Entre éste y aquel otro lejano, lejano país
Martes 11 de junio de 2013, por Claudia Rafael *
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Descalzos. Con la miseria que les enloda los pies. Hay una lucecita tenue que titila y que se ve desde el otro lado. Entre medio, burbujea la más gigantesca cloaca a cielo abierto. Es constante toparse con esa pequeña burbuja céntrica rodeada de un círculo.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Si no fuera imposible, uno podría imaginar ahí una laguna sembrada de pejerreyes. Como pensar la vida donde todo parece infierno. Donde todo se asemeja demasiado a la muerte. Es simplemente el gas metano que por pura descomposición de ese otro mundo que subyace en el fondo del riachuelo genera las burbujas.

El caserío está ahí nomás del Puente Bosch, ése desde el que el 12 de julio de 1930 cayó en las aguas del riachuelo un tranvía de la línea 105. Hoy sobrevive el infierno. Las chapas oxidadas, los tambores de 200 litros haciendo las veces de cimientos, un par de durmientes de algún perimido tendido ferroviario, el chaperío entremezclado con cartones para cubrir como se pueda.

El paco otea desde un ángulo con visión panorámica. Aniquila como un arma letal que atraviesa los cuerpos y deja tendidos los sueños hasta que derrumba al más osado y lo arroja a las aguas putrefactas del riachuelo. Los niveles de plomo en sangre por encima de la media, la respiración que es un imposible, las manchas en la piel, la gastroenteritis que es constante y mala compañera.

El carrito que llega por el Puente Bosch avanza por tracción a sangre. Vidrios, plásticos, cartones, un par de baldes viejos. Arriba del carro, desde adentro de un cajón de verduras asoma ella, con sus 2 ó 3 años. Sus sueños de latón son cortitos y tenues. Se le van los ojos por una muñeca estrenada quién sabe cuántas veces a lo largo de su historia. Juega a que la atrapa y que le pone nombre.

El cromo, el cadmio, los infinitos metales pesados siguen ahí, saturando las aguas. El cáncer es promesa que llega demasiadas veces.

Hay casuchas que ya no están. El camino de la ribera avanza y altos murallones borran de la vista el otro lado para que la indigencia salvaje no enturbie.

Por delante de la arenera Pueyrredón se alza el coloso. Esa escultura de hierro erguida, sostiene entre sus manos el rostro de Evita hecho cuadro. Anclado en el medio de tanta nada.

Del otro lado del puente Victorino de la Plaza, ése que divide Avellaneda de Barracas, sigue el camino de la ribera que se interna zigzagueante en otros destinos. De un lado, la villa 21-24. Enfrente, como postal detenida eternamente los esqueletos fabriles. Uno junto al otro. Herrumbrados y erguidos como colosos desmembrados.

Alguna vez Avellaneda acunó otro país. Los antiguos saladeros, las curtiembres, los cuatro mayores establecimientos de carnes en el país: La Negra, el Argentino, la Blanca, el Anglo. La Negra era, en verdad, la Compañía Sansinena de Carnes Congeladas desde 1891. Aunque hacía unos ocho años que funcionaba en Pavón al 200 –antes de lo que ahora es la Estación Darío y Maxi- como matadero y grasería.

El cuartel de bomberos de Pavón y De la Serna ostenta todavía la gran mosca que le dio nombre al barrio. Ya no hay curtiembres. Ya no hay moscas. Sólo un par de viejas casonas persisten en recordar el nombre junto a la dirección o la FM del centro cultural sobre la avenida que atraviesa las enteras barriadas del Sur.

Las viejas fábricas fueron muriendo a medida que el poder económico de Martínez de Hoz se abría lugar. Años más tarde, Menem completó la obra a la perfección.

Hoy el paisaje dibuja carcazas abandonadas donde alguna vez se cobijó trabajo. Los silbatos marcaban los ritmos ciudadanos. La hora de ingreso. La hora de salida.

Donde hoy crece una fábrica abandonada y se acumulan montañas de basura en una esquina, décadas atrás semillaban las luchas. En los 60, en los 70 pero también mucho antes.

No era casual que el teniente general José Evaristo Uriburu quisiera aleccionar Avellaneda y nombrara al mayor Rosasco como “interventor policial”. Industrial, obrera, anarquista.

Escribe Bayer: “El mayor Rosasco hace su entrada en Avellaneda atando a dos chorritos que lloran por su madre a un banco de plaza y los hace fusilar”. Extranjero anarquista que atrapa, les aplica la ley de residencia. Argentino anarquista que cae en sus garras, Ushuaia como destino. O bien –sigue Bayer- “fusilamiento a quien se resista, fusilamiento a quien es sorprendido in fraganti”. El final de Rosasco, en el 31, en manos anarquistas, sería para otro relato digno de esos tiempos. Por estos días, el fin de los múltiples rosascos de gatillo alegre, al decir de Rodolfo Walsh, suele ser la absolución en juicio por falta de pruebas.

De aquel otro país quedan hoy muchas estructuras metálicas vacías. Entre los ventanales de una vieja fábrica abandonada crecen vegetaciones enteras que bosquejan otra historia tan distinta de ésta. En esas mismas calles que gastaban con sus zapatos pesados de trabajo fabril aquellos hombres y mujeres de las luchas por una sociedad entrañablemente igualitaria.

El riachuelo sigue estando en ese mismo lugar. Pero ya no hay barcos que descarguen animales en el puerto mismo que llevaba al ingreso a La Negra. Hoy es pura muerte en las aguas. Y en el lugar de La Negra, que terminó de caer a los tropezones en plena dictadura y plan económico de Martínez de Hoz, se alzó el primer gran shopping center del país que luego hizo lugar a Carrefour.

Enfrente, donde hasta décadas atrás había movimiento portuario, hay casas tomadas y niños que amasan su futuro en la calle. Con una pelota desvencijada le patean a la injusticia que los suele arrinconar por goleada. Las cumbias asoman desde ventanales con persianas semicaídas.

El morochito desdentado corre por la vereda con un pañal y una remera raída. Aunque haga frío que por las noches duele. Aunque el paco descerebre. Aunque no haya un fruto con nombre de mañana.

Por más que el camino de la ribera intente denodadamente embellecer el recorrido para olvidar la marginalidad más brutal, ella sigue ahí. Abriendo sus fauces. Haciendo sentir su olor penetrante. Devorando futuro. Acuchillando presente que no tiene más destino que el desamparo y el desalojo constante de los paraísos que otros construyen cotidianamente desde los entramados del poder.

A tan sólo 20 minutos, se alza la Casa Rosada. A 6092 kilómetros de Haití.

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