Mendoza
Un grupo de ajeros intenta entrar en el negocio para combatir la explotación
Martes 25 de enero de 2011, por Corresponsalía Mendoza *
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Se trata de los 10 trabajadores rurales que crearon una cooperativa de trabajo con ayuda de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA). Luego de sufrir la muerte de un compañero, decidieron apostar al trabajo grupal y pelear por sus derechos. Esperan cambiar con trabajo la situación laboral del sector ajero.

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Paradójicamente, la esperanza que hoy albergan los trabajadores ajeros asociados en la Cooperativa Irigoyen nació hace casi tres años a raíz de la muerte de un obrero. Y es que después de los lamentables hechos ocurridos la mañana del 29 de noviembre del 2008, para Fabián Bravo, presidente de la cooperativa, y para algunos de sus participantes nada volvió a ser igual.

Ese día, Bravo y unos 50 obreros que trabajaban para la empresa empacadora de ajo Campo Grande, nombre comercial de la comprobadamente fraudulenta Cooperativa de Trabajo Agrícola Colonia Barraquero, que cuenta con más de 17.000 miembros –que en realidad se trata de empleados– y tiene asiento en Mendoza, San Juan, Catamarca, La Rioja, Neuquén y Río Negro, entre otras provincias, decidieron no entrar a trabajar y manifestarse en la puerta de las instalaciones ubicadas en el distrito Rodeo del Medio, en el departamento de Maipú, en reclamo de mejoras salariales y laborales. Igualmente, los trabajadores, entre los que se encontraban muchas mujeres, denunciaron condiciones precarias de trabajo y explotación infantil.

Lejos de ser escuchados o atendidos en sus reclamos, los trabajadores fueron desalojados por la fuerza pública y golpeados ferozmente por la policía. Entre los manifestantes se destacaba un hombre de cincuenta años cuya imagen aún hoy puede verse en los periódicos que detallaron la crónica de la triste jornada.

Se trataba de Juan Carlos Erazo, un trabajador, padre de una hija, que mostraba sin tapujos a las cámaras presentes las heridas que la golpiza policial le habían dejado. Algunas semanas después, Erazo cerraría sus ojos para no despertar. Su diagnóstico era un absceso cerebral que terminó con su vida en abril del 2009. Para los compañeros de Erazo y su familia, la causa del deceso fue consecuencia del ataque sufrido en la puerta de Campo Grande, y aún hoy piden justicia sin tener eco.

Para quienes estuvieron presentes en esa manifestación, tras la muerte de Erazo la reivindicación del sector de los trabajadores ajeros se tornó en un tema personal. “Cuando se murió Carlos sentimos que no podíamos seguir así, que algo teníamos que hacer, que estábamos perdidos si esperábamos que alguien nos ayudara, que éramos pobres y a nadie le interesaba nuestro reclamo, incluso, a nadie le importó la muerte de nuestro compañero”, relató, con ojos brillantes por la emoción, Fabián Bravo, presidente de la Cooperativa Irigoyen.

Esa luctuosa tarde, entre las múltiples propuestas que se tiraron sobre la mesa para resolver el conflicto y frenar la violencia que iba in crescendo, se habló, al pasar, de formar una cooperativa de pequeños productores que vendieran sus productos a las grandes empacadoras y lograran ingresar al negocio para evitar la explotación laboral.

Sin demasiadas repercusiones, la idea fue dejada en stand by y el sector de la patronal continuó su enfrentamiento con el sector gremial, que era el del Sindicato de Frutas y Hortalizas, liderado por Lucio Quilpatay. “Ni el sindicato, ni el Gobierno, ni la patronal hicieron nada por nosotros” afirmó Bravo. “Un día, en la Legislatura, durante un reclamo que hicimos, un legislador que no voy a nombrar me dijo textualmente: ‘Esto no va a cambiar porque es algo cultural, muchos legisladores están relacionados con el sector rural y siempre ha sido así, no hay por qué cambiarlo’. Cuando escuché eso tuve que dar media vuelta antes de pegarle y me di cuenta de que no iban a hacer nada de nada”, relató el presidente. Desilusionados y dolidos por la noticia de la mala evolución de la salud de su compañero golpeado, los trabajadores siguieron peleando por sus derechos, incluso en soledad.

Así fue como, tras entablar contacto con la secretaria general de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE-CTA) y de la Central mendocina, Raquel Blas, Bravo y algunos de sus compañeros llevaron su caso al seno de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), cuerpo que los asesoró e instruyó para formar su propio sindicato. Tras dos años de trámites, finalmente, el Sindicato de Trabajadores del Ajo y Afines –que serían la cebolla, el zapallo, la papa y la zanahoria– (Sitraaj-CTA) vería la luz y la cooperativa quedaría avalada por el área Territoriales de la CTA.

“Nos separamos de Frutas y Hortalizas y hoy vamos por formar un sindicato de trabajadores rurales en general. Incluso, tenemos pedidos de gente que aún está en Soeva –sindicato de trabajadores de la vid y bodegas– que no se sienten representados por su conducción”, detalló Bravo. Para estos cooperativistas es más que una señal de descreimiento en las entidades gremiales actuales el hecho de que del total de trabajadores rurales sólo dos por ciento esté sindicalizado.

La Irigoyen

Lejos de rememorar al líder radical Hipólito Irigoyen, la cooperativa de trabajadores ajeros de Colonia Bombal, en Guaymallén, debe el nombre de su asociación a la calle en donde la mayoría de sus miembros vive. El grupo se dedica a la producción, empaque y venta de ajo, y ayer realizó su primer día de actividades, donde el paso inicial fue el enristrado.

La cooperativa cuenta con 22.000 kilos de ajo que les compró a seis productores pequeños de San Carlos. Se les pagó a dos pesos el kilo y los fondos fueron obtenidos gracias a un préstamo de 10.000 pesos que le hizo la CTA a los trabajadores. La idea es que por ocho horas de trabajo un obrero ajero perciba un salario que trepe al menos a los 3.000 pesos, cifra que en el sector privado es inalcanzable.

El producto una vez tratado se comercializará en el mercado local, por ahora, ya que sueñan con exportar el año próximo a un monto aproximado de 60 pesos la pata de ristra, que son 50 cabezas de ajo, y 120 pesos la ristra completa, que son 100 cabezas. Aún con estos montos, los trabajadores afirman que tendrán ganancia, aunque están muy lejos de los montos de las grandes empacadoras que venden en el exterior la caja de 10 kilos de ajo a 98 euros, que significan casi 500 pesos, mientras que ellos le pagan al productor casi dos pesos por kilo.

A principios del año pasado, los trabajadores de la Cooperativa Irigoyen volvieron a denunciar trato inhumano en las empacadoras y explotación infantil. Así llegaron a la Sociedad Rural pidiendo que a estos empresarios inescrupulosos se les denegara pertenecer a ella. La revelación fue hecha por la entidad sin fines de lucro La Alameda, en lucha contra la explotación, que, munida por los videos y fotos que a escondidas habían conseguido los trabajadores para documentar la grave situación, realizaron la denuncia penal que hoy continúa sin resolverse. La subsecretaría local sólo ha multado a las empresas, pero estas, burlonamente, han seguido operando como si nada.

Fuente: Alejandra Molina, www.elsoldiario.com.ar

* Equipo de Comunicación de la CTA Mendoza

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