Juana y Angeles, historias en las antípodas
Sábado 3 de agosto de 2013, por Claudia Rafael *
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Hay un sujeto mirón del otro lado. Está ahí. Aún con la premisa de la muerte como telón de fondo del escenario, el show debe continuar. Hay que escarbar bajo tierra. Hundir las manos y los ojos en el barro. Desmalezar y separar el oro del fango.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Saber qué impactará del otro lado del cajón que, electrónicamente, transmite imágenes 24 horas sobre 24 horas. Medir los centímetros de cada tipografía y saber que cada cuerpo adolescente, a kilómetros de distancia uno del otro, no pesará exactamente igual.

A Angeles y a Juana no las unió ni la vida ni la muerte. Fueron antípodas antes. Antípodas después.

Angeles Rawson, 16 años. Ravignani 2360, Palermo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Colegio Virgen del Valle.

Juana Emilia Gómez, 15 años. Qom. Barrio Cacique Moreno, de casitas de barro, en las afueras de Quitilipi, Chaco.

Del 10 al 17 de junio –primera semana desde la desaparición y crimen de Angeles- la historia ganó 206 horas de programación televisiva. El secuestro y muerte de Candela Sol Rodríguez mereció –a ojos del poder mediático- 85 horas de pantalla. (Grupo Identidades)

Angeles vende. Da rating. Desata deseo. Hay que saber. Hacer justicia. Habrá que azuzar el morbo e ir por más. Revolver en el guiso mediático y extirpar el mejor de los costados del oyente medio. Aguijonear hasta que cada cerebro despierte con la historia perfecta. Angeles puede ser la hija codiciada. Angeles tiene el nombre perfecto para la lógica de la vulneración en un ámbito social y económico que, como pocas, permite sostener la crónica como un policial fashion que dura aún hoy en las tapas de los diarios. Angeles tuvo una monstruosa crucifixión que la volvió, ante los ojos indicados, en el bocado perfecto. Detrás de Angeles había una familia “ensamblada”, un “padrastro”. Un colegio privado. Un padre jefe de compras de Techint, que colabora en el Centro de Estudios Legales sobre el terrorismo y sus víctimas. Un barrio. Una casa. Un apellido.

12 y 13 de junio. Portada de diarios. Arriba. 14 de junio, queda relegado por el choque del Sarmiento en Castelar. “El Sarmiento otra vez. 3 muertos y 315 heridos” (La Nación). “La tragedia viaja en tren” (Página 12). El 15 y 16 de junio, Angeles volvió a la preponderancia mediática. Clarín construyó dos tapas el mismo día: Sospechan del padrastro y de un medio hermano” y luego “Acusan del crimen al padre y a un medio hermano”. El clímax adquirió ribetes absolutamente cinematográficos. “Soy el responsable de lo de Ravignani 2360. Fui yo”, titularon. Después se produjo el descanso hasta el 24. El 25 de junio recuperó la portada principal. 594 horas de maratón televisiva en los primeros 17 días. 25 días ininterrumpidos de transmisión para un solo canal (Ejes de Comunicación).

Juana era qom. Como Félix. Como Lila Coyipé. Como Imber. Como Roberto López. La encontraron destrozada. Como a tantas otras chicas de la historia que se devora la crueldad y la devuelve sin respiro. Pendía de un árbol de tala. La halló un grupo de chicos que buscaban eucaliptus para medicina entre el follaje de las afueras.

Juana Emilia Gómez. 15 años. Qom chaqueña. Diario La Nación, 30 de julio 2013. Sección Seguridad. Título: Síntesis. Tercer subtítulo: “Asesinaron a una adolescente de la comunidad qom”. Cuatro líneas de desarrollo de la historia. No hay nombre. Sólo un lugar: Quitilipi, Chaco. Diario Clarín, 31 de julio 2013. Título de una columna en tapa. Una joven qom violada y asesinada en Chaco. Página 12. Tema ausente, sin aviso.

Su nombre simboliza el anonimato. Juana Gómez. Con la piel amarronada de su pueblo. Con casita de barro crecida en los márgenes de todo poder. A 1099 kilómetros del centro exacto donde se mide, se amasa, se cocina, se escucha, se grita, se decide. Allá lejos, en Quitilipi, un pueblo chaqueño de poco más de 20.000 habitantes. Kinti (par, ambos) llipid (parpadeo veloz). Buho manchado del norte.

Angeles apareció muerta en un basural y la sociedad estalló con su grito de indignación. Se sintió –como buen sujeto controlador de la historia- el veraz de la investigación. Acusó al padrastro como en los viejos cuentos de la infancia. Se irritó ante la resolución fácil. Y negó el “fui yo” del “vulgar portero” que le provocó la sensación de que la impunidad pudiera reinar allí donde el poder económico abunda.

La historia de Juana es otra cosa. Juana está lejos. Juana vivía en el barro. Juana era como Imber. Como Lila Coyipé. Pero también era como tantas niñas y mujeres de los márgenes más márgenes. Que no respiran futuro. Que se hunden en el barro. Que viven vidas anónimas y mueren muertes que el poder agolpa en el silencio.

La vida y la muerte de Juana Emilia Gómez no sobresaltan a los comunes mortales que transitan sus días más allá del hambre y de las manos vacías.

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