Gorilopolio (segunda parte)
Martes 3 de julio de 2012, por Alfredo Grande *
Enviar la referencia de este documento por email Versión para imprimir de este documento

A veces la vida no te da sorpresas. En la Argentina de hoy, hay un triple registro de la impunidad: el jurídico, el político y el cultural. La impunidad es un logro absoluto de la cultura represora. El que las hace, no las paga. El que rompe, no paga.

Compartir este articulo:

* Psiquiatra y Psicoanalista. Director y actor teatral. Periodista y escritor Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE). Miembro Fundador y Presidente Honorario de ATICO (Cooperativa de Trabajo en Salud Mental)

El que mata, no paga. Nadie paga, aunque tenga que pagar fortunas para sostener la impunidad. El código más justo, conocido como la ley del talión, establece una exacta equivalencia entre el crimen y el castigo. Ojo por ojo. Ni mas, ni menos. A nadie se le saca toda la dentadura, por haber roto un diente. Pero las formas encubridoras e hipócritas de la justicia burguesa, ha perforado esa evidencia para demonizar la ley de talión y divinizar los laberintos del derecho y los códigos procesales.

Como siempre, y en esto tampoco la vida nos da sorpresas, la cultura represora tiene su slogan represor. “Sentencia firme”. ¿Qué determina la firmeza de una sentencia? ¿Cómo hacemos para darle firmeza a una sentencia? ¿Poximix? ¿Maicena? La certeza delirante, refractaria a todo esfuerzo de pensamiento, ubica como causa aquello que, en realidad, es consecuencia. No hay impunidad porque la sentencia no está firme.

La sentencia no está firme para garantizar la impunidad. La cultura represora sostiene la paradoja y la racionalidad invertida. O sea: contradicciones que no pueden tener síntesis superadora y mencionar como efectos lo que, en realidad, son causas. La situación emblemática actual es la probable, y digo improbable pero posible, salida en libertad del comisario asesino Franchiotti. Aunque, en realidad, ya está saliendo de paseo, supongo que con algunas compras. Condenado a cadena perpetua, parece que son cadenas de telgopor. Uno de los tantos responsables de la masacre de Avellaneda, su responsabilidad se desliza hacia el pantano de la culpabilidad. Que además de ser individual, es institucional.

Porque las fuerzas de seguridad para el sistema burgués, fueron el brazo armado de una decisión política: del 2001 no se sale por izquierda. Quiero decir: por izquierda combativa, clasista, autogestionaria. Se sale por centro, incluso centro izquierda, por derecha, incluso centro derecha, pero siempre sosteniendo que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes.

Que tienen que tener dietas que les aseguren suculentas dietas, viajes, hoteles, prebendas, privilegios varios. Supongo que pronto usarán pelucas y miriñaques. Hoy la representación política es restitución. O sea: forma sin fondo. Apariencia sin esencia. Pero la crítica incisiva de las instituciones de la república, tiene el anatema actual de tener, como dice el ingenio de Daniel Paz y Rudy, un “gorilik atack”. Cuando hay menos humor y más temple represor, el dedazo acusador pontifica: ¡gorila!. Discriminación violenta y peligrosa.

Por supuesto, Franchiotti no recibe ese apelativo, cuando es un analizador evidente del ataque bestial contra una organización popular. No quiero escuchar que hay gorilas buenos, o sea, fuerzas de choque contra militancia de izquierda. Y gorilas malos, que son todos los que critican, desde la ideología que sea, al gobierno nacional y popular. ¿No ha llegado el momento de ampliar el significante “gorila” para incluir a todos y todas que enfrentan y masacran todo movimiento popular?

¿Los que desaparecieron a Luciano Arruga, que tipo de gorilas son? La masacre de Once, no coloca en la categoría de gorila a los concesionarios prebendarios de TBA? ¿No son crías de gorilas las patotas que salen a “cazar pendejos”, como ha denunciado Oscar Castelucci (presidente de la Fundación Martín Castelucci) en la radio por internet “La Retaguardia”? El asesinato en plaza san Martín, ni el primero ni el último, ¿no puede ser pensado como una estrategia gorila para arrasar con la juventud? ¿Los gorilas que asesinaron a Mariano Ferreyra son menos gorilas que los asesinos que amparados en la impunidad aérea de los Gloster Meteor bombardearon la Plaza de Mayo?

Si la categoría “gorila” solamente se utiliza para los opositores al gobierno, pronto será una categoría tan reaccionaria como “negros de mierda”. Supongo que en este momento, en un cargo importante del Gorilopolio está Hugo Moyano. Lo que impedirá que el conflicto se resuelva por izquierda pero con toda seguridad, demanda penal mediante, se paralice por derecha.

Desarmar el Gorilopolio es necesario para poder enfrentar a los enemigos verdaderos del pueblo trabajador. Que, y hasta resulta obvio aclararlo, no son los trabajadores.

sitio desarrollado en SPIP