Viejo joven desgarrado
Jueves 7 de junio de 2012, por Alfredo Grande *
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La licenciada Gabriela Gamboa, consejera titular de la Cooperativa Atico y asociada desde hace mas de 15 años, mandó lo que puedo denominar un “aforismo implicado”: “El tiempo pasa y nos vamos poniendo jóvenes”.

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* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

Fue en un intercambio de mails entre todos los asociados en relación a tres cumpleaños con pocos días de diferencia. Lo comparto porque creo que como todo aforismo, dice en forma abreviada, una verdad que la cultura represora oculta. Por supuesto, para que nos vayamos poniendo jóvenes, el tiempo no pasa de cualquier manera.

Ese tiempo que en su pasar nos pone jóvenes, es un tiempo de lucha, de combate, de convicciones que 24 horas se ponen a prueba y 24 horas salen victoriosas. Digo las convicciones, que son las armas que nunca podemos entregar. Por eso hay viejos jóvenes y jóvenes viejos. No estando por imperio de las décadas en el segundo grupo, no seré quien diga si estoy en el primero. Pero puedo afirmar, sin ningún tipo de duda, y mucho menos razonable, que Herman Schiller, Osvaldo Bayer y Eduardo Grüner pertenecen al selecto grupo de viejos jóvenes.

Como se comprenderá, el eufemismo “tercera edad” me parece innecesario. En la cultura represora hay palabras tabú y una de ellas es viejo. Por eso a veces se recurre a la espantosa salmodia del “abuelo” o del “anciano”. Por supuesto que cuando se quiere denigrar al varón de edad provecta que sostiene el derecho a su sexualidad, no hay reparos en marcarlo como “viejo verde”. Por eso la palabra es necesariamente compuesta y compleja. Viejo Joven.

Lo conocí a Herman Schiller leyendo Nueva Presencia. Debo tener ejemplares escondidos luego de la diáspora de tantas mudanzas. Me permitió publicar algunos trabajos. Entre ellos “Capitalismo y Plusvalía sexual”. Fui a verlo en la agencia DiPresse, si la memoria, como algunos desodorantes, no me abandona. Me cautivó su inteligencia, humor y coraje. Luego mantuvimos, como es habitual en la especie “luchadoris intelectualis”, encuentros y alejamientos. En la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo volvimos a encontrarnos. Y a desencontrarnos.

Sus invitaciones al programa de radio me llenaban de entusiasmo. Siempre recuerdo sus insistentes llamados para que no me olvide, lo que nunca consideré como una señal de su intuición en relación a mis fatales olvidos, sino como una demostración irrebatible de su obsesividad laboral y profesional. Aunque, debo admitirlo, nunca confesional. Pero ahora funcionarios que responden al Jefe del Operativo “Deshaciendo Buenos Aires”, el Ingeniero sin Ingenio, y como un analizador mas de lo que he bautizado como “fascismo de consorcio”, resuelven que un acontecimiento cultural radial sea derrumbado. ¿Cuánta agua será necesaria para apagar Leña al Fuego?

En mi programa de radio “Sueños Posibles” lo entrevisté y noté, lo que no era difícil, más tristeza que bronca. Quizá porque nuestro vínculo permite que los afectos fundantes puedan manifestarse sin maquillajes. Pero estoy seguro que es un viejo joven desgarrado.

A Osvaldo Bayer lo conocí de la mejor manera en que se puede conocer a una persona. Por su obra. “Los vengadores de la Patagonía Trágica” no sé si llegó a abrir mi cabeza, pero al menos forzó la cerradura. La historia no era relato, sino la dramática social de la lucha de clases. Eso lo enseñó Bayer. Figura que impone tanto respeto, que ni siquiera he escuchado chistes con su apellido. (Yo tengo experiencia en ese tema). El anarquismo y los anarquistas aparecieron gracias a su obra, como aquellos que interpelaban a toda las formas de la cultura represora. Todas. Y recibir de parte de la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, de las mismas madres que pusieron su nombre para honrar a la Librería Cultural, de las mismas que Osvaldo honró al nombrarlas como “madres invictas”, el anatema político de “gorila”, sazonado con una fábula que Esopo no validaría, del monito que creció y cambió, estoy seguro que lo debe haber conmovido a pesar de su grandeza.

Me contaron que en un reportaje en “6,7,8” realizó un análisis político cultural poco habitual en estos tiempos. Sin embargo, por la dimensión de luchadora que nunca dio tregua, el ataque de Hebe de Bonafini (y en parte lo escribo por experiencia propia) pudo ser muchas cosas, pero nunca indiferente o neutral. Por eso estoy seguro de que es un viejo joven desgarrado.

Con Eduardo Grüner nunca nos hemos encontrado. Al menos personalmente, porque sus ideas, sus escritos, me son cotidianos. La UBA actuó como una pasa de uva y ha resuelto desconocer la ley, una curiosa manera de sostener la autonomía, y prescindir de sus servicios, convirtiendo el derecho a la jubilación en un mandato. Grüner ha escrito un texto memorable, en el cual entre varias consideraciones de mucha importancia, rescata la necesidad de volver a sostener los postulados de la Reforma Universitaria de 1918. Reforma que como todos sabemos, entre otras cuestiones, fue congelada y de morada para siempre.

Como bien dice Eduardo, el pase a retiro de los jubilables de más de 65, pone las barbas en remojo (nunca mejor dicho en mi caso, por barba y por edad) de los que llegan a la delgada línea roja de los 64. Mi antigüedad en la UBA es del año 1975, noviembre para ser más exactos. No voy a decir que es mi casa, porque soy nómade contrariado, o sea, que soy de aquí y soy de allá. Pero la UBA es mi referencia desde el primer año del Nacional Buenos Aires.

Por eso el texto de Grüner se convierte por mérito del autor en un poderoso e inapelable analizador de la trama institucional que organiza la subjetividad. En este caso, la intelectual y académica. Denostada no pocas veces, en la encubridora antinomia entre libros y algún tipo de calzado, el texto de Grüner confirma a mi criterio, que la subjetividad debe ser pensada como el decantado identificatorio de la lucha de clases. Lo jubilable es otra de las formas del exterminio, quizá de guante blanco, pero no tan blanco. Por eso estoy seguro que es un viejo joven desgarrado.

También pienso en el desgarro de un Vicente Zito Lema, cuando asesinan a Darío y Maxi. Aunque no solamente. De un Alberto Morlachetti cuando comprueba una y otra vez que el maltrato infantil y el hambre siguen siendo constantes de ajuste. Aunque no solamente. De un Ruben Dri cuando tiene que denunciar a la jerarquía de la Iglesia de Roma que entregó militantes, en el nombre de un dios que han traicionado. Aunque no solamente. Ese desgarro del viejo joven necesita ser suturado. Apaciguado. Consolado. Acompañado. Por eso escribo este trabajo. Porque si no lo hacemos, del desgarro pasaremos al derrumbe, y no sólo de edificios, sino de toda la cultura revolucionaria. Y por eso lo termino pidiendo prestado el verso del más joven de todos los jóvenes: el patriota cubano Jose Martí. En la suprema convicción que la patria son mis hermanos que están luchando en todas las fronteras y trincheras, y que por eso mismo “el tiempo pasa y nos vamos poniendo jóvenes”

El amor, madre, a la patria, No es el amor ridículo a la tierra. Ni a la yerba que pisan nuestras plantas. Sino el odio invencible a quien la oprime Es el rencor eterno a quien la ataca.

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