Con la violencia del Estado bajo la piel
Martes 13 de agosto de 2013, por Claudia Rafael *
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De uno y otro lado, el Estado las escolta. Con sus estandartes férreos. Las arrinconó primero en el desabrigo de la villa cotidiana. Las subió una y otra vez al tren de olvidos para arrojarlas en la gran ciudad, a estirar su mano de infancias a las caridades sobrantes del bienestar.

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* Periodista. Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

Se les presentó luego ese Estado de uniforme en un despacho en el que un escritorio fue sexo y rabia. Y las arrojó a un tribunal que simplemente hizo su fría crónica en un manojo de documentos y expedientes. La violencia se calzó el traje del Estado una y otra vez y las sometió incluso, al deber de la maternidad.

Cuando el vientre le creció de golpe y se engrosó su cintura, no pensó en aquellas noches oscuras de pasillos y de crueldad. Sólo deseaba volver el tiempo atrás pero las redondeces invadían tercamente su cuerpo niño y simplemente ya no hubo manera de detener los días y salió otra vida que berreó desde sus entrañas. Que sacudió los bracitos. E intentó hundirse en ella por prepotencia de deseo. Ese universo que para ella, en cambio, era hueco y glacial. A los 15, la utopía, para esa infancia de maternidad áspera y destemplada, no se vistió de fresias ni de tulipanes. Todo fue rudezas vanas. Todo fue deseo ajeno. Que quedó resumido en un expediente judicial en el que se lee que seis ex policías federales y un agente penitenciario fueron procesados por “abuso sexual agravado por acceso carnal y por ser cometido por personal de seguridad en cumplimiento de sus funciones”. Un expediente que se abrió en 2011 pero que, como suele ser en estas partes abandónicas y devoradoras del mundo, quedó arrinconado en la nada por largo tiempo.

Ella con sus 15 y su hermana de 13 salían en aquellos días de la villa, ese país de soledades y tormentas en ciernes, donde el sur es conurbano rotundo. Saltaban al tren y asomaban los ojos por las ventanillas vidriosas y ajadas y a veces, sólo a veces, sentían que podían subirse a una alfombra mágica que las llevaría lejos del mundo y las depositaría en un paraíso. Lejos. Muy lejos.

En este otro mundo, tangible y pétreo en cambio, un grupo de integrantes de la Policía Federal las recibía, las llevaba a una pensión de la calle Warnes, a las oficinas de terminales del ferrocarril, al cuartel de la Policía Montada, en Cavia al 3300, de Palermo, tan ajeno a su villa de cartón y barro, de aguas servidas y olor a riachuelo, de pasillos de paco y pronta muerte. El sexo rabioso era el pasaporte a unos pocos pesos. A un par de bolsas de comida.

El expediente se abrió cuando alguien no quiso. Un suboficial de la Policía Montada las ofreció como objetos desechables a otro. Y ese otro –en aquel día que le significaría luego el vacío de sus pares y su estructura- simplemente habló con ellas, las escuchó y las llevó a denunciar. En una causa que deambuló largo tiempo por los andariveles de la burocracia judicial y llegó al borde de la instancia de archivo porque simplemente –según el fiscal- se trataba de “cuestiones sociales”.

La historia se repite. Replica en los márgenes. Golpetea hasta hundir en el lodo. Deja al desnudo y desviste de sueños. Una, dos, cien veces.

Hay que armar el “árbol de los deseos”, había dicho María Fernanda Berti a sus alumnos, en una escuela del Conurbano. “No a las violaciones ni a los orales”, escribió José que no iba más allá en su relato porque él simplemente plasmaba un deseo para colgar en el árbol. Cerrar fuerte los ojos y esperar que alguna vez se transforme en tangible. Pero no le ponía las palabras que sí aparecen en el barrio cuando todos hablan por lo bajo de la “policía petera”, ésa en la que la institución violenta chicas de 12, 13 ó 14 en el barrio de cartón que es presa y rehén de la fuerza.

Son para ellos como muñecas de trapo deshilachadas. Que se apretujan. Se violentan. Se arrojan a un costado. Se vuelven a usar. Se toman por asalto. Apenas unos minutos. Una hora. Un manojo de impiedades. Objetos del deseo de esos sujetos de uniforme que reciben órdenes y acometen vidas. No hay llantos de desconsuelo que los detengan. Porque son la nada para ellos. En esta tierra que les predestinó el sitial injusto de la vereda de la vida. A ellas. Con sus 13 y sus 15. Y no les regaló besos en la espalda ni acurrucos de ternura. Ni les dibujó un cardumen de corazones en el alma. Ni tampoco les dedicó una semilla de amor eterno en la piel. Simplemente las arrinconó de pura violencia. Les estampó un uniforme como reaseguro de esa cárcel a la que las llevaron sin promesa de retorno. Y las devolvieron adultas. Y sin resquicio de infancia.

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