DDHH
La CTA Autónoma lamenta la partida del sacerdote Francisco Murray
Martes 30 de junio de 2020, por Redacción *
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La Conducción Nacional de la Central envió una sentida carta a la Congregación de Misioneros Pasionistas en Argentina y Uruguay, por la partida de uno de sus compañeros. Durante la década del 70, en pleno Plan Cóndor, dieron refugio a perseguidos políticos en varios países de la región.

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La iglesia de la Santa Cruz es un sitio emblemático del terrorismo de Estado y sus acciones más siniestras, pero también de la Memoria y la lucha por los Derechos Humanos.

La carta firmada por el secretario General de la CTAA, Ricardo Peidro, y sus adjuntos, Hugo “Cachorro” Godoy y Claudia Baigorria, rememora que bajo el alero de la Parroquia y su Casa Nazareth se organizaron grandes resistencias en tiempos de Dictadura: mientras se accionaba por las y los desaparecidos, una parte de quienes integran la Central gestaban ANUSATE, del mismo modo que nacieron en ese mismo contexto el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH).

Y en esa misma misiva es que se resalta a Francisco Murray como un “compañero valorado por su ética y coherencia”, que dejó como legado “su defensa de los Derechos de las Personas y de los Pueblos”.

En ese sentido, remarcaron que Murray y su Congregación también fueron quienes acompañaron durante años la lucha contra la desocupación y la defensa de la salud, la educación y las infancias, así como el apoyo a campañas como El Hambre Es Un Crimen y el Frente Nacional contra la Pobreza, entre otras.

En respuesta, y en nombre de la Congregación de Misioneros Pasionistas, el padre Carlos Saracini, agradeció el gesto de acompañamiento por parte de la Central, pidió que se recuerde “la coherencia y la ética” de Francisco Murray como ejemplo y felicitó a la organización y a sus dirigentes por el “coraje y la capacidad de lucha colectiva” en estos tiempos difíciles.

Carta enviada por la CTAA:

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Historia

La Iglesia de Santa Cruz del barrio porteño de San Cristóbal convocaba a familiares de desaparecidos por la última dictadura para coordinar acciones, y es también allí donde comenzó un feroz operativo que arrancó el jueves 8 de diciembre de 1977 y culminó dos días después con el secuestro de la Madre fundadora Azucena Villaflor y las religiosas francesas Léonie Duquet y Alice Domon.

La pieza clave de ese operativo fue el represor Alfredo Astiz, quien se había infiltrado en la naciente organización de Derechos Humanos bajo la falsa identidad de Gustavo Niño. Alegando ser hermano de un desaparecido, comenzó a participar de las reuniones que se llevaban a cabo en el lugar.

Ese jueves tenían programado recolectar el dinero para publicar una solicitada con los nombres de los desaparecidos, pero al salir del templo los esperaba el grupo de tareas 332. Su objetivo era secuestrar a las personas previamente señaladas por el “Ángel rubio”.

Vestidos de civil, se presentaron como policías y se llevaron a ocho personas: la religiosa francesa Alice Domon, Angela Aguad, María Esther Ballestrino de Careaga, Raquel Bullit, Eduardo Gabriel Horane, José Julio Fondevilla, Patricia Cristina Oviedo, María Eugenia Ponce de Bianco y Horacio Aníbal Elbert. Más tarde secuestraron a Remo Carlos Berardo y Julio Fondovila y Horacio Elbert.

Para el sábado 10, la patota liderada por el represor Jorge “Tigre” Acosta, quien por ese tiempo también se hacía llamar “el dedo de Dios”, completó la tarea, pero también en esa misma fecha, que se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos, aparecía publicada la solicitada en el diario La Nación.

La cacería organizada por la Armada argentina culminó esa etapa trasladando a los militantes de Derechos Humanos al centro clandestino que funcionaba en la ESMA. Allí fueron torturados durante diez a quince días, para luego arrojarlos vivos al mar en los denominados vuelos de la muerte.

“Todas por todas y todos son nuestros hijos” fue la consigna lanzada por Azucena Villaflor al comenzar las rondas a la Pirámide de Mayo en 1977, la que se convirtió en una de las fuerzas más potentes contra el plan de exterminio planeado por la dictadura.

Aquella proclama inicial marcó el espíritu de la lucha, según Nora Cortiñas, “sin esta filosofía que dice que nuestra lucha no es individual, sino colectiva y que planteó Azucena, hubiese sido muy difícil afrontar tantas adversidades”.

Algo de justicia llegó con la Megacausa ESMA, que llevó a cabo el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°5 de la Ciudad de Buenos Aires, que dictó sentencia sobre varios de los responsables de estos crímenes de lesa humanidad.

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