Damián Sepúlveda y la policía que suicida jóvenes
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El 18 de septiembre de 2003, Damián tenía apenas 17 años. Ya hacía tres que vivía en General Madariaga. A los 14 había dejado el mundo intensamente femenino de una casa poblada por la mamá y las siete hermanas y se había ido a vivir al campo, con el padre.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Aquel 18 de septiembre, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado argentino por la muerte en una comisaría de otro chico que también tenía 17 y que se llamaba Walter Bulacio. Walter sólo había querido ver a los Redondos y vio en un instante cómo su noche de cristal se hacía añicos. En una comisaría lo molieron a golpes y tortura y le mataron la historia.

La Corte determinó entonces que el Estado debe garantizar que no se repitan historias como las de Walter, cuando lo llevaron con ese eufemismo de la democracia llamado “averiguación de antecedentes”. Damián Alejandro Sepúlveda no sabía nada de esas historias el domingo 13 de enero pasado. Eran “las 10 ó las 10.20”, dijo el abogado Julio Hikilo a APe. Nueve horas más tarde, a las 19.30, un oficial de policía de Madariaga citó a Jorge Sepúlveda, el papá de Damián, que vive a escasas ocho cuadras de la comisaría y simplemente le dijo: detuvimos a su hijo y se suicidó en el calabozo.

“Damián estaba trabajando, estaba construyendo una casa para él y su madre, había comprado un cordero para festejar un cumpleaños, tenía amigos. A la familia no le permitieron ver el cuerpo y hubo que presentar un hábeas corpus. La primera autopsia en Lomas de Zamora convalidó la teoría del suicidio. Logramos que se hiciera una re autopsia con otros peritos. El informe preliminar de esa segunda autopsia es contundente: había lesiones en todo el cuerpo, rotura de costillas, hundimiento de cráneo, hematomas en todos lados. Damián había sido detenido a las 10 ó 10.20 de la mañana. Lo llevaron al hospital, donde evaluaron que no tenía lesiones, la policía lo traslada a la comisaría y en el lapso que va desde las 11.10 a las 12.30 se produjo la muerte”, contó Hikilo.

A Damián no lo dejaron. Nunca llegó a tiempo. Este febrero, junto a su hermana, Teresa Tisera, iban a ser los padrinos del más chico de sus sobrinos: Simón, de un año. Y estaba juntando dinero para hacerle la fiesta de 15 a Brenda, una de sus siete hermanas. Era una promesa.

“Ese domingo yo estaba en mi casa con unos amigos. Cuando llamó mi hermana para avisar, entré en crisis. Me fui a su casa y nos juntamos todas ahí. Pensábamos cómo le decimos a mamá. Fuimos la casa de ella y cuando nos vio entrar a todas juntas pegó un grito desgarrador. Lo supo. Jamás pensé que me iba a tocar a mí vivir algo así. Hubo que llevarla al hospital, tranquilizarla. Y nosotras nos fuimos a Madariaga. Y como a las 2 de la mañana nos presentamos en la comisaría. No nos daban respuesta de nada. Les dije que yo era un efectivo policial. Les exigí que nos dieran explicaciones”, relató Teresa Tisera a APe.

-¿Cómo vivís todo esto siendo vos también una policía?

- Más allá de sentir el dolor que siento como hermana de Damián, me resulta espantosamente difícil porque yo formo parte de la policía. Y yo creo que no necesito estar en el lugar de mi hermano para saber lo que él pasó. Yo no creo que pueda volver a ponerme un uniforme. Hoy veo un patrullero y me agarra algo por dentro que no puedo explicar. Veo un efectivo policial y ay… no podría volver a una institución desde la que alguna gente me mató a mi hermano. Y en donde personas de esa misma institución tratan de cubrir ese asesinato. Siento mucha bronca. Mucha impotencia. Y no siento el orgullo que alguna vez sentía.

-Pero vos tenés en claro, ahora más que nunca, que el de tu hermano no fue un caso aislado. ¿Cambia tu mirada de la institución?

- No sé si me cambia la mirada de la institución. Pero sí de mucha gente que forma parte de esa institución. Estamos hablando de gente asesina que mata una persona a golpes, brutalmente, como si fuera un animal o peor aún. La familia de Damián está de pie. Y vamos a seguir hasta las últimas consecuencias para que su muerte se esclarezca y que estos asesinos estén presos, como tienen que estar. El fiscal tiene demasiadas pruebas para investigar. Entonces que el fiscal investigue cómo Damián se hizo los golpes que dice la policía que tenía antes de que lo detuvieran. Porque yo creo que una persona con hundimiento de cráneo y costillas fracturadas y más de 60 hematomas en su cuerpo no puede estar sentado en una esquina tomando una cerveza. Hay algo que no se está viendo.

-En la historia de tu hermano, están quienes lo hicieron y quienes después lo avalaron…

- Hablamos de una primera autopsia hecha en Lomas de Zamora. Normalmente cuando algo así ocurre acá, las autopsias se hacen en La Plata. Encima, ni siquiera dejaron que el padre viera el cuerpo para que constatara que era de Damián. Y si lo supimos con certeza fue a partir del habeas corpus que presentamos. Recién ahí pudimos ver las fotos. Acá hay un perito que evidentemente está siendo cómplice de esto. Porque no vio nada de todo lo que después vieron cuatro peritos en la segunda autopsia. Con el agravante de que el director de la morgue de Lomas formó parte de la fuerza policial. Acá hay demasiadas cosas y queremos responsables. Hay un médico que firma que Damián no tiene lesiones, hay efectivos policiales que estaban ese día en la comisaría, hay una secretaria del fiscal que tomó inmediata participación porque ella estaba en la comisaría también. Hay demasiada gente involucrada. Queremos que se cambie la carátula porque está más que descartado el suicidio. Damián fue víctima de torturas seguidas de muerte.

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Damián tenía 27 años. En julio hubiera cumplido los 28. Era trabajador rural y en los ratos libres construía una casa a la que soñaba con llevarse a vivir a su mamá. Cada 15 días recorría los 130 kilómetros que separan General Madariaga de Mar del Plata y visitaba a su familia.

Hoy, a menos de dos meses de su muerte, “la gente en Madariaga tiene mucho miedo. Hay mucho hermetismo. La gente vive como normal que demoren a chicos y los maten a golpes y nadie denuncie nada”, dice a APe esta mujer de 35 años con un doble costado: es la hermana de una víctima de la policía y ella misma integra la bonaerense.

-¿Creés que a los policías de la comisaría de Madariaga tu hermano se les fue de las manos?

- Creo que esas personas no estaban en sus cabales. No sé si estaban bajo el efecto de alcohol o de drogas porque nadie en sus cabales puede matar a otro como lo mataron a mi hermano. No me cabe en la cabeza. Cómo pueden pegarle a una persona que está esposada, que no se puede defender. Si hacés algo así es porque querés y porque disfrutás de lo que hacés. Son cobardes, asesinos, se sienten más importantes porque tienen un arma en la cintura. No me entra en la cabeza tanto ensañamiento. Y me desgarra el alma. Yo quiero que paguen como tienen que pagar. Que el fiscal deje de cubrir a esta gente. Porque estos policías no pueden seguir trabajando como si nada. Destruyeron una familia. Y yo creo que ellos deben tener hijos, hermanos… y esta clase de personas no puede integrar una fuerza y menos aún portar un arma, cuidar una sociedad.

-Hablan de un suicidio dentro del calabozo con una remera de mangas cortas. ¿Cómo era la contextura física de tu hermano?

- Mi hermano medía aproximadamente 1.87 y pesaba unos 90 kilos. Yo creo que Damián nunca estuvo colgado. Creo que lo mataron a golpes hasta que ya no tuvieron más fuerzas para pegarle y se dieron cuenta de que se había muerto. Y armaron todo esto para decir que se había ahorcado con una remera. Cómo una persona que tiene hundimiento de cráneo se puede ahorcar… si ya está inconciente.

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Hay infinitos Damián en la historia. Como Walter, que tenía 17 en aquel abril del 91 cuando fue a ver a su banda a Obras Sanitarias. La autopsia demostró que su cuerpo ofrecía las huellas indelebles de golpes con objetos contundentes en miembros, torso y cabeza.

Como Cristian Dominguez en Berisso, de quien dijeron se había suicidado en 2005 en la celda de contraventores de la Comisaría Primera de Berisso. Su cuerpo había sido objeto de torturas.

O como Gaston Duffau, en La Matanza, que –dijeron- se suicidó en el calabozo después de ser detenido en un local de McDonald’s en Ramos Mejía, el 22 de febrero de 2008. La autopsia reveló que “la muerte fue producida por mecanismo violento, siendo la causa originaria politraumatismos graves y combinación de mecanismos asfíxticos mecánicos con compresión extrínseca de cuello y con presión toraco-abdóminal”.

O Gabriel Blanco en La Matanza, al que habían presionado para robar en zonas liberadas y no aceptó. Tenía 21 años. El 1 de marzo de 2007 lo detuvieron en la comisaría de San Carlos. Vivía con su esposa y la bebé de ambos. La autopsia comprobó golpes y la falta de dientes. Y el cable que la policía argumentaba que usó en el suicidio se cortaba con la presión de un peso de 50 kilos. Gabriel pesaba más de 80.

En todos ellos hubo una detención por averiguación de antecedentes de la misma manera que con Damián. En todos ellos la historia dejó la misma marca institucional. En la provincia de Buenos Aires, en la de Río Negro o en la de Mendoza. Sobre todos ellos, la perversidad derramó su lava sistémica. Y los presentó como el trofeo de su victoria.

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