Contra la pared
Martes 2 de agosto de 2011, por Claudia Rafael *
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Estados Unidos al 600. San Telmo de calles adoquinadas y resabios coloniales. Miércoles. 17 horas. Los pibes son trece. En el cordón de la vereda. Riendo. Riendo mucho. Hablando de historias. Alguno canta una canción que nadie escucha.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Dale hijo de puta. Abrí las piernas. De espaldas. Contra la pared. Los pibes cruzan un par de miradas. No entienden bien. O sí. Ya están cansados.

Vos también. Córranse. Se sacan todo lo que tengan en los bolsillos y lo ponen en el suelo. Todo. ¿Entienden? Todo.

Un par de biromes. Un pañuelo enredado en el bolsillo. Una cartuchera en tiempo de vacaciones. La birra que permanecía estoica en la mano izquierda del que parecía el mayor. Como mucho, 15. No más. No son el estereotipo. No hay gorrita negra ni piel oscura.

San Telmo continúa su ritmo. El super chino a 20 metros y la mujer de ojos rasgados posa por un rato sus ojos. De la esquina asoma el sereno de la estación de servicio. Algún auto se detiene y los ojos fisgones se fijan por un rato. Después, cada uno sigue su propia historia. La mujer que entra en el lavadero de ropa. El joven que abre la puerta de la librería de enfrente. Fue apenas un instante. Mirar. Saber que un sistema perfectamente diseñado está siendo resguardado por las fuerzas del orden. Para ellos. Para que el sereno pueda seguir ubicando autos como cada día. Para que la mujer entre al lavadero y el joven hojee algún libro o, finalmente lo compre. Para que la vida no tenga grandes sobresaltos y los días se sostengan en el equilibrio debido.

¿No me entendés? ¿En qué hablo yo? Abrí las piernas, te dije y ya no te lo repito. Y los ojos mantenelos fijos en la pared.

Hace rato parecen haberse descalzado la ternura. No hay resabios. El chaleco anaranjado los inmuniza de todo. Alguna vez él fue hombre y tal vez cada noche, cuando se saque prolijamente el chaleco y el uniforme hondamente azul adquiera dulzura para con sus propios hijos. Quizás ella, cuando haga lo mismo, le cante una canción de cuna a sus críos.

Sería mucho más simple si fuesen ellos dos los rostros monstruosos de la maldad. En Eichmann en Jerusalem, Hannah Arendt asume con enorme claridad que el ideólogo y responsable de la solución final durante el nazismo no era el “pozo de maldad”, el padre de la crueldad sino el engranaje de todo un sistema que tenía como meta el exterminio.

Era –como los dos policías de Estados Unidos al 600- “la banalidad del mal”. Seres que representan en su complejidad la condición humana, que se mueven sin reflexionar siquiera sobre la bondad o la maldad de sus actos sino que más bien, los ejecutan por deber.

Vamos. Vamos…ustedes cuatro se van de aquí. No las quiero ver.

Desaparecen. Ustedes siguen mirando a la pared.

Es la voz recia de la mujer policía. Las cuatro chicas se van veloces hasta la esquina y pegan la vuelta. Los varones seguirán ahí por una hora más, al menos.

Tienen suerte. Ninguno se llama Luciano Arruga. No saben siquiera quién es.

Simplemente se atrevieron a invadir la barriada que supo girar en torno de la calle Real (hoy Defensa) más de 200 años atrás. Y les cobran el peaje. Les hacen pagar con creces la osadía. Por jóvenes, por bandada, por rebeldes, por ser portadores eternos de la risa y el desparpajo, por decir que no con la mirada. Es el precio necesario y lo saben. Como también saben que volverán a intentarlo una y mil veces.

No imaginan cómo puede ser alto el precio. Luciano lo supo bien el 31 de enero de 2009 cuando lo subieron a empellones al patrullero en La Matanza. Cuando le gritaron antes, una y mil veces, dale hijo de puta. Abrí las piernas. De espaldas. Contra la pared.

Como espejos, las historias se multiplican. Se encadenan. Se reflejan unas con otras. Forman un todo. Es el pacto imprescindible para sostener una construcción esquiva a los mil veces vulnerados. A los que no podrán espejarse porque no tienen pasaporte para la vida digna.

Ariel Domínguez murió con una bala que le atravesó su vuelo en el mismo San Telmo. Un policía corría a una bandada de pibes que festejaban entre risas y birra el día del amigo. Tal vez antes hubieran estado sentados en el cordón. Quizás tuvieran también alguna birome, un pañuelo enredado, una cartuchera en vacaciones.

Abrí las piernas. De espaldas. Contra la pared, escuchó probablemente la bandada. Después sobrevino el plomo que desgarró la vida para siempre.

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