El conflicto, factor de cambio social
Martes 18 de agosto de 2015, por Juan Carlos Giuliani *
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El conflicto social es una expresión de la lucha de clases. La puja por una justa distribución de la riqueza pone al rojo vivo la relación obrero-patronal. Los trabajadores retoman estadios de conciencia y organización que aparecían anestesiados durante la resistencia.

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* Periodista. Vocal de la Comisión Ejecutiva Regional de la CTA Autónoma Río Cuarto. Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA hasta septiembre del 2018.

Esa disputa, que gana la calle y se dirime en el territorio, implica uno de los síntomas más nítidos de la transición de una etapa de defensiva estratégica hacia otra de ofensiva popular.

El estallido social de diciembre de 2001 puso en evidencia que los sectores dominantes ya no podían continuar imponiendo el modelo neoliberal por consenso y apelaban entonces a la criminalización de la protesta.

La convulsión social se potencia a partir de una economía que creció hasta 2007 a niveles del primer mundo, con índices del 8 o 9 por ciento anual. Las arcas del Estado desbordaban de dólares, mientras persiste la matriz de desigualdad social y de concentración de la riqueza.

La reactivación económica tiene límites muy precisos en materia distributiva impuestos por los factores de poder real que, tras los sucesos de fines de 2001 y aprovechándose de las debilidades del campo popular, una vez zanjada la confrontación entre "dolarizadores" y "devaluadores" a favor de esta última fracción, rápidamente recompusieron su frente interno en la convicción de que sus diferencias son siempre de carácter secundario.

Desde la devaluación, los grupos económicos han objetado cualquier aumento salarial superior a los incrementos en la productividad, para no incluir en la puja distributiva las enormes ganancias que extrajeron de sus trabajadores en los períodos anteriores.

La manipulación de los planes sociales para reconstituir la red de clientelismo político de los aparatos partidocráticos, la creación de puestos de trabajo con un alto nivel de informalidad y los magros salarios, constituyen el formato del combo que está dispuesto a tolerar el poder en esta primavera económica.

Romper los techos salariales impuestos desde arriba, o avanzar en formas de organización popular que pongan en cuestionamiento la democracia de corte liberal para propugnar mecanismos afines a una democracia participativa, accionan las alarmas en los centros de poder para blindar sus privilegios a través de la intimidación y el castigo a la rebeldía social.

La Justicia del régimen actúa como una guardia pretoriana en defensa de los intereses de los poderosos. La idea de la vigencia de una Justicia para los ricos y otra para los pobres está profunda y justificadamente arraigada en el conjunto de la sociedad.

Más de cuatro mil luchadores sociales procesados pueden dar fe de ello.

Mal que le pese al establishment, todo este tiempo la virulencia del reclamo reivindicativo se ha extendido como una mancha de aceite y hecho sentir con singular fuerza en las provincias, castigadas por la crisis de las economías regionales, la carencia de federalismo, el escamoteo de la coparticipación y gobiernos con afanes feudales que actúan de gerentes del poder regional.

En el marco de una gobernabilidad de tono cada vez más unitario, restringidas sus autonomías federales a la mínima expresión y sin que se discuta una nueva Ley de Coparticipación Federal, las administraciones provinciales quedan estranguladas en su poder decisorio y a merced del oxígeno que les provea el poder central según los distintos grados de subordinación que manifiesten al gobierno nacional de turno.

Entre una Nación superavitaria y provincias empobrecidas y endeudadas, los conflictos de los trabajadores estatales, docentes, de la salud y judiciales se multiplican, año a año, como hongos a lo largo de toda la geografía nacional.

La voluntad de lucha y la organización demostradas de manera creciente por los trabajadores en este ciclo de crecimiento económico, configuran un panorama donde se avizora una profundización del conflicto social.

El sol no se puede tapar con las manos: El conflicto no se resuelve reprimiendo a los pobres sino distribuyendo la riqueza.

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