático. El práctico, yo más teórico y así nos entendíamos porque en el fondo cada uno con su aporte, andábamos.

Los últimos años nos vimos poco. El en su CTA querida yo metido en el partido, pero era bueno para mi encontrarnos y saber que seguíamos coincidiendo y tirando para el mismo lado.

En eso estábamos cuando el horizonte se nos puso demasiado cerca, ese ocaso que reconocemos pero lo negamos con el simple e inútil gesto de poner las manos tapando nuestros ojos. Esa mano se llama Fe y no siempre alcanza. Esa mano genera un resplandor que nos mueve a creer y seguir como si nada estuviera pasando.

Lo vi el viernes porque tenía unas ganas contenidas de verlo: “Está lúcido y despierto” me dijeron y allí fui. Estuve unos minutos solo con él y vi al viejo David con el que podíamos charlar. Le conté algunas cosas y me fui con la promesa de vernos para saldar esa larga charla pendiente.

No pudo ser. Vuenaventura que ese era su nombre David su apellido. Peronista, millonario (de River) y santo (de Juventud)… ahí coincidíamos y gozábamos sobre todo con River.

Sólo despedirte con ese verso siempre tan maravilloso y hoy tan doloroso para mí de Miguel Hernández: “Que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.

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