25 de noviembre, día de lucha
Carrera de obstáculos: Violencia de género en el acceso al empleo
Sábado 24 de noviembre de 2018, por Julia Campos *
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“El derecho al trabajo como derecho inalienable de todo ser humano; El derecho a las mismas oportunidades de empleo, inclusive a la aplicación de los mismos criterios de selección de cuestiones de empleo…”, dice la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer (CEDAW, iniciales en inglés), que es un tratado de Naciones Unidas en su Artículo 11, punto 1.

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Las Violencias contra las mujeres en el ámbito laboral, es decir, aquellos mecanismos que siguen dando por sentado que nuestro lugar en la sociedad es principalmente reproductivo (aun cuando cumplamos una jornada igual o más larga en términos laborales que los varones), solo constituyen manifestaciones de la Violencia de Género presentes estructuralmente en nuestra sociedad. Si bien puede pensarse en las características y particularidades de la violencia que se organiza en torno al empleo, de ninguna manera puede realizarse desconociendo que estas formas responden a un tratamiento específico del cuerpo gestante y deseante de la mujer en esta sociedad patriarcal y capitalista .

No obstante, las formas que asume la violencia en el ámbito laboral tiene particularidades que a solo efecto de buscar su reconocimiento y visibilización (y así construir una acción que la limite) requieren ser abordadas y puntualizadas. Es posible, y solo en términos analíticos dividir la relación laboral en tres grande momentos: el ingreso, el egreso y la permanencia. A cada momento le corresponden formas específicas de violencia contra las mujeres, otras formas son continuas y están presentes en todas las etapas. Si bien son temas que requieren mucho debate y desarrollo, el objetivo de esta nota es presentar algunas líneas de pensamiento sobre la violencia hacia las mujeres en su intento por ingresar al mercado laboral.

En este sentido, la primera pregunta pertinente sería ¿qué implica para una persona acceder a un trabajo? En esta sociedad, esta posibilidad se relaciona íntimamente con la posibilidad de sobrevivir, y es por eso que cualquier exclusión de este ejercicio constituye en sí misma una violencia, una violencia manifiesta que realiza la sociedad sobre todos aquellos sujetos que no logran asegurarse su supervivencia mediante la obtención de un trabajo.

Ahora bien, esta violencia en principio no es contra las mujeres específicamente, aunque casualmente las desocupadas somos mayoría (8,7% de desempleo masculino contra 10,8% de desempleo femenino) , también lo somos las precarias (32% de falta de registro para la fuerza de trabajo masculina contra 37% de falta de registro femenino) , las subocupadas (8,7% de subocupación masculina contra 14,4% de subocupación femenina) o las ocupadas de tiempo parcial. Todo ello implica que somos mayoría entre las violentadas por la sociedad por limitarnos el acceso al empleo. Resulta, al menos sugerente, la preocupación por parte de la CEDAW sobre “el desempleo y la concentración de mujeres en el sector informal de la economía, en particular de mujeres migrantes” que persisten en Argentina . Este obstáculo invisible para acceder al empleo tiene un fuerte componente de género, ya que se acentúa entre las trabajadoras jóvenes cuya tasa de desempleo es del 21,5% , aquellas que implican un peligro inminente para la patronal, el peligro de la maternidad y de los supuestos costos extra. La mujer “falta mucho porque cuida a los hijos si se enferman”, porque “tiene que quedarse en casa si hay paro en la escuela” (o llevar a los niños al trabajo… lo cual es más horroroso), pero además “están dispersas preocupadas por los quehaceres y problemas domésticos”.

En resumidas cuentas, el mercado laboral excluye a las mujeres, o limita su acceso, entre otros factores, porque las tareas domesticas y reproductivas recaen sobre ellas (dedicamos a las tareas domesticas el doble de tiempo que nuestros pares varones), pero esto no es una condición natural, en una forma de organización social naturalizada, puede desnaturalizarse y cambiarse. El Estado es responsable.

Desandando este camino, las organizaciones de trabajadores hemos propuesto iniciativas para equiparar licencias en tareas de cuidado, lo que implicaría en los hechos, equiparar las condiciones de ingreso e ir modificando lentamente patrones culturales muy enraizados. Necesitamos un cambio en la conciencia, pero también en la normativa. Hay muchos convenios colectivos que ya avanzaron en la ampliación de licencias paternales y unos pocos que incluyeron licencias parentales borrando la asignación de género en las mismas. Es necesario además avanzar en políticas que tiendan a socializar y estatizar el cuidado de niños y adultos mayores, la regulación del art.179 de la LCT aún está pendiente.

Pero cuidado, garantizar el acceso no implica erradicar la discriminación ni mucho menos, a la dificultad de acceso le sigue la consolidación de un acceso segmentado por poner solo un ejemplo. Aparentemente en Argentina hay actividades en las cuales ser mujer no es bien visto. Sin embargo, el dispositivo discriminatorio que obstaculiza el acceso a un puesto de trabajo no es manifiesto ni ostensible, los mecanismos a través de los cuales se realiza la segregación de la población femenina de determinadas tareas se encuentran sumamente invisibilizados.

Así, las mujeres son mayoritarias en empleos ligados a la administración y al cuidado de personas (escapamos de las tareas reproductivas pero no tanto) y estos a su vez son aquellos con menores promedios salariales. Es decir, que además, esta exclusión tiene un correlato directo con la disparidad salarial existente entre varones y mujeres. Efectivamente, las mujeres en Argentina cobran en promedio un 25% menos que los varones y esto se explica por los diferenciales salariales por actividad, por la cantidad de horas trabajadas y por arbitrariedades propias de nuestra sociedad patriarcal.

Entonces, lo que aparece como una decisión “personal” y “libre” de la trabajadora en la mayoría de los casos oculta los mecanismos a través de los cuales se excluye a las mujeres de ámbitos productivos específicos incluso bajo del manto de su propia decisión o voluntad al “elegir” un trabajo o profesión. A modo de ejemplo, en 2015 el Ministerio de Economía realizó una publicación “Características de la fuerza de trabajo femenina. Las diferencias respecto al hombre” en la que consignó que menos del 10% de la fuerza de trabajo en bienes primarios es femenina, y menos del 5% en la actividad de electricidad, gas, agua y construcción .

Existen dos casos judicializados sobre discriminación en el acceso a puestos de trabajo que abordan precisamente estos puntos. Los dos casos tienen final feliz, podemos pensar que constituyen la excepción, pero es necesario conocerlos. Se trata del caso Mujeres por la Igualdad c/ Freddo SA y Sisnero, Mirtha c/ Taldelva SRL de 2014. En ambos casos se debatió sobre cuál era el sujeto de la discriminación y si para que la misma exista y se pruebe debía existir un acto individual de exclusión. En los dos casos aparece un argumento disruptivo que propone entender la discriminación como un hecho estructural que contempla como prueba definitiva la inexistencia de mujeres en ambas actividades. El sujeto de la discriminación en estos casos resultan ser las mujeres en conjunto. Con pequeñas diferencias ambas sentencias promueven los cupos femeninos dentro de la empresa en un caso y en toda una actividad en el otro.

Estos fallos judiciales son reflejo de un movimiento social que lo trasciende. Abren la puerta porque miles y miles de mujeres la empujan todos los días. Una quiso ser chofer allá, otra querrá ser tornera aquí, una más allá querrá dedicarse a reparar molinos eólicos. Las violencias existen y no se mitigan aún, pero ahora que estamos juntas es más fácil visibilizarlas y construir estrategias para combatirlas.

Fuente: Observatorio del Derecho Social de la CTA Autónoma.

* Miembro del Observatorio del Derecho Social

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