Permiso para matar
Jueves 3 de septiembre de 2015, por Claudia Rafael *
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Los chicos –desgranan las noticias- habían quedado encerrados en el auto para que la mamá y su pareja, los dos policías de la Local, entraran a bailar. Estaban ahí como suelen verse pibes olvidados por horas, dentro de otros autos, en los alrededores de los bingos, casinos, boliches y etcéteras.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

A veces se duermen, otras tantas lloran y nadie escucha. Son la trama profunda del olvido. Nadie repara en ellos ni en sus sueños sobresaltados ni en sus llantos desmedidos. O simplemente, en sus miedos.

Esta vez era de madrugada cuando los dos policías de civil bajaron del auto, entraron al Centro Cultural “En eso estamos”, en La Plata. Ellos no supieron nada hasta después en que quizás se despertaron por las sirenas, los ruidos, los sobresaltos, sin entender. Porque alguien –quién sabe quién- se ocupó de ellos.

Dentro del centro cultural, entre la música y el alcohol, se escucharon –cuentan- un par de gritos. Discutir atravesados por el alcohol y otros aditamentos explosivos suele ser sinónimo de tragedia cuando el Estado otorga a los protagonistas de la historia un arma y un permiso para matar. Que sí, que no, que me voy, que te quedás… La 9 milímetros reglamentaria, disparos al aire y uno, puntual, directo al torax de Rafael Cobo, 27 años, estudiante de psicología, una lesión en el hígado. Su batalla por vivir.

La 9 milímetros que utilizó Julián Gabriel Cabañas se la entregó el Estado. Un Estado que a la vez recuerda como una cantinela destinada a autoprotegerse que “la fuerza se usará cuando todos los demás medios legítimos para alcanzar el objetivo resulten ineficaces”; que “el personal deberá resolver el uso de la fuerza en relación con la gravedad del delito y al objetivo que persiga salvaguardar”; que “la fuerza que se use tiene que adecuarse a las normas constitucionales, legales y reglamentarias vigentes así como a los tratados internacionales en materia de derechos humanos” y que “el personal debe asumir las responsabilidades de su accionar y rendir cuentas por las acciones efectuadas”.

Desde una práctica de la violencia, Alejandro Granados (el hombre de la alegoría sobre la seguridad, el control social y el tiempo que se demora en tomar un helado en cucurucho) exhumó métodos políticos de gestiones anteriores. Saturar las calles. Plagar de hombres y mujeres de uniforme las esquinas. Capacitar individuos en serie. Cinco, seis, siete meses. Y después sacar a la calle, vestidos de azul más oscuro o más claro, de a cientos, para llenar las estadísticas de éxitos. Para tranquilizar a la población que mientras camina se cruza con un hombre o mujer de boina, arma en la cartuchera, borcegos potentes y aparato de comunicación en mano.

El 4 de agosto ya lo tuiteó el mismísimo Fernando Pedreira, inspector policial exonerado de la Bonaerense, contratado luego por la metropolitana de Macri y juzgado ahora como uno de los torturadores y asesinos en el contexto de la Masacre en la comisaría primera de Quilmes, en relación al formateo permanente de cientos de policías que egresan de la fuerza. “@FePedreira: no conocen sus deberes y obligaciones. La culpa no es de ellos. Es el estado el único responsable. Vergüenza”. Y luego: “no pueden y no saben diferenciar un robo de un hurto. No saben cómo confeccionar un acta de procedimiento”. Pero indudablemente hay otras cosas que sí saben. Como las que supo hacer Pedreira en 2004 con los jóvenes torturados de Quilmes. Como las que generaron la muerte de Juan Martín Yalet dentro de un móvil del Comando de Prevención Comunitaria de La Plata la semana pasada. Como las que también supieron hacer los policías que en febrero de 2013 asesinaron a Omar Cigarán. O los que, en 2011, truncaron las vidas de Mauricio Ramos y Franco Almirón en la Carcova.

Julián Cabañas y su pareja fueron “apartados de la fuerza”. Habrá otros como ellos, en lugar de ellos, formados como ellos, que tendrán el privilegio sobrehumano de determinar quién tiene derecho a vivir y quién no.

Los chiquitos –olvidaron las noticias- habían quedado encerrados en el auto, como tantos en los alrededores de los boliches, de los bingos, de los casinos. A veces duermen, a veces tienen pesadillas, a veces lloran. Mientras, Rafael Cobo sigue peleando por vivir.

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