Documento de Identidad
Lunes 6 de julio de 2015, por Juan Carlos Giuliani *
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Diez años después de que Marx y Engels publicaran en Londres el Manifiesto Comunista aparecía en Buenos Aires el semanario “El Proletario”. Surgido de la pluma del militante sindical negro Lucas Fernández, la publicación nació el 18 de abril de 1858 como expresión de los intereses de la clase de color.

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* Periodista. Vocal de la Comisión Ejecutiva Regional de la CTA Autónoma Río Cuarto. Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA hasta septiembre del 2018.

En la época de Rosas los negros eran el 30% de la población argentina, aunque la superestructura ideológica del sistema persista en desconocer la potencialidad que tuvo en el siglo XIX la cultura afroamericana en nuestras tierras. El movimiento se llamó Democracia Negra y se truncó debido al exterminio de esa comunidad durante la epidemia de Fiebre Amarilla en Buenos Aires.

A diferencia de las “clases decentes” que emigraron a la zona norte de la Reina del Plata, los negros –confinados en el sur de la ciudad bajo la amenaza del garrote policial- murieron como moscas presa de esa letal enfermedad.

De “El Proletario” aparecieron alrededor de ocho números. Pasaron seis años hasta la aparición de otro periódico afroargentino: “La Igualdad”, que desapareció en algún momento de ese año y reapareció en 1873. “La Juventud” es otro periódico negro. El 20 de febrero de 1876 bajo el titular “La sociedad obrera” dice: “La clase obrera debe comprender que ella es todo en un país, es la palanca principal para el progreso de él”.

“La Broma”, otra publicación de la comunidad negra en la Argentina, aparece en 1870 con una única tirada y reaparece en 1878 como “órgano genuino e inalterable de las clases menos acomodadas”. El 5 de septiembre de ese año saluda a los trabajadores tipógrafos en huelga: “Siendo La Broma órgano de las clases proletarias, les envía palabras de aliento, y desea que las ideas del socialismo cundan no sólo entre los tipógrafos sino entre todas las clases obreras”.

Las clases dominantes, predestinadas por el lema sarmientino de “Civilización o Barbarie”, se han dedicado a ocultar el ADN de nuestro pueblo como si por sus venas no corriera sangre que se reconoce en antepasados negros o indígenas. Según un estudio del CONICET existe un 60 por ciento de la población argentina con componentes genéticos amerindios. Es decir, con antecedentes de pueblos originarios.

Nadie pone hoy en duda los ancestros iberoindoafroamericanos de nuestra gente ni el carácter pluricultural de nuestra Nación. Una década después del colapso del modelo neoliberal, cuando en Mar del Plata mandamos el ALCA al carajo, el pueblo argentino refrendó, por si hacía falta, una nueva prueba de pertenencia y, para espanto de los difamadores oficiales, su Documento Nacional de Identidad inconfundiblemente latinoamericano.

En la génesis del pensamiento oligárquico-imperial existe una marcada influencia eurocéntrica que ha sido alimentada durante décadas por iluminados que han escrito ríos de tinta para hacernos creer una de las tantas zonceras argentinas. Según esa idea-fuerza impuesta a los palos, Argentina tiene más semejanzas y comunidad de intereses con Europa o Estados Unidos que con nuestros países hermanos de Latinoamérica y el Tercer Mundo.

La historia argentina está signada desde siempre por la deserción de gran parte de sus intelectuales, cuya adscripción a la estrategia del imperio y la oligarquía nativa es invariable. Los que desde el fondo de los tiempos enfrentaron las políticas de desnacionalización impulsada por el poder dominante, serán calumniados sistemáticamente por los panegiristas de "la libertad" y "la democracia" para unos pocos que predominan en los olimpos culturales e informativos.

Las contradicciones políticas, sociales y culturales irresueltas resumen las dos posiciones que han confrontado a lo largo de nuestra historia como Nación: Los servidores de estrategias antinacionales y aquellos comprometidos con la liberación de la Argentina y la Patria Grande Latinoamericana.

Pensar un país sin oligarquía y sin dependencia del imperialismo implica elaborar y pactar un nuevo proyecto político, social, económico y cultural de largo alcance para la realización de los intereses de las fuerzas constituyentes de la Nación.

En palabras de Rodolfo Puiggrós: “Argentina para salir del atolladero tiene que pensar y actuar en función de América Latina, necesita poseer, para ponerse a la altura de la humanidad que nace, una ideología revolucionaria propia, es decir viva y creadora, que se nutra de la ciencia y la experiencia mundiales para superarlas, pero que sea el fruto de los gérmenes específicamente latinoamericanos”.

Con el protagonismo de los trabajadores como bandera, es menester promover un proyecto colectivo emancipador que rompa con la lógica de la democracia formal, tributaria del sistema capitalista-neocolonial, que mantiene inalterables la premisas impuestas a la clase dirigente rentística del poder por Alfredo Martínez de Hoz, ideólogo y portavoz de la tiranía oligárquico-militar, en su inefable discurso de abril de 1976.

A saber: Destrucción del aparato industrial para restaurar el modelo agrícola –y ahora– minero exportador; continuidad del drenaje de divisas al exterior, sea por medio del pago de la deuda externa o por la discrecionalidad absoluta de las multinacionales; y privilegiar el ingreso de los capitales transnacionales garantizándoles un interés mayor al que se paga en el mercado internacional.

Volviendo a Puiggrós: “No seremos libres de verdad y no salvaremos de la pobreza y la ignorancia a millones de latinoamericanos, mientras esa ideología revolucionaria nuestra no se adueñe de las masas trabajadoras y las haga artífices de las grandes transformaciones sociales. El colonialismo ideológico siempre acompaña al colonialismo económico y la liberación económica no es posible sin la liberación ideológica”.

El modelo de exclusión sigue invicto. Lo verificamos en los millones de compatriotas que sufren falta de viviendas dignas, de servicios esenciales de mala calidad; como la energía eléctrica, el agua, el gas, alumbrado, las cloacas. Problemas que no solo atañen a las grandes urbes, sino también, a pequeñas localidades.

La cultura del posibilismo reformista se instaló en 1983 como una transición democrática que nunca se dio por terminada, y los tiempos demo-liberales también se agotan presionados por la urgencia hambrienta y angustiante de nuestro pueblo que hace malabarismos para sobrevivir. Somos trabajadores y, por lo tanto, parte de la clase que representa el antisistema que, hoy como ayer, propugna la liberación nacional, social, cultural, ambiental y económica.

“La creación de esa ideología que interprete las leyes de nuestro desarrollo histórico y las tendencias progresistas y emancipadoras de las masas laboriosas es, a mi entender, la tarea más apremiante y primordial que tenemos por delante los argentinos y los latinoamericanos”. Don Rodolfo Puiggrós, pura sabiduría y sensatez.

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