Dignidad en tierra tóxica
Martes 18 de marzo de 2014, por Silvana Melo *
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Cuatro millones de personas carece de una vivienda de dignidad básica. La casa donde caer con los huesos y resguardarse del frío sin hendijas o guarecerse de la lluvia sin que el techo se vuele o se le cuele el cielo, la casa de donde no haya desalojo que valga ni gendarme ni policía, la casa con un inodoro y cerámicos en el piso, con agua en las canillas y puertas y ventanas es el sueño idílico del 10% de la población del país.

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* Periodista; Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

De medio millón de hacinados y de descartes sistémicos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y de dos millones y medio si se suma el conurbano. Que no tienen una tierrita magra donde levantar su pared. Y la levantan donde se pueda.

Es imposible una mirada de las tierras tomadas en Villa Lugano sin pararse en esta esquina feroz. La necesidad acuciante y los negocios emergentes de esa necesidad (punteros que

venden tierras ajenas, desesperados que las compran, alquileres carísimos de una pieza ciega y sin baño para una familia) han terminado inexorablemente en una casilla sobre terrenos sombríos de basura y veneno o a la orilla tóxica del Riachuelo. Y finalmente en represión, golpes y muerte.

El 24 de febrero unas 300 personas que salieron de la nada -para el poder político y sus voceros mediáticos- se sentaron y se pararon en el predio de Fernández de la Cruz y Pola para hacerse cargo una vez en la vida de aquello que el resto del mundo defiende con muros, perros, alarmas y policía: la propiedad privada. Una mirada en círculo y una caminata con las piernas largas determinó el territorio propio. Cuatro por cuatro, cinco por cinco. Y ahí desparramar las pertenencias. El capital inmenso de quien no tiene nada. Los hombres clavando los palos. Las mujeres tirando las lonas para el techo. Un cajón de manzanas con platos, pocillos y jarros. Una olla inmensa de donde comerán varios. La mujer con su bolsita negra de ropa. La chiquita que no puede moverse, en una lona en el suelo alimentado como un monstruo, con los lixiviados del cementerio de autos de la Federal.

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No los tienen en cuenta en los discursos ni en los programas ni en los presupuestos. El Jefe de Gobierno minimiza las partidas para viviendas sociales. Y olvida los compromisos con la relocalización de las familias que respiran tóxicos en la 21-24 de Barracas, al borde del Riachuelo. O con el saneamiento del terreno de Lugano –vecino de la villa 20- para construir casas para la gente que anda de aquí para allá como los caracoles. Con su techito en las espaldas. La Presidenta habla tres horas ante el Congreso y se queja del fiscal que no actuó con la celeridad necesaria como para expulsar a los primeros tres o cuatro que marcaron territorio en el predio de Lugano. Pero no dice una palabra acerca de la tragedia de la intemperie. La desigualdad es tan obscena que se vuelve muy complejo ubicarse diez minutos en la piel de los otros.

El terreno ocupado (que ya salió de la agenda mediática y sólo volverá a la hora del desalojo) tenía que ser urbanizado por la Ciudad según lo determinaba la ley 1770, sancionada por la Legislatura en tiempos de Aníbal Ibarra. No lo hizo Ibarra y tampoco lo hicieron Telerman ni Macri. El suelo está envenenado por lo que fue hasta hace un año el cementerio de autos de la Federal. Pero las villas están desbordadas y la 20 explotó hacia el predio de Lugano. Drenó su gente sobrante, que ganó visibilidad audiovisual, especulación microinmobiliaria y prejuicios en la otra parte del mundo, la que los mira con la seguridad del bajo techo.

El gobierno de la Ciudad no cumple con la ley 1770 –saneamiento del predio y urbanización de la villa 20- y no se envía a la Metropolitana para hacérsela cumplir a través de la fuerza pública. Sí está dispuesto a hacerlo con el drenaje sistémico con caras, historias, niños y algún sueño que sentaron sus caderas en los terrenos de Lugano para que alguien los vea alguna vez. A ellos sí les mandará a la policía.

***** La historia es corta y cristalina: en los 80 la ciudad vendió tierras a la Federal para depositar autos con causas judiciales. La villa 20, vecina directa, tuvo un crecimiento exponencial en estos treinta años y comenzó a chocarse con el depósito. Sacaban autopartes para vender o rescataban materiales para las viviendas.

En 2006 se intimó a la Ciudad para que tomara una resolución. Con los autos conviviendo con la gente, estaba asegurada la contaminación. Y la imposibilidad del tendido de la red de agua, porque los líquidos del depósito contaminan las napas. Los chicos de entre 2 y 5 años que jugaban entre los autos porque ya la frontera había sido desbordada, tienen plomo en sangre (como en la villa de Barracas, como en la Inflamable de Dock Sud) y el metabolismo distorsionado por la presencia de metales pesados y del asbesto (material constitutivo de las pastillas de frenos), potente cancerígeno prohibido desde hace diez años en la Unión Europea. La tierra y las napas tienen, además de plomo, cadmio, cinc, cobre, cromo, manganeso, níquel, selenio e hidrocarburos. Obviamente, la mitad de la villa tiene piso de tierra. De esa tierra. Y el 37 % ciento tiene chatarra vecina o en su propia casa. El 13,5 % de los chicos presenta retrasos en el desarrollo y el 15%, alteraciones en el lenguaje. Ellos no tendrán las mismas oportunidades que el resto. No se hincarán en la largada en la misma línea. Y la mayoría se quedará, demasiado tempranamente, en el camino.

Una serie de negociaciones terminó en convenios de la Ciudad con el Ministerio de Interior para retransferir esas tierras a la CABA, sanearlas y construir tres mil viviendas. En 2007 la Legislatura refrendó el acuerdo. Pero en seis años no se hizo nada. Y es imposible evitar que la desesperación aparezca de la nada a plantar un cuadrado donde sembrar un retoño de la dignidad.

Sugestivamente, la población de la Ciudad disminuyó en los últimos diez años. Pero la gente que se apiña en las villas y asentamiento se duplicó. Y es tres veces mayor que en 1991. Pero las partidas para viviendas sociales se van reduciendo en el presupuesto del IVC desde 2005. O bien se subejecutan los programas. O se vacían.

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Mientras tanto, las tierras que fueron cementerio de autos, un basural con pulmón tóxico, se siguen poblando de aquellos a los que la villa despide por obesidad y desborde. Lo que eran carpas y bolsas ahora empieza a ser madera y bloques. Un pedazo de mundo al que se puede acceder, aunque esté envenenado, aunque haya sido comprado de manos del fraude, aunque conserven en el alma el temblor de lo transitorio, el terror de que una noche los expulsen a palos y balas y al otro día vuelvan a ser nada y nadie, desparramados en esquinas o vueltos a la villa donde tampoco ya hay espacio para caerse muerto.

Pero eso está lejos todavía. Ahora que el terreno se llama Papa Francisco, fue bendecido por el cura de la Villa 20 y hubo misa con los pies en la tierra podrida, da la impresión de que se hubiera instalado por ahí un retazo de Dios. O algo parecido.

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