Los chicos piraña
Jueves 8 de noviembre de 2018, por Silvana Melo *
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Pirañas les llaman a los pibes de 11, 12, 13 años que salen de los fondos de la ciudad brillante para robarles a los que paran el auto en los semáforos. A los que llevan la ventanilla baja, a los que miran su celular, a los que transitan en la comodidad de su inclusión en un sistema confeccionado para un ramillete de gente. Y no más.

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* Periodista; Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Les dicen pirañas porque son chiquitos y muerden. Porque salen en banda. El que le abrió la puerta del taxi en 9 de Julio y Tucumán a la periodista Sandra Borghi era uno de ellos. El que le puso un puño en las costillas. E intentó robarle lo que fuera. “Tuve miedo por mi vida”, “Era más chico que mis hijos”, “Hay que cambiar las leyes”. Más o menos la síntesis de la descarga de Borghi en todos los medios. En los que aparece cotidianamente y en todos los demás. Para desencadenar una reacción popular en el mismo rumbo: el de la cárcel, la muerte, la condena, la aniquilación de los espacios que intentan ocupar de prepo cada día. Los que les hubieran correspondido en otro mundo más equitativo. Los que les quitaron ya a sus padres y a los padres de sus padres y mañana a sus hijos, si es que sobreviven para la paternidad.

Los pibes de 11, 12, 13 años jamás tuvieron ni tendrán voz. Nunca habrá megáfono para su rabia, para un resentimiento clavado en el ADN, para la necesidad de vengar la condena a un presente rasante, que no tiene ayer ni mañana, donde la supervivencia es la comida que se consiga en las sobras de las pizzerías. O en la basura de los elegidos.

Los pibes que brotaron de las plazoletas y de las cañerías de la ciudad cuando el taxista bajó con una cadena a buscarlos, son los brotes de los subsuelos de la sociedad. De los suburbios de un destino pespunteado para que no duren, para que vayan a parar a algún hospital público atravesados por la mal nutrición, las enfermedades de la pobreza que los otros no sufren, los pulmones y las neuronas cristalizadas por el consumo, la carne cruzada por las balas. Así se terminan los pibes que brotaron ayer a pedradas echando de ese espacio circunstancialmente conquistado a la periodista y al taxista.

La desigualdad es el germen más eficaz de la violencia. Una fosa que separa, que crece exponencialmente, que siembra pirañas en su agua barrosa.

Pirañas dicen que son los pibes. Peces pequeños y feroces que muerden a su altura y provocan desgarro y dolor. Que se criaron debajo de los puentes de las autopistas, ante las vidrieras de los bancos, que nacieron en inquilinatos donde fueron desalojados veinte veces hasta que el techo y el piso fue la calle y se acabó. No vieron otra cosa que padres en la calle. No saben de la justicia más que este presente brutal. Más que el olor a rabia, que es como el olor del humo, de la ropa gastada, de los pies y de los dientes.

Es la desigualdad la que brota de los sótanos de este mundo cuando brotan los pibes, cuando salen con piedras y revanchas en las manos.

Mientras elijan reforzar el privilegio y echar a patadas a los cesanteados de la vida, no habrá bala, ni aumento en la edad de imputabilidad ni cadenas mediáticas que resuelvan esta angustia.

Hay un puente entre la vida y la muerte pero está roto. Hace años lo detonó la injusticia.

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