Justicia que no es divina
Jueves 13 de noviembre de 2014, por Silvana Melo *
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Nahuel Reyes tenía 14 años cuando un remolino se lo devoró en el río Luján. En estos tiempos las aguas vienen más bravas. Parecen tigres que encierran una presa. Y no hay dios que pase en helicóptero y levante mágicamente a los débiles en el mismo momento en que las fieras abren la boca.

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* Periodista; Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Las aguas suben como llenas de ira. La lluvia les cae perpendicular, sin frenos. Les quitan los árboles que moderan su caída, les taponan los brazos de fuga, les construyen muros de cemento que no absorben sino que repelen.

A Nahuel se lo llevaron las aguas coléricas. Ellos creyeron que no reaccionarían, las aguas, a la invasión aluvional de los negocios. A Nahuel, entonces, se lo llevaron los agronegocios y la extensión a codazos de la frontera agrícola. La locura inmobiliaria y la erección de barrios privados y cerrados sin otro control que el de los propietarios políticos. Para proteger de los excedentes sociales al retazo de privilegiados. Y vender muy caro otro mundo, bello y perfumado, lejos de los parlantes externos al palo y el olor a fritanga de la muchedumbre morena.

Los countries de Tigre, Pilar, San Fernando y Escobar, han impactado directamente en el Río Luján, el que se llevó a Nahuel. Nordelta no es inocuo. El Gobernador tampoco: acaba de descubrir en estos días la incidencia de las fortalezas privadas en las crecidas. Especialmente en los puntos que abonan su disputa presidencial con Sergio Massa. No hay inocencia ni angustia genuina en ninguno de los dos. A Nahuel también se lo llevaron las especulaciones de los que caminan por las instituciones con una calculadora que multiplica pesos por votos, indignación por votos, chapas y leche por votos. No la admisión de responsabilidades, no el mea culpa por la vida de Nahuel, no la transformación para que los desterrados sistémicos no tengan que ir a vivir a orillas del río cuando los incluidos se construyen castillos reinales a la vera de los humedales del Río Luján, en la pampa hacinada. Los barrios cerrados crecen sin control. Son elefantes en manada que frenan el río y el río frenado tiene que buscar la salida y la salida es la ciudad. Y la iglesia histórica. Y los nahueles arrastrados por las aguas imprevistas, desquiciadas.

Ante las cámaras se colocan botas negras y trajes amarillos. Ajustan un gesto de circunstancia. Y ensayan la crítica ocasional. Cuando todos han sido permeables al negocio y mentores ideológicos de los codazos sojeros y el avance cementario de los barrios de pocos.

Las inundaciones en los brazos más pobres rodeados por el halo rico del conurbano estallan en las discusiones políticas y en las horas de aire mediáticas porque en el corazón hacinado de la provincia se deciden sistemáticamente los destinos de un país con una distribución poblacional tan loca como perverso es el reparto de la riqueza. Son anónimos los nahueles que arrastran las aguas en el Chaco, Corrientes, Misiones, Santa Fe o Entre Ríos, asoladas por los desmontes que no frenan las lluvias y las crecidas que se vuelven repentinas y aluviales. Esas mismas aguas se vuelven políticamente incorrectas cuando llegan a este lado de la cuenca del Paraná.

A través del Plan Estratégico Agro alimentario y Agro industrial 2020, la Nación decidió el camino político de una expansión de la frontera agrícola para incorporar 9.000.000 de hectáreas a la superficie cultivada. La mitad está destinada a la soja. En el NOA y el NEA implica desalojar campesinos a través de sicarios, echarlos para que pueblen las villas del conurbano, desmontar cientos de miles de hectáreas de bosques y provocar una alucinada transformación del ecosistema.

Un mundo partido en dos, donde la riqueza y la praxis para alcanzarla condena a los más débiles a la diáspora y a la sobrevida. En el mejor de los casos. Un mundo ignoto, en los pies de la tierra, donde dios es justo, según el ministro de Desarrollo Social de Buenos Aires. Eduardo Aparicio buscó y buscó hasta que encontró agua en un barrio cerrado. Y con el gesto de Moisés en el Monte Sinaí profetizó: “en un momento el agua llega para todos. Dios es justo. De arriba nos mira a todos por igual”.

Curiosa mirada de la justicia. Que pocas veces es divina. Y a los nahueles, generalmente, no les llega el brazo igualador.

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