Ni un pibe menos
El hambre es un crimen
Martes 13 de diciembre de 2011, por Inés Hayes *
Enviar la referencia de este documento por email Versión para imprimir de este documento

¿Cómo es posible que en un país hecho de pan, 13 bebés mueran por día antes de poder festejar su primer cumpleaños?, el hambre es un crimen en cualquier lugar del mundo pero en el granero del mundo es imperdonable. El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo, que nuclea a 400 organizaciones no gubernamentales de todo el país, viene luchando desde hace más de 30 años por cambiar este sistema capitalista que nunca fue ni será humano.

Compartir este articulo:

En el país de las espigas de oro, en el granero del mundo, que tiene la capacidad de producir alimentos para cientos de millones de personas, según el informe de Unicef sobre el Estado Mundial de la Infancia, 13 bebés mueren por día antes de cumplir un año. En la provincia de Salta, conocida internacionalmente por sus bellezas naturales, 1 de cada 3 niños está desnutrido. “Enanos nutricionales”, los bautizó la médica Gladis Pernas, jefa del Sector de Recuperación Nutricional del Hospital de Niños Jesús de Praga en 2009.

A dos años, la situación no parece haber cambiado: “A contraposición de los números del INDEC (según el organismo oficial la mortalidad infantil pasó de 25 niños menores de un año muertos por cada mil nacidos vivos en 1990 a 12,5 en 2008), en Santa Fe no se redujo la cantidad de chicos en la calle. Al contrario, la población de calle aumentó y bajó la edad de los chicos, el margen etario que antes oscilaba entre los 14 y los 16 años, ahora es de 4, 5, 6 años. “Para nosotros ésos son los indicadores reales de pobreza y de desocupación”, dice Luciano Candioti, educador de la Asociación Civil “Juanito Laguna” de Santa Fe, perteneciente al Movimiento de los Chicos del Pueblo.

“El gobernador de Misiones, Maurice Closs, un radical cercano al gobierno de la presidenta Cristina Kirchner, admitió a fines de octubre de 2010 que en ese año habían muerto ‘206 niños en la provincia’ y precisó que había unos 6 mil desnutridos. Mil de ellos, en extrema gravedad, domiciliados en la última desolación donde sólo ladran los perros congelados de la muerte”, la cita extraída de uno de los tantos escritos memorables de Alberto Morlachetti, coordinador nacional del Movimiento de los Chicos del Pueblo publicado en la Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE), se le vuelve a Closs como un bumerang a días de conocerse que el 93% de las ganancias que genera el Parque Nacional Iguazú se lo lleva la concesionaria Iguazú Argentina Sociedad Anónima y la Unión Transitoria de Empresas (UTE) que pertenecen a Carlos Enríquez y a la familia del gobernador, que explota el predio que rodea las Cataratas, nueva maravilla natural del mundo.

“Yo me acuerdo que en una de las marchas, estaba en Misiones y una radio me hizo una entrevista y me habló de la provincia como pobre. Yo pensé: es una locura hablar de Misiones como una provincia pobre, si tirás una semilla al aire y germina. Lo que hay acá es un problema de la riqueza muy mal distribuida. En estos lugares (Río Cuarto) el escándalo cada vez es mayor porque las chatas cada vez son más grandes, los edificios son cada vez más altos y más lujosos y las barriadas populares siguen siendo iguales. La pobreza, el hambre y la exclusión es generada y si es generada es porque hay quienes quieren que esto exista”, reflexiona Manuel Schneider, educador de la “Granja Siquem” de Río Cuarto, Córdoba.

“Cómo en un país hecho de pan, que tiene la capacidad de producir alimentos para cientos de millones de personas, hay hambre”, se pregunta el educador Sergio Val, fundador de la organización “Che Pibe” de Villa Fiorito, Lomas de Zamora, al tiempo que se responde:

“El hambre tiene un para qué: una familia que está preocupada por parar la olla mañana no se puede preocupar en pensar en un proyecto político o un compromiso social si no puede transformar su propia realidad. Con su angustia individual no puede ver que hay una salida colectiva”.

Paro cardiorespiratorio es el eufemismo con el que se intenta encubrir a la mortalidad infantil por desnutrición en un sistema sanitario colapsado por la falta de médicos, enfermeros, medicinas y ajustes presupuestarios. “En Lomas de Zamora debemos estar en los 150 chicos por año menores de 1 año que mueren por causas vinculadas al hambre, a la falta de atención de la salud y a los problemas de contaminación ambiental. En la Cuenca del Riachuelo, de 1100 pibes que fueron analizados, 1038 tienen plomo en sangre”, confía Sergio Val.

Niñez interrumpida

En el límite entre la Capital Federal y Avellaneda, a 30 cuadras del Congreso Nacional, una nena de 3 años juega con una rata en las orillas del Riachuelo, al tiempo que su madre, de no más de 15 años, revuelve basura en busca de comida. “Mientras la pobreza arroja niños al olvido porque no le fueron asignadas partidas presupuestarias para existir, y aunque sepamos que el poder tiene la infinita posibilidad de proteger la vida o de autorizar su holocausto, no deja de sacudirnos las tripas”, escribe Alberto Morlachetti, para quien estas imágenes de la injusticia no son postales sino realidades cotidianas.

Frente al crimen del hambre, Morlachetti no se quedó sólo en la denuncia: hace más de 30 años decidió armar una organización, Pelota de Trapo y un movimiento, el de los Chicos del Pueblo, para luchar contra la desidia estatal y el sistema capitalista que nunca será humano. Entre los programas, reconocidos mundialmente, están los Hogares Pelota de Trapo y Juan Salvador Gaviota, la Casa de los Niños de Avellaneda, La Escuela Talleres Gráficos Manchita, la Escuela de Panadería y la Heladería Panipan, la Granja Azul, la Biblioteca, la Escuela de Educadores Populares y la Agencia de Noticias.

El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo nació en Florencio Varela en 1987, de la mano de Alberto Morlachetti y el padre Carlos Cajade y hoy está integrado por 400 instituciones no gubernamentales de todo el país que trabajan con niños y jóvenes para devolverles un pedazo de infancia.

Juanito Laguna: Tu risa me hace libre

La organización “Juanito Laguna” nació en 2002 cuando Gabriela Almirón y Luciano Candioti asumieron que el problema fundamental a resolver era la cuestión de los niños y jóvenes en situación de calle. “Acá en la ciudad de Santa Fe, sobre todo en el Boulevard Gálvez y en las grandes avenidas habían inundado las calles, sobre todo en 2001.

"A partir de ahí empezamos a hacer unas rondas callejeras, en las que tomábamos mate, jugábamos a la pelota y con esa excusa fuimos conociéndolos y empezamos a convivir con los primeros chicos”, describe la intensa labora que comenzaron con su compañera a principios de siglo. “Después lo que empezamos a ver fue que el problema del hambre y de la destrucción familiar estaba atravesado por la ausencia de trabajo, entonces el desafío era ver cómo volvíamos a inscribir a esos pibes, que habían nacido para la muerte, abandonados por el Estado y por la sociedad, dentro del mundo del trabajo, entonces empezamos a pensar la escuela gráfica como un espacio de complementariedad pedagógica y también de supervivencia de la organización ya que no queríamos tener compromisos o sobrevivir a partir de las becas”, agrega Luciano.

Además de la Escuela Gráfica donde se forman por año más de 45 adolescentes, en “Juanito Laguna” pensaron también en los más chiquitos y crearon un hogar de día donde los niños aprenden circo, plástica, tienen seguimiento médico y odontológico y las comidas garantizadas.

Candioti es tajante: “A lo que nosotros apostamos es a que hay otra sociedad posible y que el valor fundamental tiene que ser la vida y no la maximización de la ganancia. Mientras sigamos transitando por este sistema capitalista, por el capitalismo más en serio como le gusta decir a la Presidenta, lo que vamos a tener es esto. Nosotros decimos: el capitalismo ni en joda”. En casa de herrero, no hay cuchillo de palo:

“Nosotros decimos que la forma de deshumanizar comienza con la plusvalía, entonces no podemos producirlo puertas adentro. La ganancia de la imprenta se distribuye para el hogar de día y el convivencial y el resto entre los pibes que forman parte de la producción y los educadores que están en la producción concreta”, detalla Luciano Candioti el funcionamiento de la imprenta. Y sin dejar de recordar por un instante a su compañera agrega: “El desafío es por más y Gaby (Almirón, que falleció en un accidente automovilístico en octubre) murió en su ley porque se iba a Europa a visitar a su hijo pero también a presentar proyectos. Con ella soñamos el hogar, la imprenta, la sonrisa de los pibes. Lo mejor para evaluar lo que hacemos -siempre lo decimos- es que la gente venga, conozca y charle con los chicos porque yo he conocido obras monstruosas, monumentales pero vos vas y no ves ni una sonrisa. Si bien estamos inmersos dentro de este sistema, la construcción de estos espacios de libertad y de contrapoder están basados fundamentalmente en la felicidad y esa es la gran impronta que le dio Gaby”.

Granja Siquem: “Un ladrillo para mostrar la casa que queremos”

A principios de la vuelta democrática, un grupo de jóvenes universitarios, preocupados y disconformes con la realidad que vivían decidieron poner manos a la obra y empezaron a trabajar en los barrios más marginados de Río Cuarto, Córdoba. De esa idea nació el proyecto de la “Granja Siquem” que ya lleva más de 20 años. “Trabajamos con niños y jóvenes, apostando a demostrar que si se les da oportunidades, se pueden encontrar otras alternativas al sistema porque estos chicos no tenían otro camino que la cárcel, la muerte, la prostitución, la droga, el paco”, dice Manuel Schneider, ingeniero agrónomo y educador de la granja, ubicada en las fecundas tierras de la “pampa gringa” en el sur cordobés.

“Lo increíble es que nosotros trabajamos con niños y jóvenes judicializados que cuando entienden el proyecto de vida se convierten en compañeros que sueñan con otro mundo, con otra vida para ellos y a la vuelta de la esquina sueñan con otra vida para todos los que han estado en su situación: trabajan para que todos tengan oportunidades como las que tuvieron ellos en esta etapa de la vida”, se emociona Manuel.

Lo interesante de este trabajo comunitario es que luego de unos años los mismos jóvenes se convierten en educadores y comienzan a trabajar en sus propios barrios con la comunidad. “Son comunidades donde la referencia del trabajo se ha ido perdiendo porque al llegar al punto culmine de 2001 donde en esos barrios muy poca gente tenía la oportunidad de trabajar, pasaron generaciones completas que no habían visto trabajar a sus padres y hoy esos pibes que llegaron acá con 10, 12 años son educadores que ya son padres de familia y que en el barrio son referentes: las mismas mamás a sus hijos les proponen como proyecto de vida la de estos pibes, educadores de nuestra institución”, agrega Schneider.

Río Cuarto tiene una población de 200 mil habitantes. “Es la típica ciudad de las desigualdades generadas por el monocultivo y esta agricultura fácil que se generó en la que la gente vive de la renta del campo y el propietario tiene un pasar muy bueno pero no se genera ningún tipo de empleo, entonces hay gente muy pobre y gente desocupada”, pinta su aldea el educador cordobés. “La desocupación es más alta que la media nacional, es la realidad de los pueblos sojeros que lo único que hacen es exportar el producto primario. Con este modelo no hay valor agregado en origen de ninguno de los productos”, añade.

Para hacerle frente a esta realidad, en la granja producen todo lo que necesitan para alimentar a 100 personas por día y además elaboran productos para vender. “Nosotros decimos siempre que la ‘Granja Siquem’ es un ladrillo para mostrar la casa que queremos: el manejo de los recursos, de la justicia, de la educación, de la soberanía es colectivo. En una micro escala somos soberanos: tenemos nuestro pan, nuestra carne, nuestra verdura, nuestra leche”, detalla Shneider.

Todos los días a las 7 de la mañana sale un colectivo de la granja que pasa a buscar a los chicos de las barriadas más marginadas de Río Cuarto para llevarlos a las 8 de la mañana al predio. Cuando llegan, toman el desayuno con leche ordeñada por los propios chicos, acompañada por los criollos cocinados en el horno de barro, luego izan la bandera y después cada uno se va al grado que le toca: “El 100% de los pibes están escolarizados salvo que ya estén graduados; en eso no hay concesión”, se pone firme el educador. La escuela es oficial y aunque el aula los ha expulsado innumerables veces, los educadores de Siquem trabajan incansablemente para que los chicos disfruten del aprendizaje.

Luego del almuerzo, tienen un rato libre para los deportes y “después cada uno sale a su sector de trabajo: limpieza, cocina, tambo, darle de comer a los animales, faena (generalmente todos los días faenamos un novillo, pero también lechones y corderos), juntar los huevos, salir los más grandes en la chata a hacer las compras o a vender los productos, en fin, la dinámica que tiene una granja. Y 19, 30, el grupo que está en la cocina tiene la merienda lista así que los chicos meriendan y a las 20 sale el colectivo para llevarlos de vuelta a sus casas”, describe Manuel un día en la granja.

Detrás de todas estas actividades hay un proyecto de país y de mundo: “El hambre en Argentina es una vergüenza que nos debiese afectar a todos, el lema del movimiento es claro: el hambre es un crimen y sería bueno que todos, con las diferentes responsabilidades que tenemos, nos hagamos cargo: un niño con hambre es un dolor que lo debiéramos sentir todos como propio”.

Los pibes de Fiorito

Cuando hace 25 años Sergio Val pensó en crear una murga en Villa Fiorito, nunca imaginó que se iba a transformar en lo que hoy es “Che Pibe”: una organización que acoge diariamente a 550 chicos que comen y comparten la esperanza de una vida más digna. “Fiorito es un barrio que históricamente sigue postergado no sólo en lo educativo sino en todo: en lo ambiental, en lo cultural, en la vivienda y generalmente son los bolsones de pobreza donde habitan las personas que hacen el trabajo informal precarizado y que no hacen otros sectores de la población no sólo nacional sino extranjeros. El hambre es consecuencia de ese modelo de producción que se profundizó en los ’90, pero que empezó con la dictadura y se agudizó con el regalo del patrimonio nacional”, resume Val desde su casa, ubicada en el corazón de la villa.

“Decir que en la niñez radica el germen del futuro suena folclórico, pero cuando vemos lo que hace el hambre en los niños, realmente empezamos a darnos cuenta que está comprometido no sólo el futuro de ellos, sino el nuestro y el de toda la sociedad”, agrega Sergio. Además de alimentar a 550 chicos, Che Pibe tiene actividades recreativas y se ocupa de la salud y de la educación en los derechos civiles: “Cortamos una ruta cuando no hay agua o nos inundamos; cuando el hospitalito se está vaciando vamos y le hacemos un abrazo”, ejemplifica el coordinador al tiempo que agrega: “retomo las palabras de Alberto (Morlachetti) cuando le preguntaban qué hacen los chicos en una marcha de trabajadores: ’y bueno si los papás de los chicos no tienen trabajo, entonces ellos no tendrán infancia’, decía el Morla”.

Al jardín maternal, la Casa del Niño y del Joven, se le suma el programa “Amanecer de los pibes” que acoge desde las 17 hasta las 24 horas a los hijos de los cartoneros para que mientras sus padres y madres intentan llevar el pan a sus casas, los niños y niñas puedan jugar.

“A pesar de que los pibes nuestros comen todos los días, muchos llegaron con una desnutrición que afectó sus capacidades para toda la vida, por eso hoy ellos mismos salen a pedir para que ni un pibe pase hambre en Argentina”, dice Sergio Val.

La realidad que describe Val contrasta con el discurso presidencial en la Cumbre del G-20 en Cannes sobre el Plan Agroalimentario y la nivelación regional: “los que antes vivían y trabajaban en el campo hoy changuean en la ciudad y sus propios hijos que antes comían pollos de campo, chivitos o lo que tenían en su propia huerta, están mal alimentados, esto tiene que ver con el modelo productivo que reemplazó la diversificación de la producción por el monocultivo sojero”.

“Che Pibe” no se conforma con garantizar el alimento y la educación de 550 chicos: desde hace un tiempo trabajan con el movimiento campesino para recuperar territorio en el Conurbano: “no sólo luchamos por la soberanía alimentaria sino también por las tierras y la necesidad de volver al campo viendo que el 50% de la población ocupa el 1% del territorio. Acá ya no se pueden tomar más tierras, la gente tendría que tomar una plaza para poder vivir mientras hay miles y miles de hectáreas que se disputan extranjeros o privados nacionales”, afirma Val, quien concluye que las condiciones de insalubridad (falta de agua potable y cloacas) en las que viven millones de personas en todo el país tiene que ver directamente con el hambre.

Artículo publicado en el Periódico de la CTA N° 82, correspondiente al mes de noviembre de 2011

* Periodista, docente universitaria y directora de la Secretaría de Comunicación de la CTA Autónoma

sitio desarrollado en SPIP