Panes y pujas
Sábado 12 de diciembre de 2015, por Claudia Rafael *
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Con esta tierra sin pan para mis dientes un nuevo diciembre sube la colina del olvido. Pan integral, pan francés, pan salado y por qué no pan rallado, pan tostado o pan de rosca. Pero el billete escaso no alcanza mientras todos ellos arden en el escenario de las vanidades.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Una comedia absurda que no incluye, como siempre y como nunca, a los confinados sistémicos de quien se va a las 23:59 y de quien llega a las 0:01.

En un paso de danzas, las estocadas van y vienen y la pelea superficial gana ficticiamente las calles. La falsa puja ocupa conversaciones en la panadería, en el puestito de verduras y frutas, en la vidriera de la carnicería, ante la lista de precios escrita con una tiza que se borronea y cambia. Tres, cuatro, quince por ciento. Se habla ya de un 70 por ciento más en la bolsa de harina. Pero la puja sigue. Quién traspasa qué y cuándo y dónde. Quién va y quién no y por qué y para qué. Que el bastón de mando no se dobla ni se corroe porque la madera del urunday es aguantadora y no cede ante las presiones del tiempo y se hermana, allá en su Chaco natal con el quebracho colorado. Ese que conoció las luchas obreras de los años 20 cuando La Forestal arrasaba con los derechos y las vidas y perseguía con su gendarmería volante a los que alzaban el rostro para enfrentar a los patrones.

Lejos de entonces la doña ejecuta, con un suspiro rancio, un québarbaridad desganado y flaco frente a la góndola del mercadito de la otra cuadra mientras mira la bolsa de los mandados, tan vacía, que ni peso tiene. Piensa que se acerca la noche que llaman buena pero que quien sabe si lo será porque la mesa estará tan flaca y el arbolito mentirá sueños ajenos. Hace rato ya que los diciembres visten falsas promesas.

Hay que bucear lejos en las memorias. No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el vuelo de las hojas, escribía Paco. Un viejo hombre de siete trapos que le visten la piel en demasía con 30 grados de soles que lo olvidaron solo en la esquina, vive en una vereda deslucida frente a las vías abandonadas de un tren que casi nunca pasa. El Congreso que vota y desvota asiste atónito a las casuchas de cartones y chaperíos en la plaza de enfrente. Y los precios suben y suben y no hay panes sobre el carrito cartonero de los niños que corretean junto al caballo cansado.

Por una tele del megacomercio se ven los rostros de la puja. Que sí, que no, que dónde y cuándo. Que yo no voy ni vos vendrás. Que no seré nunca lo que nunca fui ni soy. Porque es una maraña de conjugaciones verbales que ocultan la vida que palpita en las calles. Y el pan que se fue a 30 pesos. Y pues entonces qu’ils mangent de la brioche (que coman pasteles), como dicen que dijo, aunque probablemente no dijo, María Antonieta en las vísperas de la revolución.

El viejo y el niño calzan el miedo en el cuerpo gastado. Lo doblan despacito hasta hacerlo pequeño pero a sabiendas que aparece y desaparece todo el tiempo. No saben ellos de ese Juan al que llamaban Gelman que escribe una y mil veces más sobre esta angustia, este estómago vacío, esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre cavándome la carne, este dormir así, bajo la lluvia. Y con él, como él, junto a él repiten aquello de que no entiendo, Padre, bájate, tócame el alma, mírame el corazón.

La harina pierde su blancura como la inocencia que se va en un diciembre más del que habrá panes que no colgarán de los vértices del arbolito ajeno. La doña vuelve a casa, cuando hay casa, con la bolsa magra y liviana. Siente que ella también tiene miedo. Y escucha por la radio que la pugna allá arriba sigue y sabe que no hablan de ella.

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