Monstruos del agua
Miércoles 4 de octubre de 2017, por Claudia Rafael *
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El cuerpo de Ezequiel flotó por tres kilómetros en las aguas malolientes del Riachuelo. Desde el Puente Alsina hasta el Victorino de la Plaza. Fue quince años atrás, cuando nueve policías federales le gritaron nadá o te pego un tiro en la cabeza. Hoy rondaría los 34 años.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Ezequiel Demonty no sabía nadar. Dicen que Santiago Maldonado tampoco. A Ezequiel tardaron nueve días en encontrarlo. A Santiago, en cambio, nadie lo encuentra. Es peligroso que aparezca. Hay cuerpos, como López, que son sombras para siempre. Algunos creen que a Santiago, como a Ezequiel, lo hicieron ahogar. Aparecen mensajes de texto que exponen el rol del Estado.

Surgen audios de whatsapp que ordenan esconder las camionetas. Aparecen voces que exigen borrar las pruebas. Sólo Santiago no aparece. A un par de cuadras de esta agencia de noticias hay dos cartelones nuevos en los que el gobierno ofrece (un mes y medio después de la desaparición) dos millones de pesos de recompensa al que aporte datos sobre Santiago. Apenas a unas diez cuadras de esa esquina, es donde –quince años atrás- apareció el cuerpo sin vida de Ezequiel.

Los brazos armados del Estado tienen una particular predilección por el agua. El 15 de mayo de 1976 el cuerpo del Negrito Floreal Avellaneda, que tenía 15 años y era militante de la Federación Juvenil Comunista, apareció flotando en las aguas uruguayas del Río de la Plata. Lo habían secuestrado un mes antes, junto a su mamá, cuando las fuerzas de seguridad buscaban a su padre.

En cambio, Pablito Míguez, que tenía 14 años entonces, todavía sigue flotando en el agua. De pie. Le da las espaldas a la ciudad. Y la escultora Claudia Fontes lo imaginó ahí. Para que nadie olvide. A veces las aguas del Río de la Plata lo golpean, le tapan las piernas. Parece que lo quisieran llevar mar adentro. Pero Pablito, que fue secuestrado en Avellaneda con su mamá, que fue torturado frente a ella y ella fue torturada frente a él, sigue en esas aguas que tragaron a tantos. Que devoraron y ahogaron, que llenaron de líquido los pulmones. Como quince años atrás se llenaron los de Ezequiel.

El agua, cuando los aparatos securitarios del Estado lo exigen, suele ser vía perfecta para hundir definitivamente en las tinieblas. Hace apenas dos años y medio la policía empujaba en las aguas del canal Norte de Rafaela, la perla del oeste santafesino, a Adrián Pacheco. Con sus 18 años, regresaba en moto al barrio Virgen del Rosario desde el playón en el que había estado con sus amigos.

Santiago no está. No existen registros fílmicos del tramo del operativo represivo de gendarmería cuando los mapuche corrían hacia el río Chubut ni tampoco de cuando los gendarmes irrumpían en el predio de la comunidad mapuche Pu Lof en Resistencia. Y Santiago no aparece.

Miles de detenidos desaparecidos durante la última dictadura fueron arrojados vivos al río Paraná, al río de la Plata o al mar. A veces, el viento y la fuerza de las aguas los devolvía a las orillas. Otras, se los quedaba como tesoros.

Hace apenas unas semanas, en Rosario detenían a una treintena de policías y oficiales de justicia, por distintas responsabilidades en la muerte de un albañil de 20 años. Se llamaba Franco Casco y su cuerpo apareció en las aguas del Paraná tres años atrás. Mordido por peces hambrientos. Con marcas de tortura. Con signos de haber estado atado a algún objeto pesado que lo mantuvo bajo el agua por semanas enteras.

El agua. La misma por la que los grandes empresarios avanzan en las tierras patagónicas, en los esteros del Iberá o apropiándose de más y más millones de hectáreas. El agua como recurso estratégico. El agua que, en el mundo, es sólo potable en el 2,5 por ciento del total. El agua que, cuando no es potable y enferma, provoca la muerte de 5.500 niños por día.

El agua, que es el origen de la vida. El agua que, tantas veces, es el destino para la muerte.

Fuente: www.pelotadetrapo.org.ar

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