Banderas
Martes 19 de junio de 2018, por Carlos del Frade *
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En Ledesma, después de cuatro muchachos muertos porque querían tener un pedacito de tierra para levantar su casa o algo parecido, los ocupantes del barrio El Triángulo han colocado una bandera al final del lote. Está sobre la barranca de un riacho que llega hasta esa zona del ingenio de los Blaquier.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Hay que ver esa bandera. Está raída y se agita con furia con el viento y el sol implacable de ese punto de la geografía jujeña. El paño está sujeto a una caña de azúcar y continúa mostrándose por encima de las cabecitas de las chicas y chicos que apenas tienen una canilla comunitaria para tomar algo de agua y lavarse de vez en cuando.

Muy cerca de allí, en la urbanización que trazó el Ingenio, hay dos fenomenales banderas cuyas dimensiones deben abarcar a por lo menos tres de esos lotes ganados a pura lucha, a pura muerte.

La bandera parece ser la misma.

Cualquier distraído podría decir: “Pero si se trata de la bandera argentina, la misma en los dos lados”.

Es cierto. Pero es cierto en parte.

Los sueños colectivos inconclusos del país que todavía no es pero que pelea frenéticamente por ser, está en la banderita modesta de los ocupantes de El Triángulo.

La otra es la de los propietarios de casi todo.

La otra bandera parece grande pero, en realidad, es chica, amarreta, mezquina, porque su soberbia es directamente proporcional a los intereses privilegiados que representa.

Belgrano está en el barrio El Triángulo. No en la mesa de los Blaquier.

- Me duelen los ojos, Carli…

Eso fue lo último que me dijo mi mamá, la Pochi, antes de partir hacia algún lugar del Universo.

Ella era la hermana del medio de tres mujeres, hijas de doña Rosa y don Alfredo, sirvienta y estibador portuario, respectivamente.

No tenían mucho.

Por eso todas las noches cenaban mate cocido con galletas.

Ya estaban en la ciudad de Rosario, allí donde Belgrano enarbolara la bandera por primera vez.

Se fueron a vivir a una casita por calle San Luis, cerca del ferrocarril que por entonces pasaba cargado de familias que intentaban una mejor suerte en Buenos Aires.

Terminó la primaria como pudo, la Pochi.

Pedía prestado los libros porque no tenía dinero para comprarlos.

Y por sobre todos los próceres de la historia oficial, fue Belgrano el que le llegó al corazón.

Creía en un dios que repararía todo lo malo después del último viaje.

Por eso aguantaba el sufrimiento.

Supongo que a veces fue feliz.

Pudo disfrutar muy poco de sus nietas.

Muchas veces pensé en aquella, su última frase.

Quizás le dolían los ojos de tantas cosas que vio y contra las cuales no pudo rebelarse.

En una de sus herencias, una caja de zapatos llena de cartas, fotos y carnés viejos, encontré una libreta de delegado portuario.

Era de mi abuelo.

Ella nunca me lo había contado. Una vez me dijo que tuvo un tío al que acusaban de anarquista pero que no podía hablar de esa historia porque los pobres tienen prohibidos ciertos recuerdos.

Cuando encontré la verdadera identidad del delegado, cuando supe que en realidad era el papá de mi mamá, sentí bronca y tristeza. La habían convencido que era una vergüenza tener un padre luchador y que, por lo tanto, no podía contarlo.

Es probable que Belgrano haya sentido que mi mamá merecía estar en su ejército de desesperados en Ayohuma. Allí cuando todo parecía perdido y, sin embargo, siguió e insistió.

Hay una revolución inconclusa.

Que nos disculpen los estudiosos y los políticamente correctos: es necesario establecer los puentes entre aquella guerra popular por la independencia y el presente de los que son más.

Porque cada uno de nosotros somos las palabras en las que creemos.

Somos los sueños que tenemos.

Y somos lo que seamos capaces de transformar para hacer realidad esos proyectos.

Por eso Belgrano sigue vivo en las necesidades de las mayorías.

Por eso recorrer los caminos de Belgrano, a casi doscientos años de su muerte, es descubrir la urgencia de las otras banderas que enarbolaba en su interior y en miles de aquellos que lo siguieron: igualdad, libertad, independencia, pueblo, democratización de la tierra, respeto por los pueblos y educación.

Recorrer los caminos de Belgrano es darnos cuenta que debemos ser protagonistas de la historia y no meros espectadores.

Nuestras hijas, nuestros hijos esperan que más allá de la torta de cumpleaños, seamos capaces de regalarles algo más cuando le deseamos felicidad.

Porque esa felicidad es la que todavía no está vigente en la realidad existencial de millones de argentinas y argentinos.

La felicidad colectiva será fruto de la continuidad de esos caminos de Belgrano.

Doscientos años después será preciso enarbolar esas banderas e izarlas en cada lugar donde se verifique la pelea de siempre, la del amor contra la muerte y el poder.

Fuente: www.pelotadetrapo.org.ar

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