Bienes naturales y modelo productivo
La venganza de Rivadavia
Martes 1ro de marzo de 2011, por Carlos del Frade *
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La historia del saqueo se dibuja de manera dramática en la proliferación de la megaminería contaminante a cielo abierto que hace estragos en nuestros recursos naturales, envena el medio ambiente y condena a pueblos enteros a la devastación y el olvido. La lógica de la dependencia en toda su dimensión.

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“La organización de la riqueza y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social…Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía, con excepción de los vegetales, son propiedades imprescriptibles e inalienables de la Nación, con la correspondiente participación en su producto, que se convendrá con las provincias”, decía el artículo 40 de la fenomenal Constitución peronista del año 1949. Más de sesenta años después, los negocios de la megaminería multinacional no solamente vuelven una melancólica postal estas afirmaciones, si no también demuestran el retorno de la lógica de la dependencia cuyo principal exponente fue, en el siglo diecinueve, Bernardino Rivadavia.

- Barrick ni sus directivos tienen con Mayoral ningún vínculo más allá del funcional – expresó el vocero de la multinacional minera que tiene distintos emprendimientos en la Argentina del tercer milenio. Jorge Mayoral es, nada menos, que el secretario de Minería de la administración de Cristina Fernández de Kirchner. La respuesta de la compañía fue por la denuncia presentada por los diputados Elisa Carrió, Fernanda Reyes y Miguel Bonasso que afirma que el funcionario tiene acciones en la empresa Millstone, cuyo domicilio en Capital Federal es el mismo de la Barrick y de un directivo de la propia empresa canadiense. A su vez, Mayoral es también propietario de acciones de otra minera, Minvail SA, también con la misma dirección anterior. Mayoral, un ingeniero de 48 años, llegó a la secretaría durante la presidencia de Eduardo Duhalde y por “expresa recomendación de José Luis Gioja, el gobernador de San Juan que también enfrentó denuncias por su relación con la Barrick. El año pasado se dijo que su hermano –el senador César Gioja– era proveedor de la minera. Aunque negaron las acusaciones, el legislador dejó su cargo como presidente de la Comisión de Minería”, sostiene la nota escrita por Leonardo Nicosia, en el diario “Perfil”, del sábado 10 de julio de 2010.

En el caso de Mayoral, “la denuncia dice que posee el 15 por ciento de las acciones de Millstone SA y que informó como dirección porteña el primer piso del edificio ubicado en Marcelo T. de Alvear 624, uno de los domicilios de la minera canadiense. También, se detalla que Hernán Atanasio Celorrio fue socio en la compañía del funcionario y que además “ha sido el presidente de Barrick Exploraciones Argentina SA”. En el caso de Minvail SA, el funcionario “tiene el 25 por ciento del paquete accionario. Esa sociedad, en la que también aparece Celorrio, declaró su domicilio fiscal en el mismo piso donde figura Millstone SA. Allí funcionó el estudio jurídico Brons y Salas, que trabaja para la Barrick. “Mayoral no puede estar de los dos lados del mostrador; debería dar explicaciones”, señaló la diputada Reyes. Perfil se contactó con una vocera del Ministerio de Planificación quien nunca respondió”, termina diciendo la publicación.

No es el primer caso en la historia argentina de un funcionario que, al mismo tiempo, cobra dinero del extranjero y tiene acciones en empresas vinculadas al negocio minero. El más célebre de ellos es Bernardino Rivadavia.

La revolución negociada

“Las minas de Famatina, situadas en la provincia de La Rioja, habían sido motivo de codicia y explotación desde los tiempos de coloniales de Felipe II, especialmente a través de los jesuitas. Existen en los archivos de Córdoba, provincia de la cual dependía La Rioja, abundante constancias de tales trabajos”, comienzan diciendo Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde –actual secretario de Derechos Humanos de la Nación- en su libro “Facundo y la montonera”, publicado por Editorial Plus Ultra a fines de los años sesenta del siglo pasado. “Producida la revolución de mayo, el laboreo de las minas, que estaba a cargo de Diego Barrenechea, inteligente ex funcionario de la Ceca Imperial de Potosí, continúa activamente hasta que es detenido por intereses extraños. En las minas de Famatina se explotaba esencialmente oro y plata. Los trabajos metódicos se habían iniciado hacia 1804. En 1810 la junta gubernativa se fija en ellos y expide un reglamento por el cual las pastas obtenidas debían remitirse a Potosí, de donde regresaban acuñadas. Por cada marco, el precio sufría una rebaja de cuatro reales. Pero es probable que la reglamentación sólo se aplicara en la parte gravosa para los mineros, como señala Ricardo Caillet Bois”, siguen diciendo los autores citados.

“Recordemos que Mariano Moreno, en el famoso y controvertido “Plan Secreto de Operaciones”, había aconsejado la explotación por el estado de las riquezas mineras. En 1812, el triunvirato, por inspiración de Bernardino Rivadavia, dicta un decreto de concesión de privilegios a los particulares y compañías que beneficien el oro. En 1813, la Asamblea General Constituyente expide una ley, en forma de reglamento, para suplir la falta de mita en el mineral de Potosí, tendiente además a fomentar los otros yacimientos. Con ella se rebajó a treinta pesos el valor establecido para el quintal de azogue –metal blanco y brillante como plata, más pesado que el plomo y líquido a temperatura ordinaria- que era utilizado en el laboreo. Pero señalemos que en esa Asamblea se proyecta, por primera vez, la explotación de las minas por capital extranjero”, dicen Ortega Peña y Duhalde. Aquel reglamento del 7 de mayo de 1813 dio origen al día de la minería nacional, según el actual calendario.

Uno de los primeros impulsores de la explotación de los recursos mineros del Famatina es Manuel Belgrano pero el 29 de abril de 1818, desde Buenos Aires, se ordena suspender toda obra en ese sentido. El 28 de noviembre de 1823, el Ministro de Gobierno de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, en la administración de Martín Rodríguez, se autodesigna representante ante las compañías mineras inglesas. “Queda autorizado el ministro secretario de relaciones exteriores y gobierno, para promover la formación de una sociedad en Inglaterra destinada a explotar las minas de oro y plata que existan en el territorio de las provincias Unidas”, dice aquel decreto. Por aquellos días, la propaganda inglesa hablaba maravillas de las riquezas del Famatina:

“Podemos afirmar sin hipérbole que contienen las riquezas más grandes del Universo. Voy a probarlo con una simple aserción de la que dan fe miles de testigos: en sus campos el oro brota con las lluvias como en otros la semilla…las pepitas de oro, grandes y pequeñas, aparecen a la vista cuando la lluvia lava el polvo que cubre la superficie…Después de una lluvia algo fuerte, una señora encontró a pocas yardas de su puerta una mole de oro que pesaba veinte onzas; otra, al arrancar unas matas de pasto de su jardín, descubrió en las raíces una pepita de tres o cuatro onzas…Cuando se barren los pisos de las casas, o se limpian los establos, siempre se encuentran más o menos oro confundido en el polvo…Estos casos ocurren tan frecuentemente que exigirá mucho detallarlos”, decían los folletos de la llamada “Provinces of Rio Plata Mining Association, en 1824.

El 4 de diciembre de 1824, se formó en Buenos Aires la empresa “The Provinces of Rio Plata Mining Association”, hecho que fue comunicado siete días después por la firma Hullett Brothers. Rivadavia es designado presidente y como tal recibe un bonus de 30 mil libras y la promesa de percibir un sueldo de 1.200 libras anuales. También le entregaron acciones que Don Bernardino vende de forma inmediata.

Días después, el 16 de diciembre quedó inaugurado el Congreso General Representante de las Provincias Unidas en Sudamérica, convocado, obviamente, por el propio Rivadavia. Y el 7 de febrero de 1825, Inglaterra reconoció la independencia de estas provincias.

En nombre de la Corona De tal forma Rivadavia, quien luego sería el primer presidente de los argentinos –a la sazón empleado de las compañías mineras inglesas- recibió acciones que vendió de inmediato; un bonus de 30 mil libras como “fondo de reptiles”; y tenía fijado un sueldo de 1.200 libras que no llegó a cobrar porque el directorio indiano no pudo constituirse a raíz del fracaso de la compañía.

Pero queda claro que Rivadavia trabajaba para los ingleses y sus intereses mineros.

Cuenta José María Rosa en su imprescindible “Rivadavia y el imperialismo financiero”, que “…el 20 de febrero de 1825 se sabe en Buenos Aires que Rivadavia acababa de fundar en Londres una compañía de cinco millones de pesos (un millón de libras) para explotar, precisamente, el mineral del cerro de Famatina. Y lo que era más grave, que la Casa Hullet había transferido a esa sociedad una “autorización” sustituida por Rivadavia y proveniente del gobierno provincial de Buenos Aires, que le permitía “disponer de todas las minas de las Provincias Unidas”.

Los diarios “Nacional” y “Mensajero” lanzaron entonces una campaña a favor de los capitales ingleses. El primero de julio llegaron a Buenos Aires ingenieros de minas, obreros mineros y maquinarias para el laboreo. El Famatina y cualquier mina del territorio debían formar parte de los capitales ingleses.

En San Juan, por ejemplo, el gobernador Salvador María del Carril “había puesto a disposición de la Minning la totalidad de las minas provinciales por decreto”, explica José María Rosa en la obra ya citada. El día de la noche buena de aquel 1825, Arenales, por entonces gobernador de Salta, dictó una ley a imagen y semejanza de aquellos intereses mineros ingleses.

“…Siendo la minería uno de los más importantes ramos de industria, para fomentarlo en la provincia se declaran las minas propiedad particular de cualquiera que las descubra y se dediquen a su elaboración”, dice el artículo segundo.

Y en el cuarto agrega: “La explotación de los minerales se declara libere de todo derecho; y libre en el mismo sentido la extracción de metales fuera de la provincia; como también la introducción de las máquinas y azogues necesarios para la elaboración de las minas”.

El artículo quinto garantiza el negocio: “Para mayor seguridad de los descubridores y explotadores de las minas se declara irrevocable el anterior artículo por el término de treinta años; y en consecuencia, él tendrá el valor y fuerza de contrata particular”.

En Inglaterra, mientras tanto, las cosas no van muy bien, al contrario. Durante aquel año de 1825, se produjo la quiebra de 70 bancos y de las casas que especulan con el algodón que se ven privadas de la financiación bancaria, explican Ortega Peña y Duhalde. En estos arrabales del mundo, en cambio, todo se da a pedir de los británicos.

El 6 de febrero de 1826, el presidente de “The Provinces of Rio Plata Mining Association”, Bernardino Rivadavia, es designado presidente “permanente” de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El 14 de marzo de 1826, Rivadavia le escribe a su verdadero patrón, Hullet, diciéndole: “Téngase presente que las minas son ya por ley propiedad nacional y están exclusivamente bajo la administración del presidente”. Es decir que se nacionalizaban para que Rivadavia las usara según su propio y particular interés que era el de los ingleses. Durante el primer semestre de aquel año, el Banco Nacional creado por esos mismos intereses, permite la fuga de 587.874 pesos oro en la “valija diplomática” de Woodbine Parish.

El 18 de setiembre de 1826 el gobierno de La Rioja resuelve no reconocer a Rivadavia como presidente. Comienza la guerra popular de resistencia, se inician las montoneras de Facundo Quiroga. El 27 de octubre de 1826, el ejército al mando de Gregorio Aráoz de Lamadrid, quiere invadir La Rioja para imponer los designios de La Minning pero es derrotado en la batalla del Tala. Lamadrid insistirá, ahora reforzado por las tropas mercenarias colombianas de López Matute, para dominar el Famatina pero volvería a sufrir otra derrota en Rincón el 6 de abril de 1827 a manos de Facundo. El 27 de junio de 1827, Rivadavia presentó su renuncia como presidente.
- He dado días de gloria a la patria – dirá más tarde.

“Son tan claras las pruebas de cohecho en el asunto de las minas; tan evidentes, tan precisas, tan concordantes las presunciones de cargo; tantas las cartas comprometedoras que se escriben; tan grave que el presidente de la república mantenga cargos ejecutivos en empresas que tratan con su gobierno y cuya concesión se denuncia negociada por dinero, que todo eso produce el paradójico efecto de eximir a Rivadavia de responsabilidad…”, sostuvo José María Rosa en 1941.

Resistir es vencer

Casi setenta años después, los negocios mineros que se concretan en el país repiten aquella lógica rivadaviana: funcionarios del sector que participan de las empresas multinacionales, provincias enteras que garantizan la explotación de sus recursos naturales a cambio de casi nada, fuga de capitales, mínimas retenciones a las exportaciones y verdaderos terceros estados custodiados por las fuerzas de seguridad nacionales que defienden los intereses de las compañías. Rivadavia ha vuelto y se ha multiplicado.

Habrá que ver qué forma adquiere la resistencia que, en aquellos años del siglo diecinueve, encarnó la montonera de Facundo.

Artículo publicado en el Periódico de la CTA Nº 73, correspondiente al mes de febrero de 2011

* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

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