Los niños del mundo nuevo
Domingo 3 de septiembre de 2017, por Raúl Zibechi *
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En la comunidad “8 de Marzo”, perteneciente al municipio “17 de Noviembre”, caracol Morelia, recibieron quince alumnos que participaron en la escuelita zapatista en agosto de 2015. Me alojaron en la casa de la familia de Julián y Esther que viven con sus cinco hijos a la vera de la carretera de tierra que conduce a Altamirano.

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* Periodista, escritor y pensador uruguayo

La familia tiene una parcela de unas cinco hectáreas con frijol, maíz, banano, hortalizas, frutas y gallinas. En el monte cuentan con una parcela con café, cuya cosecha venden para comprar ganado. Julián ingresó en 1989 en el EZLN.

En las noches nos juntamos a conversar y rememoran las reuniones clandestinas en remotas cuevas en la montaña, a las que decenas de zapatistas llegaban por la noche, mientras los patrones y sus capangas dormían. Aseguran que lo peor quedó atrás: el látigo del hacendado, la humillación, el hambre, la violencia y las violaciones de las hijas.

El 1 de enero de 1994 los hacendados huyeron y los capangas corrieron detrás. La comunidad “8 de Marzo” se organizó en la que fuera hacienda de Pepe Castellanos, hermano de Absalón Castellanos, teniente coronel, ex gobernador y propietario de catorce fincas en tierras usurpadas a los indios. Su secuestro por el EZLN, en enero de 1994, fue la espita que precipitó la huida de los terratenientes.

La comunidad tiene más de mil de hectáreas de buenas tierras donde cultivan los alimentos tradicionales y por recomendación de la comandancia también hortalizas y frutas. No sólo se liberaron del látigo sino que se alimentan mejor y consiguen ahorrar de un modo muy particular. Julián cosecha seis sacos de café, unos 300 kilos, de los cuales deja un saco para el consumo familiar y vende el resto. Según el precio, consigue comprar con cada cosecha entre dos y tres vacas. “Las vacas son el banco y cuando tenemos necesidad vendemos”, explican los comuneros.

Los pocos insumos que no producen las familias (sal, azúcar, aceite y jabón) los compran en las cabeceras municipales en tiendas zapatistas, instaladas en locales que ocuparon después del levantamiento de 1994. De ese modo no necesitan acudir al mercado y toda su economía se mantiene dentro de un circuito que controlan, autosuficiente, vinculado al mercado pero sin depender del mismo.

Aunque todo lo que hacen los comuneros zapatistas llama la atención, la vida cotidiana de los niños y las niñas te sorprende. De mañana temprano, apenas clarea, salen a la escuela que está a pocos metros de las viviendas, en el que fuera el casco de la hacienda. Van llegando en pequeños grupos, nadie llega solo. Se forman, cantan el himno mexicano y el zapatista, marchan de forma “militar” (todas las comunidades están rodeadas por destacamentos militares) y luego entran a la única aula donde conviven unos 40 niños de diversas edades, de las 45 familias que integran la comunidad.

Por la tarde, la cancha de básquet (que es el centro simbólico de la comunidad) es un hervidero de niños y niñas. Juegan intensamente, ponen todas las ganas y el esfuerzo para ganar, pero no cuentan los puntos. Ni siquiera está claro quién pertenece a qué equipo; ni siquiera si existen dos equipos. Se ríen todo el tiempo. Nunca observé jugadas violentas o burlas. Nadie sale lastimado. No compiten, juegan.

Como la comunidad es un espacio seguro, aunque está a la vera de una carretera de tierra, los chicos andan “sueltos”, no hace falta la vigilancia de los mayores. Sin embargo, cuando aparece algún riesgo, como los camiones que transitan la carretera, los mayores están atentos pero no intervienen salvo estricta necesidad. Los chicos aprenden a resolver los pequeños problemas diarios por ellos mismos.

También los vimos en las milpas y en los cultivos comunitarios, haciendo pequeñas tareas junto a los mayores, algo que escandalizaría a los críticos del trabajo infantil. En la escuela, me cuenta mi Votán, la persona encargada del aula (lo que para nosotros sería el profesor) usa la pizarra para ponerle un problema a la clase, que todos deben resolver en conjunto y no uno por uno. Las calificaciones no existen y se aprueba o aplaza a la clase en su conjunto, de modo que los “rezagados” son ayudados por sus propios compañeros.

Cuando trabajamos en la milpa nos dicen si tenemos alguna pregunta. Cuando alguien la formula, los jóvenes se miran, dialogan en voz baja y luego uno responde por todos. No hay respuestas individuales, algo que aprenden desde chicos. Los niños y las niñas trabajan también en la huerta que tienen todas las casas, ayudan a los padres en la cocina, el lavado de la ropa y los cultivos. Nunca solos, siempre con sus hermanos, vecinos y comuneros.

Cuando termina la jornada, los niños hacen ronda alrededor de Julián. El más pequeño, tres años, se le cuelga de los brazos y el padre intenta bajarlo con infinita paciencia. No existen espacios para niños, porque toda la comunidad es “su” espacio. Tampoco definieron “derechos” para los chicos, simplemente hacen.

Tal vez porque sintonizan con la frase del historiador chileno, Gabriel Salazar: “Un pueblo que tiene derechos pero no tiene poder no es nada. El derecho no vale sin poder”. Por eso creo que los niños y las niñas son poder, un poder-hacer que los coloca en el centro de la comunidad, en el corazón del mundo nuevo.

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