Las figuritas de los billetes y las monedas que habitan cada vez con mayor fugacidad los bolsillos de las grandes mayorías argentinas sintetizan los valores de la clase dominante hasta estos primeros tiempos del tercer milenio.
La insurrección popular del 2001 fue la extinción de una etapa. La lucha popular contra el neoliberalismo plasmado en el plebiscito contra la pobreza y la huelga general de la CTA de mayo del 2002 fueron expresiones de ese fin de ciclo.
“Bandolero” y “criminal”, catalogaron al chamán mocoví que lideraba a los resistentes de Napalpí, 90 años atrás. “Pseudo cacique” e “ignorante”, caracterizan los hombres de Insfrán al qarashe qom Félix Díaz que reclama por la tierra.
En los mismos días cuando en el sainete mediático el dinero en bolsas se pesa porque no se puede contar, hace un año que el veneno de los tomatales mataba a José Rivero en Lavalle. Y nadie dejó de fumigar niños en Corrientes.
La reciente tragedia de los talleres de confección en Bangladesh generan nuevamente la atención de los medios mundiales acerca del trabajo esclavo al que son sometidos millones de trabajadores en todo el mundo. Esta tragedia no es casualidad, sino que es la consecuencia de la sed de lucro del capitalismo actual, que tiene en las empresas transnacionales a sus representantes más directos.
En los últimos 50 años y sin contar los gobiernos militares, el kirchnerismo tuvo una vocación transgresora en su política de medios que, en intensidad, es sólo comparable a la de Carlos Menem. Como entonces, la transgresión se aprecia tanto en la forma como en el contenido de las políticas aplicadas.
Periodista y escritor
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