Docencia, tradiciones y nuevos desafíos en el escenario contemporáneo
Jueves 17 de septiembre de 2020, por Myriam Southwell *
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La docencia es hoy un trabajo en el que se centran grandes expectativas y que, a la vez, es frecuentemente puesto en cuestión. En ocasiones, parece ser una profesión en permanente crecimiento; en otras, muchos perciben que su trabajo adquiere características muy distintas a las conocidas.

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* Pedagoga, Dra. en Filosofía, Investigadora Principal del CONICET. Actualmente es la Directora Provincial de Educación Secundaria de la provincia de Buenos Aires.

Hablar del trabajo docente debe tomar como punto de partida las transformaciones que se han producido tanto a la estructura del sistema educativo y las nuevas pedagogías junto a las transformaciones sociales, culturales y políticas que envuelven a las escuelas. Se nos abre, así, la necesidad de pensar el presente y plantear nuevas pedagogías en diálogo con la sociedad en la que vivimos.

Debiéramos empezar esta nota señalando que la conmemoración de día del profesor y la profesora siempre ha estado envuelta de alguna polémica, debido que la fecha está asociada al fallecimiento de José Manuel Estrada. La elección de su nombre se inscribió en una búsqueda de “eclipsar” la fuerte asociación de Sarmiento con la educación a quienes los sectores católicos a los que Estrada pertenecía, consideraban “el gran laicizador”.

Estrada -aún más que Sarmiento- es una figura alejada de las mejores experiencias democratizadoras de nuestros sistemas educativos y en varias ocasiones se ha planteado que debería asociarse el trabajo de profesoras y profesores con otros referentes. Aún con ese debate abierto, vale la pena poner el lente sobre ese trabajo central para los vínculos sociales, de producción cultural y de reconocimiento generacional que la escuela ensaya día a día.

¿Qué sentido tiene hoy enseñar? ¿Qué dilemas presenta la época a la fisonomía más conocida del enseñar? ¿Qué tradiciones pesan sobre ellas? ¿Qué aspectos de la sociedad y la cultura contemporáneas revisan y renuevan los rasgos históricos en los que se asentó el enseñar? ¿Qué construcción identitaria se desarrolló y cuales son las nuevas que se están gestando? ¿Cómo desarrollar una perspectiva renovada para la transmisión intergeneracional que asegure el trabajo con las culturas de adulta/os a jóvenes? Quisiera proponerles pensar el camino de la jerarquización de la docencia a través de tres fuentes o claves, conocidas, pero siempre productivas: la política, el saber y la ética.

Enseñar es –a riesgo de ser un poco esquemáticos- establecer una relación, esto es, construir una posición que no está situada en coordenadas predefinidas, fijas y definitivas sino una posición que sufre alteraciones y que busca e inventa respuestas. Esa relación se establece con la cultura, el poder, los saberes y las formas de su enseñanza; una relación con los otros y lo que ellos generan en uno, con la política y la sociedad; con el mundo del trabajo y las múltiples estrategias que desarrollamos para ubicarnos en él.

Sin lugar a dudas, la docencia es una de las profesiones que tienen que ver con el trabajo sobre los otros y por ello es una dimensión por la cual se expresa el Estado, por acción u omisión. Es por ello, que el primer paso de jerarquización es ese mensaje público que dan las políticas públicas. Si la política pública parte de un diagnóstico donde la docencia es entendida como una tarea fundamental, de acumulación de saberes y de valiosa experimentación para avanzar en los problemas pedagógicos cotidianos y la mira como aquella que efectivamente tiene en sus manos un valor primordial, ayuda a producir en la sociedad una imagen social que valore, que espere y demande de ella lo mejor. Si, por el contrario, la vinculación que se tiene con ellos se basa en la sospecha y la descalificación, eso generará condiciones perniciosas para el trabajo cotidiano.

Claro está, el problema no termina allí. El trabajo de enseñar implica ser portador de un capital cultural jerarquizado, relevante, desafiante. Una vinculación con el saber que se demanda pero también se recrea, se busca, se alimenta con mano propia. La existencia misma de chicas, chicos y jóvenes educándose nos impone imaginar, traducir y producir un mundo para ellos y propiciar que ellos puedan imaginar el mundo. En esa tarea somos insustituibles. Construimos un lugar relevante que nos autoriza a partir de hacernos cargo de lo complejo, insuficiente e incompleto del mundo y que no es como lo quisiéramos, para generar un marco de amparo y así poder formarse. He ahí uno de los sentidos más profundos que hacen tan peculiar y le da profundo sentido al trabajo pedagógico, donde nuestra mirada y presencia son irremplazables.

Cotidianamente, las decisiones sustantivas de la enseñanza encierran profundos dilemas éticos, aún cuando no se explicitan. Porque además de la decisión política de expansión de una buena escolarización por parte de los gobiernos y sus instituciones, es necesaria la decisión pedagógica de buscar cotidianamente la inclusión plena, la afirmación irrenunciable de que todo ser humano siempre puede desarrollarse y crecer. Nos jerarquizamos poniendo en funcionamiento la imaginación pedagógica como motor que busca –y hay ahí un imperativo ético- crear situaciones y dispositivos para que una persona pueda decidir conocer, respetando su voluntad. Movilizar a los estudiantes es conmoverlos para que puedan elegir aprender, y abrir el camino del saber dándole al conocimiento de estas y estos jóvenes un camino emancipador, mostrando las transformaciones que produjeron en la historia del mundo y en nuestras biografías. Enfatizar esa capacidad emancipadora es una manera de poner al saber en el centro de la escuela, y para eso necesitan tener delante, adultos que a su vez se emanciparon mediante el conocimiento y pueden transmitir el valor de eso.

Existen autopercepciones que corroen internamente las pretensiones emancipadoras de la enseñanza. Ellas se manifiestan en la suposición de que las y los estudiantes no pueden aprender o prosperar, o tener una vida distinta de la que vienen teniendo; también se hace notoria la suposición de que la escuela no tiene nada o tiene poco para ofrecerles. Por una u otra vía, esta idea diluye cualquier intento de quebrar la inercia de las desigualdades sociales y transforma a la escuela en una agencia de exclusiones sistemáticas, pues un docente que deja de enseñar es un agente activo de expulsión.

Por ello, política, saberes y una posición ética en la enseñanza, son de las maneras más productivas y duraderas de jerarquizar la docencia. Podemos concluir que es un trabajo profesional que posee una tradición en la cual se respalda pero a la que puede revisar porque no se trata de un mandato inapelable; contrariamente, toma esa tradición para renovarla y en esa renovación cultural, se autoriza. La potencialidad que adquiere su voz, autorizada, puede residir en la necesidad de conocer al mundo, interpretarlo y darlo a conocer, brindarlo como un puente, ayudando a cruzar fronteras en una relación mediada que liga y también habilita para la renovación, construye responsabilidades –micro y macro, individuales, colectivas e institucionales- en la construcción de una posición con otros y con nuestro tiempo.

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