Los expatriados de la celebración
Jueves 20 de octubre de 2011, por Silvana Melo *
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Ya el censo 2010 había abierto las puertas a cierto horror espasmódico en grandes medios y medianos actores políticos. Que las villas crecieron un 52% en todo el país no es una noticia que pueda provocar perplejidad en nadie con algún centímetro cuadrado de conciencia.

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* Periodista; Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Pero aun así, la piel social vuelve a erizarse cuando, cíclicamente, vuelven a asomar números fastidiantes que revelan una realidad fastidiante barrida convenientemente debajo de la alfombra de la primavera argentina. Ahora es una ONG la que ofrece en bandeja títulos de hecatombe para ser utilizados –paradójicamente. O no- por quienes son y serán activos cuidadosos del statu quo. Dicen que en los últimos cinco años se conformaron 90 nuevas villas en el conurbano, que el crecimiento poblacional desde 2001 llegó al 55% y que los asentamientos que inflaman los ya obesos anillos circundantes a la capital van por el número 864.

Más de medio millón de familias -¿dos millones de personas? ¿tres?- se hacinan en los mundos subsidiarios de El Mundo, en los arrabales de la fiesta umbilical de la capital de la vida, donde está la salud, la escuela, la comida, la luz y la celebración de los privilegiados. Para que quede claro: cualquier política hacia las villas elevada desde lo discursivo por cualquier oficialismo, es y será falaz. Un déficit habitacional de tres millones de casas en todo el país, sin horizonte de alivio, sin planes serios, sin créditos hipotecarios alcanzables, con construcciones en serie valuadas como exclusivas de Puerto Madero, con partidas millonarias que se pierden en los recodos y nunca llegan a las paredes, con parcelas en las puertas del infierno que cuestan como praderas en las ventanas del cielo. El diez por ciento de la población del país se apila, se amontona, se asfixia y resiste su cárcel social sólo en los asentamientos y villas del conurbano y la ciudad autónoma. Ese es el espacio concedido. No hay otro. No lo habrá.

Lejos de existir una voluntad política sincera y profunda de amnistiar a tres o cuatro millones de presos de las orillas urbanas, es una decisión sistémica la de sacar del medio –literalmente- para confinar a los extremos y al afuera bien afuera a todos aquellos que no serán utilizados ni formarán parte del proyecto metódicamente minoritario que encarna el capitalismo del tercer milenio, sin rivales ni competencias serias. No hay techo para ellos ni necesidad de levantarlo. No hay trabajo para ellos ni lo habrá. Sobran en una sociedad con mano de obra tecnológica y formalidad para una elite. Una pirámide sostenida en su base por changarines, golondrinas, ocasionales en negro, oficiales –del oficio y no del uniforme- semicapacitados y sobrevivientes de la agonía y muerte del trabajo en los últimos 25 años. En un límite delgadísimo suelen caer al infierno del destierro y a veces vuelven y otras veces no. La cárcel a cielo abierto –como Alberto Morlachetti llamó al sistema villero de exclusión hermética- se ubica en el área soterrada de la pirámide. Es el abajo del abajo. No el patio, sino la calle. No el sótano, sino el inframundo. De donde no se sale, por alta decisión tomada. Cuya frontera no se supera porque el preso social fuera de su presidio pasa a ser semilibre en una tierra ajena, con bienes ajenos, con suelo ajeno. Donde no tendrá lugar ni plato ni destino. Y cualquier bala perdida acertará finamente en su cabeza. Sin que nadie –como el homo sacer de Agamben- deba hacerse cargo de su homicidio.

Como una copia fotográfica del sistema penitenciario, la cárcel a cielo abierto suma y engorda día tras día, con el descarte que queda después de la selección. Adentro, se construyen vigorosamente casillas una tras otra, una sobre otra, chapa, cartón, bloque, plástico, chapa, cartón, bloque. Caen diariamente de a diez o quince que tienen que pagar el pedacito de tierra del que nunca serán dueños. Se colgarán de la luz, pagarán fortunas por una garrafa, comprarán en la feria de rescate del basural, venderán paco, comprarán paco, consumirán, morirán de cuchillos lacerantes de humo en el cerebro y en los pulmones, de balas vecinas, de transas vengativos, de policías cómplices, de pulmonías en piso de barro, de infartos sin ambulancia que entre.

Nada cambia en el corazón villero con el gobierno que pase, con el contexto económico floreciente o con las tijeras del ajuste, con planes Jefes o con cooperativas. Nada les cambia a los que fueron descartados. Porque fueron descartados. No se los mira, no se los ve, se los encierra en sus cárceles a cielo abierto para no verlos y para que no entren a fastidiar a los turistas ni a dejar la basura desparramada en la calle. Para que no se les ocurra reclamar la parte que les corresponde. Porque ya fue prorrateada entre los elegidos, los prebendarios, los libres. Para que levanten muros y enrejados y contraten alarmas y vigilantes y aten rottweilers hambrientos a las fortalezas. Y puedan entonces defenderse libremente de los expatriados que de vez en cuando irrumpen en las calles feraces de la libertad y la vida digna reclamando su mosaico en esa plaza.

Vienen del norte, vienen del Chaco y de Corrientes, vienen del Paraguay y de Bolivia, la piel oscura, la frente surcada, son del otro país que vienen al país. Del interior hacia el exterior, que sería Buenos Aires. Nunca son gratuitos los nombres. Desde la cárcel de la pobreza hacia la utopía libertaria que se muere de un síncope no bien cruza la General Paz.

Desde los 30, cuando los inmigrantes polacos armaron la primera Villa de los Desocupados, jamás dejó de engrosarse la cintura obesa de la Ciudad, con sus espejos brutales y la violencia infinita de la desigualdad. Del corte feroz entre un mundo y el otro. La 31 frente al Sheraton. La Rodrigo Bueno detrás de Puerto Madero.

Ahí viven los pibes. Crecen. Sufren. Respiran. Aspiran. Mueren. De los tres millones, dos son niños y muchachos. Nacidos, criados, llegados, sobrevenidos. Al borde de todos los abismos.

Puestos a sobrevivir con la muerte y a morir con sombría naturalidad porque la vida no vale más que el yogur vencido en el Ceamse.

Y el futuro es una balsa que se hunde siempre un segundo antes de tocar estas costas.

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