Malas palabras
Sábado 25 de febrero de 2017, por Juan Carlos Giuliani *
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Pobreza, discriminación, desigualdad, explotación. Palabras que azotan la conciencia colectiva. Dependencia, corrupción, extractivismo, represión. Malas palabras. Contra lo que ellas representan hay que lidiar todos los días si lo que se quiere es cambiar la historia y no dejarse enredar en los hilos argumentales de los profetas de la resignación.

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* Periodista. Vocal de la Comisión Ejecutiva Regional de la CTA Autónoma Río Cuarto. Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA hasta septiembre del 2018.

En el principio existía la palabra. Sujeto, verbo y predicado. Palabras y frases vacías que tratan de explicar lo inexplicable apelando al diccionario del posibilismo. Palabras que duelen cuando nombran a un chico que muere de hambre o por causas evitables en un país regado con los frutos generosos de la naturaleza.

Un mundo de palabras que conforman el relato oficial tan distante de la realidad como la tierra del cielo. Decir lo que se piensa y hacer lo que se dice. Algo tan sencillo y tan ausente en la conducta de la mayoría de los líderes políticos, sociales, culturales y religiosos que cultivan con pasión cipaya el Pacto de Gobernabilidad que permite mantener inmodificable el sistema de expoliación basado en la injusticia social. Patrimonio intocable de los que mandan en el altar del sacrificio de las mayorías. El cinismo y la hipocresía terminan barriendo cualquier atisbo de sensatez.

En el principio era el verbo. Tierra, fuego, agua, aire: Para los antiguos pueblos, los elementos que explican los patrones en la naturaleza. Bienes comunes amenazados con su extinción por la voracidad de los dueños del poder. Recursos finitos que se van extinguiendo de la mano del saqueo y la codicia perpetrados por las minorías del privilegio. La lucha por desterrar la irracionalidad consumista del capitalismo está plagada de búsquedas y aprendizajes en Nuestra América. Las alternativas crecen y se multiplican día a día en las prácticas de sobrevivencia y búsqueda de nuevos horizontes productivos y reproductivos de los pueblos. En ellas conviven -contradictoriamente- lo viejo y lo nuevo.

Según Isabel Rauber, para que esas experiencias “puedan constituirse en un programa de acción de los gobiernos populares de este continente y del conjunto de sujetos del cambio (movimientos indígenas, campesinos, sindicales, y movimientos sociales urbanos), sería importante generar espacios donde confluyan saberes de construcción de las modalidades económicas alternativas existentes, favoreciendo la convergencia en un diagnóstico de partida respecto de un grupo de características que podrían contribuir a definir elementos de esa otra economía superadora de la que rige actualmente”.

Sostener los viejos paradigmas de desarrollo y progreso basados en el derroche y el uso abusivo de la naturaleza, implica darle sustento al absurdo modelo de acumulación económica llevado a cabo desde hace siglos por el más crudo mercantilismo neoliberal. El desafío consiste, entonces, en profundizar las experiencias que atraviesan nuestro continente y ensayar propuestas económicas acordes con los principios del buen vivir como pilares de la construcción de una sociedad regida por la solidaridad y el bien común.

El proceso de vida que se encadena en palabras, ideas y acciones, tiene razón de ser si entendemos que llegamos al ancho y caudaloso río de la historia navegando aguas que otros hombres ya han surcado. Aguas que después de nosotros serán la pila bautismal de las generaciones futuras.

Palabras vulgares. El hombre es el lobo del hombre. Edificar sobre lo comunitario resistiendo la tentación del individualismo. Acertar en la definición de un proyecto que le devuelva supremacía a la vida por sobre los otros valores humanos y devuelva la felicidad a nuestra gente. Felicidad, bienestar, la propiedad de volver a nombrar a las cosas por su nombre. Como en los viejos tiempos. Si alguna vez se pudo, se puede.

Recuperar el estado de ánimo que se asocia a la dicha de encontrarse pleno como pueblo por disfrutar de hechos positivos para el conjunto. Perón lo decía con palabras sabias: “Nadie se realiza en una comunidad que no se realiza”. Es decir, no existe el éxito personal aunque sea ensalzado por la cultura dominante y replicado por los medios de comunicación hegemónicos. Existen los aciertos, los triunfos o derrotas colectivas que es lo que, en definitiva, marca el devenir de los pueblos y las naciones.

La organización del poder popular lleva implícito dos cuestiones. La primera es el desarrollo de un proceso de creciente profundización de las luchas populares, del cual emergen las organizaciones territoriales, los movimientos sociales, las organizaciones sindicales de nuevo tipo, los pueblos originarios, las organizaciones de derechos humanos que protagonizan el conflicto social cada vez más extendido e intenso. Puestos a caminar ese camino, es imprescindible que el proceso emancipatorio cuente con una dirección política e ideológica que para nosotros, los trabajadores, no es otra que la centralidad de la clase trabajadora en su papel dirigente en la organización del poder popular. La segunda cuestión se relaciona con la gestación y desarrollo de una línea de pensamiento y acción que apunte a que el pueblo sea gobierno para transformar el Estado en una herramienta de poder de los trabajadores y el campo popular y sea capaz de coagular una sociedad de iguales.

Como complemento de lo anterior, es necesario decir que ambos supuestos operan articuladamente a la hora de la organización del poder popular. En este plano, la lucha ideológica con los enemigos, el imperialismo y las clases locales asociadas, se convierte en una sistemática disputa por el sentido, por la conciencia de nuestro pueblo.

Se trata de poner en tela de juicio la arquitectura sobre la que se erige la democracia dependiente e inducir a la realización de múltiples acciones en el escenario de la lucha de clases –conflicto social-, que se verifica tanto en las calles como en las instituciones.

Volviendo a Rauber: “La construcción de un nuevo pensamiento emancipatorio resulta entonces raizalmente articulada a los procesos de construcción-acumulación de conciencia y organización (poder propio) que llevan adelante con sus luchas y propuestas los actores sociopolíticos en el continente, con la consiguiente maduración del proyecto alternativo pensado y construido colectivamente por ellos”.

Palabras que reconfortan. Dignidad, entrega, compromiso, esperanza. Palabras insoslayables para construir un nuevo orden político, económico y social justo, libre y solidario.

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