Luciano, presente rabioso
Viernes 3 de febrero de 2012, por Silvana Melo *
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Luciano tiene 17 años. Sigue teniendo 17 años aunque hace tres -hoy hace tres- que no está. Luciano está desaparecido. Es desaparecido. Y es un presente rabioso. Por eso tiene 17 años. Los tiene porque es. Porque no dejó de ser. Los tiene porque nació el 29 de febrero.

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* Periodista; Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Y le encantaba cumplir años cada cuatro. Como éste es bisiesto, este año recién cumplirá otro. Entonces tiene 17. Hasta el fin de los días de no estar. Hasta que aparezca.

Luciano está desaparecido. No está muerto. Luciano es el presente rabioso de la plaza donde lo levantaron, el 31 de enero de 2009. En Lomas del Mirador, ahí no más de la casa de estética setentista y Virgen de Luján entronizada donde se montó el destacamento de la Octava. Pedido a gritos a partir de los asesinatos del florista de Susana Giménez y del entrenador de Guillermo Cóppola.

Ahí no más del potrero con arco agujereado. Donde soñaba con tener un hijo y llamarlo Enzo o Ramón.

No está Luciano, desde hace tres años. Y no podemos saber qué piensa de River en la B. De Cavenaghi o del Chori. Con su ausencia se llevó el mar que no conoció. Y el pan de tierra con pasto del Monumental que no se pudo traer a casa. Y la mezcla de cumbia colombiana y pogo ricotero que le partía en dos la cabeza. Luciano desapareció una noche. Se habla despacito de sus gritos. De su sangre. De su cara hinchada a golpes. De sus huesitos rotos. De su piel deshilachada.

En los rincones de la casa donde ya no está el destacamento habrá quedado la baba de sus sueños. La pelusa del futuro que le quedaba. Gotitas de su sangre nueva. Prepotente. Dientes de su boca rebelada. De su poder de decir no. No a robar para ellos. No a sus armas ni a sus garantías. No a ser su infantería. No a ser la carne de cañón. Para terminar disuelto en el pavimento. Carne y sangre en la calle. Con el pie del policía sobre la espalda. Mientras sopla el caño de la 9 milímetros. Y la vecindad celebra la muerte del mal hechor. Los dientes de su boca que dijo no. Y lo pagó con esta ausencia. Aterradora y vigente. Que se trae al presente un pasado aluvional.

Que camina con López las calles de la nada. Donde la gente deja de estar. Desaparece y ya no enciende cigarrillos ni toma helado. Ni se calza gorritas de visera ni camperas polar bordó. Ni chupa la bombilla con ruido ni sube el volumen de la radio.

La gente en estas tierras desaparece. Y desaparece dos veces. Tres. Mil. Como López. Como Luciano. Que desapareció como niño, nacido sin baño ni casa. Sin partida de nacimiento. Sin ser Luciano. Hasta que pudo ser, tan fuertemente ser, que dijo no. Y hace tres años -hoy hace tres años- desapareció en cuerpo. Negado por el Derecho. Por el poder político. Por los abogados y los organismos hasta muy entrada su ausencia. Negado y desaparecido por la policía. Y no sólo por la policía.

Nadie siguió su rastro. Nadie pidió seguridad después de su ausencia. Nadie vio, nadie oyó, nadie dijo. Sólo su madre y su hermana. Sólo. Solas. Olfateando una huella de su frente en cada oscuridad.

No está Luciano.

Pero es. Es el presente rabioso de su ausencia. El paradigma de la in-justicia.

“Averiguación de paradero”, sigue siendo la carátula de la causa. Pero nadie averigua dónde para Luciano.

Que acaso camine con López tanta boca de lobo. Buscando una puerta por donde volver.

Con el futuro malherido en los brazos.

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