Resurrecciones
Sábado 14 de octubre de 2017, por Bernardo Penoucos *
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Javier tiene 35 años, se vino con su madre y sus muchos hermanos cuando gurí, cruzando el charco que separa el Uruguay de nuestra Patria que, según Artigas, es toda la misma.

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* Docente en contextos de encierro. Integrante de la Agencia de Noticias Pelota de Trapo

Se vinieron escapando de los golpes de su padre y de los golpes de la pobreza que en el otro país arrastraban, se vinieron para encontrar otro suelo de este lado del río pero ni de este lado les llovió, aunque sea una vez, la buena suerte. Vivieron y sobrevivieron en pensiones de Constitución, en casas prestadas y en hoteles despedazados, hasta que un día llegaron a La Boca.

Javier me cuenta de La Boca, de Caminito, de los turistas distraídos y de los pibes del Barrio Chino, me cuenta de la murga "Los amantes de La Boca " y del jugador número 12, de las marcas y cicatrices en sus brazos y de algunas balas porfiadas que se aquerenciaron en su cuerpo y que reposan allí alojadas, como una suerte de amuleto y recuerdo de otros tiempos no tan alejados.

Y lo escucho perplejo, como casi siempre que le da por recordar.

En el barrio que Javier me cuenta y me presenta, la territorialización se conquista a los ponchazos y a cara de perro. No han llegado a esos territorios arrabaleros oficinas de catastro capaces de subdividir y urbanizar la historia. No. La historia es otra en los bordes del Riachuelo, la historia se construye como se puede y como se debe, desde lo cotidiano y desde las distintas subjetividades en pugna.

A veces lo cotidiano es belleza; otras veces lodo, sangre y terror.

Javier ha conocido las dos cotidianidades. En el territorio embarrado que abraza celoso al Riachuelo se aprende a amar, a ponerse la mejor ropa para abrazar a la fulana, un buen equipo deportivo original, una mojada de pelo y la ancha sonrisa, también se aprende a ponerse la mejor camisa para festejarle el cumpleaños a la Mama y no hacerle faltar nunca nada, y también se aprende, entre otras labores, a esquivar los plomos y a vivir en zigzag, esquivando autos y hostigamientos de la policía, se aprende a masticar ese gustito adrenalínico y tristón de la sangre en los labios y de la soledad en el alma, se aprende -en esta tierra de amnesias varias- a no olvidar al compañero ido, a no llorar por pequeñeces y a respetar la calle y los códigos.

Así lo cuenta Javier cuando empieza a contar sentado y fumando despacio en un salón de la Unidad 2 de Sierra Chica. Negro como la noche es el rostro de Javier, de cuerpo bruto y fibroso, tensa la mirada como antes de que escampe, lejanos a veces los ojos que miran como barriendo el cielo y estruendosa su risa sincera.

Entre muchas de las cosas que sabe, aprendió a caminar entre pasillos enrejados, a desnudar a un extraño con la mirada y a abrazar sincero al compañero amigo, apoyando como un bebe gigante su cabeza rapada y cicatrizada en los hombros del otro que, si es compañero, también es él mismo.

Este año a Javier lo mataron. Así se lo comunicaron a su Mama desde el Servicio Penitenciario Bonaerense:

- Señora, ¿usted es la Madre de Javier? Bueno, se ahorcó en el penal, cuando pueda venga así se lleva el cuerpo.

Llegaron flores y flores a la casa del Javier, coronas con dedicatorias, lágrimas a baldazos y humildades enfiladas naciendo desde la profunda tierra xeneize.

Eso me dijo el Javier hoy, que de muerto sigue vivo, que este año hasta tuvo la experiencia de morirse, y que su Mama nada le creía cuando él la llamaba y le hablaba y la convencía de que estaba más vivo que nunca, preso como hace tanto y desde niño pero vivo, que la llamaron para joderlo a él, que vivía de verdad, que nada de muerte ni de sogas ni de corbatas atadas al ventiluz de la reja.

- ¡¡Que estoy vivo te digo Mama!!: ¿No te das cuenta que soy yo?

Y me dice que tiene mucho más para contarme y que tiene muchas ganas de contar y yo le doy un abrazo, porque festejamos la vida y la resurrección, y porque a veces la muerte no las tiene tan fácil, más allá de que lo intente, marque un número y se presente con voz de ultratumba y cara de enojada, de pálida y de astuta, porque a pesar de tanto derrotero de lágrimas y ausencias hay cuerpos que tienen esa costumbre de seguir latiendo aun en el subsuelo más gélido y distante.

Fuente: www.pelotadetrapo.org.ar

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