Entrevista a Noah Benjamin Novogrodsky
Retos del Siglo XXI para los derechos humanos
Jueves 8 de junio de 2017, por Inés Hayes *
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Noah Benjamin Novogrodsky es profesor de Derecho Internacional de los Derechos Humanos y de Procedimiento Civil en la Facultad de Leyes de la Universidad de Wyoming. Se graduó de la Escuela de Leyes de Yale y desde entonces es también un experimentado litigante ante los tribunales de Estados Unidos y Canadá.

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Invitado por la Facultad de Derecho de la Universidad de Palermo, vino a Buenos Aires a brindar la conferencia “Buscando justicia por actos de violación de Derechos Humanos cometidos en el extranjero: una puerta se cierra, otra se abre”. De estos temas habló en entrevista con Ñ.

–¿Cómo nació la posibilidad de juzgar en tribunales de EE.UU. y de Canadá crímenes contra los derechos humanos cometidos en otros países?

– Todo empieza con un caso, que es el caso Filártiga, en Paraguay. En la noche del 29 al 30 de marzo de 1976, fue asesinado Joel Hugo Filártiga, conocido como “Joelito”, de tan solo 17 años, por la policía del régimen estronista. Fue en represalia contra su padre, el reconocido médico Joel Filártiga, opositor a la dictadura. Años después, Dolly, la hermana de Filártiga, iba caminando por las calles de Nueva York cuando reconoció al asesino de su hermano. Fue entonces cuando se contactó con una ONG que se llama Centro por los Derechos Constitucionales y, gracias a la creatividad de estos abogados y a su perseverancia, comenzó esta tendencia de juzgar en los tribunales de EE.UU. violaciones a los derechos humanos cometidas en otros países. Es la versión legal de un libro que escribió Jacobo Timerman donde el secreto está en dar vuelta la posición del torturado y el torturador. Lo que hizo Dolly Filártiga fue digno, porque convirtió su angustia y su sufrimiento en una estrategia legal; en lugar de una venganza, utilizó los instrumentos legales. Esto me recuerda cuando una cena con refugiados de la dictadura de Augusto Pinochet en Connecticut, Massachusetts. Estaban felices porque el dictador acababa de ser apresado en Inglaterra: el valor simbólico de una persona tan poderosa, enfrentando un juicio, es el mismo sentimiento que debe haber tenido Dolly Filártiga.

–Los crímenes cometidos por el narcoestado en México, por ejemplo, ¿podrían ser juzgados bajo esta ley?

– Hay un grupo de abogadas en EE.UU. que está pensando en esta herramienta jurídica para tratar los femicidios de Ciudad Juárez. Y hay casos penales contra narcos en EE.UU., así como bandas organizadas que están siendo procesadas penalmente. Una parte de la banda está en Los Angeles, se llama Ema 13 y hay causas penales y civiles contra esta operación transnacional de narcos.

–¿Y esta herramienta podría utilizarse en los casos de violaciones a los derechos humanos en la Argentina?

– El objetivo de mi viaje es contarles a los argentinos qué posibilidades hay de iniciar juicios en otros países. Por ejemplo, en el caso de las víctimas de la dictadura, Mercedes Benz tuvo un alto grado de involucramiento en las desapariciones pero el hecho de que exista la empresa en EE.UU. o en Canadá no es suficiente para iniciar un juicio. Creo que hay una posibilidad de iniciar una acción civil en el caso del atentado a la AMIA. Las víctimas de violaciones a los derechos humanos en todo el mundo recuperaron un poco de esperanza de que se haga justicia usando esta ley. Y aunque los tribunales en EE.UU. en los últimos años han sido un poco restrictivos en este sentido, en Canadá se han vuelto más abiertos: una puerta se cierra, pero otra se abre.

–¿Cómo se llega a un consenso internacional para determinar qué se considera un crimen contra los derechos humanos?

– La ley trata de ser neutral pero los problemas culturales son muy complejos. En la ex Yugoslavia, por ejemplo, las mujeres que eran violadas sufrían dos tipos de vejaciones: la física y la de no poder casarse con hombres de su comunidad. Los tribunales especiales que se crearon en la ONU trataron de decidir si eran iguales los casos de mujeres cristianas violadas o el caso de las musulmanas a las que estigmatizaban para que no pudieran casarse con hombres de sus pueblos o ciudades.

–¿Podrían utilizarse los tribunales de EE.UU. o Canadá para penar las violaciones a los derechos humanos contra los presos políticos de Guantánamo?

– Todo lo que dijo Trump durante la campaña es muy diferente a lo que dice o hace hoy. Creo que Guantánamo es una vergüenza nacional: Trump ha dicho que la va a mantener abierta e incluso mandar más prisioneros. En teoría, los familiares podrían utilizar esta ley: hay una enorme cantidad de normas para demandar al gobierno, pero lo que sucede es que los casos de personas en prisión tienen que ver con derechos civiles, no humanos. Hay que tener en cuenta que EE.UU. no reconoce la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, tampoco suscribe el pacto de derechos civiles y políticos, y por eso el tratamiento que les dan a los detenidos en cárceles es completamente diferente al que se les da en los países de América Latina y Canadá.

–¿Reconoce Estados Unidos la figura de genocidio?

– Lo hizo en casos fuera de EE.UU. como el holocausto judío, pero la cuestión es que no reconoce el genocidio contra los pueblos indígenas de su propio país. La última vez que emitió una decisión sobre esclavitud fue antes de 1850, es decir, antes de la guerra civil.

–¿Canadá sí la reconoce?

– Canadá actúa mejor –en general– en relación con los derechos de los pueblos originarios pero mucho se podría mejorar. Los tribunales canadienses se están abriendo más a estas cuestiones.

–¿Cómo funciona la legislación en relación con los derechos humanos de los migrantes obligados económicamente a irse de sus países, teniendo vulnerados el derecho a la educación, a la salud, a la vivienda, al trabajo?

– Las leyes estadounidenses dan el carácter de refugiado a los perseguidos penalmente por cuestiones raciales o religiosas en sus países de origen; en esos casos, la persona puede pedir asilo si está huyendo de la persecución en sus países, pero EE.UU. no reconoce derechos sociales. Hay dos maneras de ser recibido en EE. UU.: una es como refugiado y otra es como asilado. Existen muchos programas para inmigrantes que buscan asilo, pero los que dejan sus países por razones económicas la pasan muy mal. Una mujer pobre que llega a Texas recibe asilo si declara que fue golpeada por su marido o que es perseguida por su orientación sexual, pero no si dice que está buscando trabajo. Las personas que tienen más éxito son las mujeres perseguidas, no así aquellas que buscan empleo, y mucho menos los varones mexicanos, que son vistos como una amenaza. Hay un doble estándar; no me enorgullece, pero es así.

–¿Cómo es la situación en Canadá?

– Canadá tiene un primer ministro que parece una estrella de rock: es buen mozo y solidario. Hace poco Justin Trudeau habló muy bien en el Parlamento de un grupo que se llama “Camino al arco iris”. El nombre es una metáfora de la ruta que conducía a los esclavos de EE.UU. a Canadá. Hoy ayuda a lesbianas y gays de todo el mundo y también a los migrantes: es el reflejo de la mejor tradición frente a los migrantes. La política de estado de Canadá es recibir personas de todo el mundo, pero no hay un equivalente en ese sentido en el gobierno de EE.UU. Canadá, bajo Trudeau, está abriendo posibilidades de litigio en sus tribunales, está aceptando 50 mil refugiados sirios por año y ayudando a la comunidad LGTB en el mundo. Es un claro mensaje al planeta. Trump está mandando el mensaje contrario.

Fuente: Revista Ñ

* Periodista de la Secretaría de Comunicación de la CTA Autónoma

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