Epidemias
Vademecum de las pestes que nos rodean
Lunes 22 de junio de 2020, por Inés Hayes *
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Mientras el mundo se encuentra paralizado por la pandemia de Coronavirus (Covid 19), en Argentina y América Latina, otras enfermedades como el dengue, conocidas como enfermedades tropicales, están también atentando contra la salud de la población. Ñ habló con las autoras de Enfermedades tropicales, editado recientemente por Eudeba. Según cifras del Ministerio de Salud de la Nación, durante los últimos 12 meses se han registrado 38.181 casos de dengue autóctono. “Nuestro libro pone de manifiesto que las vacunas para la mayoría de las enfermedades tropicales (principalmente parasitarias), constituyen una asignatura pendiente para lograr su efectivo control”, dicen las autoras del libro María Elisa Solana, Paula Ruybal (biólogas) y Stella Maris González-Cappa (médica).

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–¿Cuándo y dónde nació el dengue? ¿Cómo llegó a América? González-Cappa: –El dengue es una enfermedad viral transmitida por el mosquito Aedes aegypti infectado con el virus que, para estarlo, debe haber picado previamente a una persona infectada que presenta el virus en su sangre. Los primeros casos de los que existe registro provienen de China en los siglos III-IV d.C. Si bien se desconocía su etiología, se asociaba la enfermedad con la abundancia de insectos y se la denominaba “veneno del agua”. Luego se extendió por el sudeste asiático y por África, ingresando desde allí a América, con el comercio de esclavos durante los siglos XVII, XVIII y XIX. Este hecho contribuyó a la diseminación del mosquito y del virus en todo el mundo. Durante esa época, fueron informadas pandemias de dengue en períodos de 20-30 años de duración, principalmente en el Caribe y en el sur de EE.UU. En la primera mitad del siglo XX, las epidemias se produjeron en intervalos más cortos y a partir de los 60, el dengue sustituyó a la fiebre amarilla como principal epidemia regional. Hoy, el dengue está presente en gran parte del país debido a la extensa distribución de Aedes aegypti como consecuencia del cambio climático y de la dificultad de implementar medidas eficaces para su control.

–¿Cuál es el origen y la epidemiología de la fiebre amarilla?

Solana: –Se cree que antes del descubrimiento de América esta enfermedad ya era conocida en los pueblos originarios mexicanos (con el nombre de cocolitzle), en los mayas de Yucatán (xekik) y en los pueblos del Caribe (poulicantina). La primera epidemia padecida por los europeos en América tuvo lugar en la actual isla de Santo Domingo a fines del siglo XV y sus efectos fueron devastadores también para la población local. La explotación de la caña de azúcar en el Caribe fomentó el comercio de esclavos desde África hacia América, lo que intensificó el tráfico del virus y su mosquito transmisor a las ciudades en crecimiento. Entonces, las enfermedades eran atribuidas a “miasmas” o aires insalubres que provenían de pantanos, basurales, puertos, etc. y fue recién en el siglo XIX que las investigaciones del médico cubano Carlos Finlay (1833-1915) permitieron sentar las bases del modo de transmisión del virus. En el Río de la Plata la epidemia de 1871 fue una catástrofe nacional que produjo la muerte del 7% de los porteños. Desde el punto de vista epidemiológico existen dos ciclos de transmisión, uno urbano y otro selvático. En este último, el virus circula entre monos y la infección se propaga a la población humana al ingresar personas no vacunadas a áreas selváticas para realizar, generalmente, tareas forestales y/o agrícolas y resultan picadas por mosquitos infectados. Al regresar con el virus, se establece el ciclo urbano de transmisión entre personas mediante la picadura del Aedes aegypti.

–¿Qué consecuencias tiene el cambio climático en las llamadas enfermedades tropicales?

Solana: –Considerando que el concepto contempla los fenómenos de calentamiento global, la alteración de los regímenes de precipitación y el aumento e intensidad de eventos extremos como inundaciones y sequías, sin dudas éste tiene efectos sobre la transmisión de enfermedades infecciosas cuyo vehículo es el agua y/o los insectos. Así, el incremento de las temperaturas y un mayor número de cuerpos de agua, permite el aumento de las poblaciones de mosquitos transmisores de varias de las enfermedades mencionadas, contribuyendo a provocar mayores epidemias. Por el contrario, las sequías promueven la concentración en menores superficies de aves acuáticas hospedadoras naturales de virus transmitidos por otras especies de mosquitos, como el del Nilo Occidental. Esto profundiza los efectos de las deficiencias actuales en el saneamiento ambiental y favorece el consumo de agua contaminada facilitando la transmisión de infecciones gastrointestinales. Por lo tanto, las actuales condiciones climáticas tienen y tendrán efectos sobre el acceso al agua como bebida, la calidad del alimento y sobre el resguardo de las personas en viviendas seguras, lo que, seguirá afectando su salud.

–¿Qué papel cumplen los bioinsecticidas y en qué estado está su desarrollo?

Ruybal: –Los bioinsecticidas representan una herramienta para el control de enfermedades transmitidas por vectores. Se basan en la utilización de microrganismos entomopatógenos, que afectan negativamente el desarrollo de estos insectos. Su objetivo es disminuir su abundancia y/o longevidad con baja toxicidad para los mamíferos (incluido el hombre) y el medio ambiente. Su desarrollo va de la mano de la lucha contra las plagas que afectan la producción agropecuaria. El bioinsecticida más conocido es la bacteria Bacillus thuringiensis, que produce compuestos selectivamente tóxicos al ser ingeridos por larvas de insectos. Además de ser usada en el control de plagas agropecuarias, es de mucha utilidad en la lucha contra enfermedades como la oncocercosis y el dengue. Otro ejemplo es Bacillus sphaericus, considerada muy eficaz en el control de mosquitos Anopheles (transmisores del paludismo y la filariasis linfática), Aedes aegypti (transmisores de dengue, chikungunya, zika y fiebre amarilla) y del género Culex (transmisores de la filariasis linfática).

–¿Existen vacunas para las enfermedades tropicales?

Ruybal: –Una de las estrategias más poderosas para la prevención de las enfermedades infecciosas es la vacunación. En este último tiempo, hemos escuchado reiteradas noticias sobre la urgencia en el desarrollo de vacunas para combatir el Covid 19. Esta expectativa y urgente necesidad también ocurre para las enfermedades tropicales. En el libro recopilamos las enfermedades con o sin vacunas disponibles. Del análisis surge que, de las 18 enfermedades tropicales mencionadas, sólo cuatro cuentan con vacunas como medidas de profilaxis. Las vacunas Sabin y Salk, contra la poliomielitis, están incluidas en el calendario nacional de vacunación, mientras que la de la fiebre amarilla está indicada sólo para personas que viven o viajan a zonas de riesgo. La vacuna contra la leptospirosis se aplica en bovinos, porcinos y cánidos. Su uso en humanos es indicado en situaciones de alto riesgo de infección. Según cifras del Ministerio de Salud de la Nación, durante los últimos 12 meses se han registrado 38.181 casos de dengue autóctono. Se ha aprobado una vacuna en el país que aún no está incluida en el calendario de vacunación porque su eficacia es limitada. La primera vacuna contra el virus del Ébola fue aprobada por la FDA y ensayada en República Democrática del Congo, Burundi, Ghana y Zambia. Sus resultados resultan alentadores pero aún se encuentra en etapa de evaluación. Nuestro libro pone de manifiesto que las vacunas para la mayoría de las enfermedades tropicales (principalmente parasitarias), constituyen una asignatura pendiente para lograr su efectivo control.

Básicos

María Elisa Solana es licenciada en Ciencias Biológicas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y doctora de la Universidad de Buenos Aires, orientación Microbiología. Profesora adjunta de la Facultad de Medicina de la UBA y de la Universidad Nacional de Luján. Desarrolla su actividad científica en el Departamento de Ciencias Básicas de la Universidad Nacional de Luján.

Paula Ruybal es Licenciada en Ciencias Biológicas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Doctora de la Universidad de Buenos Aires, área Inmunología e investigadora independiente del Conicet. Desarrolla su actividad científica en el Instituto de Investigaciones en Microbiología y Parasitología Médica (IMPaM, UBA-Conicet).

Stella Maris González-Cappa es Médica y doctora en Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, profesora Emérita de la Facultad de Medicina de la UBA e investigadora emérita del Conicet. Desarrolla su actividad científica en el Instituto de Investigaciones en Microbiología y Parasitología Médica (IMPaM, UBA-Conicet).

Fuente: Revista Ñ

* Periodista de la Secretaría de Comunicación de la CTA Autónoma

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