Eso que llamas amor…
Miércoles 26 de septiembre de 2018, por Ana Romero *
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“Odio la máquina de coser”, dice siempre mi vieja y recuerda: “como si fuera hoy, mirá, cuando era chica me iba a dormir y tu abuela estaba en la máquina de coser, dale que dale; y me levantaba bien temprano de madrugada y ella ya estaba otra vez ahí. Por eso yo fui a aprender costura, sí, pero jamás me acercaría a esa máquina endemoniada”.

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* Militante de CTA Capital y del Frente Salvador Herrera. Integra la Comisión Ejecutiva Nacional.

No era el demonio, es el patriarcado.

Ese patriarcado que como sistema que contiene todas las opresiones, discriminaciones y violencias, se ha construido históricamente sobre el cuerpo de las mujeres.

Del feminismo comunitario boliviano aprendí que todas las opresiones, por ejemplo, la explotación que genera el capitalismo, se ha aprendido a instrumentar en nuestros cuerpos.

¿Dónde aprendió la humanidad a explotarnos? preguntan, la respuesta es simple y circular: en el cuerpo de las mujeres.

La humanidad aprende a explotar y a dejarse explotar porque en la casa hubo, y hay todavía, una mujer que hace el trabajo de la casa: cocina y cría a los hijos y ni siquiera se le llama trabajo. Vivimos al lado de alguien que es permanentemente explotada y estamos explotando a alguien que puede ser mi mamá, tu mamá, mi abuelita, cualquiera de nosotras.

El cuento de Caperucita

“Había una vez una dulce niña que quería mucho a su madre y a su abuela. Les ayudaba en todo lo que podía (…) Un día la abuela de Caperucita, que vivía en el bosque, enfermó y la madre de Caperucita le pidió que le llevara una cesta con una torta y un tarro de mantequilla. Caperucita aceptó encantada".

El clásico infantil representa a modo simbólico el mandato histórico sobre el linaje femenino desde que los cuentos empezaron a contarse para adoctrinar y no para liberar. Para domesticar y no para emancipar.

Según ese mandato patriarcal y en función de supuestas “características biológicas”, la Mujer lleva escrito en su cuerpo el verbo “CUIDAR”. Esto implicaría ser madre (para realizarse como ser), criar a lxs hijxs, transmitir educación y moral, etc. Coloca el lugar de la mujer en la casa: adentro, y no afuera en el bosque donde corría peligro, salvo para cuidar a otrxs, claro está.

Por mucho tiempo, esta idea prevaleció en el ideario social independientemente de las convicciones ideológicas. Desde los socialistas hasta los católicos, la sociedad nos atribuía roles y funciones directamente relacionadas a la producción y reproducción de la vida, siempre y cuando estén circunscriptas al ámbito interno de la casa, o la organización, sea cual fuera ésta. “La buena madre”, la “buena mujer”, la “extraordinaria compañera”, es aquella mujer que más abnegada y noblemente honre su infatigable rol.

Todas las mujeres, madres en potencia, encontraríamos en el cuidado, el ámbito de desarrollo y reconocimiento (aunque mas no sea simbólico) de una sociedad que no demanda más que poner su tiempo al servicio del cuidado de otrxs (pobres, enfermxs, niñez, ancianidad, otras mujeres embarazadas, etc), por amor.

A estas alturas de la historia, ya todxs lo sabemos, las imágenes estereotipadas encuentran resonancia en las experiencias y prácticas de lxs sujetxs. En las políticas también. No nos vamos a cansar de repetir: esta tradición aún vive y plantea que las tareas domésticas (en su sentido amplio) son territorio exclusivo de las mujeres.

En casa, adentro, no afuera, y por amor.

Según datos de la OIT, las llamadas “tareas reproductivas” están distribuidas de manera desigual en todo el mundo: en los países en desarrollo, los hombres realizan menos de dos horas por día de trabajo no remunerado, mientras que las mujeres se adjudican unas cuatro horas. La proporción se mantiene en los países desarrollados.

En la Argentina, los hombres realizan 1 hora 33 minutos de labores sin paga al día, frente a 4 horas 17 minutos de las mujeres. Además, según datos del INDEC, el 88,9% de las mujeres y el 57,9% de los varones realiza trabajo doméstico no remunerado.

Para nosotras, militantes de diferentes organizaciones sociales, políticas y sindicales, Caperucita nos deja mucho para reflexionar sobre la extensión de la maternidad militante y los tiempos de cuidados en nuestras propias prácticas políticas.

El papá de Caperucita

Hay una pregunta inevitable: ¿dónde estaba y qué hacía el papá de Caperucita mientras ella atravesaba el peligroso bosque? Es muy probable que se encontrara en una asamblea decidiendo junto con otros hombres del bosque qué hacer con el lobo suelto, qué medidas tomar, qué plan llevar a cabo, etc. Mientras la abuela, la mamá y la mismísima Caperucita se valían de sus artilugios ancestrales para atravesar el bosque y pasar a la historia como la valiente niña que enfrentó al lobo.

Las caperucitas del mundo, hoy aunadas en una nueva ola feminista han puesto sin lugar a dudas en jaque al formato de construcción de poder tradicional, machista y patriarcal. Lo ha cuestionado, y nadie puede negar la incidencia de la agenda feminista en la política tradicional.

Ahora bien, ¿por casa cómo andamos?

Basta con realizar un vuelo rápido sobre las plataformas o las páginas webs de partidos tradicionales y de organizaciones sociales y a la vista está (salvo honradas excepciones y organizaciones ligadas al feminismo): la ausencia de rostros femeninos entre sus referencias, aun cuando en su gran mayoría, las experiencias cotidianas de dichas organizaciones son sostenidas fundamentalmente por compañeras. Y allí donde están, lejos se encuentran de ocupar lugares centrales en los procesos de toma de decisión, rara vez tienen voz en los actos políticos y son las menos fotografiadas y entrevistadas.

Muy por el contrario, si buscamos y hurgamos un poco en el cotidiano, encontraremos a la gran mayoría de las compañeras, sosteniendo diariamente el funcionamiento interno de la organización: la olla, el aula, la administración, la prensa, las finanzas, y ahora que aprendimos oficios tradicionalmente masculinos, hasta el mantenimiento de nuestros espacios y demás.

En las distintas organizaciones este cotidiano suele traducirse en secretarías como Formación, Administración, Tesorería/Finanzas, Géneros, Prensa. Y claro está, es un avance enorme. Pero atenti que las secretarías generales siguen siendo casi exclusividad masculina.

¿No nos habla esto de una diferente valoración del tiempo y del trabajo militante según actividades/género?

En este punto, compañeras, solo tenemos preguntas.

Acaso no hemos extendido el cuidado al ámbito político y maternamos nuestras organizaciones a costa de nuestros protagonismos y referencias. Acaso eso que llaman amor militante no es mas que mantenernos dentro de los límites de la casa para que no salgamos al bosque a decidir qué hacer con el lobo.

Ahora que si nos ven, ¿no será hora de dejar de cuidar y golpear este formato de dominación hasta hacerlo caer?

Mientras la máquina de coser de mi abuela me suena en los dedos para escribir estas líneas, todas ellas, las caperucitas que se animaron a cruzar el bosque, esas que enfrentaron al lobo mucho antes que nosotras, nos gritan, no piden, exigen, que seamos capaces de terminar lo que ellas empezaron. Si fue sobre nuestros cuerpos que la humanidad aprendió a explotar, serán nuestros cuerpos y nuestros tiempos los que han de ser, mas temprano que tarde, verdaderamente libres.

Caperucitas del mundo, salgamos al bosque.

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